Spectator in Barcino

La Diada más cacofónica

Sin el ruido ambiente solo queda un grupo de políticos a punto de sentencia, dos presidentes -uno en Waterloo y otro en San Jaime-, un vicepresidente suplicando a la CUP, una sanidad en el furgón de cola y una universidad en quiebra

Sergi Doria
Barcelona Actualizado: Guardar
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Observo un balcón de la vecindad. Una estelada descolorida y la estratificación simbólica del proceso separatista. Dos ajadas enseñas del «sí» en verde y violeta; la máscara con raya roja en la boca («Democracia!») que banaliza el símbolo de la libertad de expresión de 1978 contra el consejo de guerra a Joglars; el lazo amarillo; «Llibertat presos polítics» y el «Jo acuso» que infama la memoria de Zola ante el caso Dreyfus.

En el muestrario falta el «Ho tornarem a fer2 y la última -o penúltima- amenaza a la convivencia: «Tsunami democràtic». El balcón, copado por tantos heraldos, deviene en invernadero del fanatismo; como si sus inquilinos se aislaran con esos trapos demagógicos de cualquier argumento que desinfle la placenta nacionalista en la que viven, o de la que viven. Tal acumulación de eslóganes e imperativos falsarios revela que Cataluña es, hoy, una cacofonía.

En la próxima Diada la facción separatista volverá a ocupar las calles de todos. Centenares de autocares: «La comarca nos visita». La coreografía norcoreana de 2019 traza una estrella -más bien un cometa- con epicentro -¡todo no se puede controlar!- en la plaza España y brazos en Gran Vía, calles Tarragona, Cruz Cubierta y Avenida María Cristina. Y decimos cometa porque la cola de esa estrella -cada vez más fugaz- abarca desde España hasta el Paseo de Gracia. El lema institucional: «Tornarem» («Volveremos»).

Allí estarán los del balcón de los fanáticos heraldos. Con la camiseta de hogaño: «Objectiu independència». El color azul celeste sucede al rosa fosforito de 2018: «Fem la República Catalana. Directes al Cim», declaración desmentida el 21-D de aquel año en la exclamación de aquel lúcido mosso d’esquadra: «¡La República no existe, idiota!». Más lejana queda aquella camiseta con el huevo frito y el lema de «A punt» o aquella, todavía más lejana, del «Ara és l’hora».

Los fanáticos del balcón portarán abanico de 4 euros (en la Diada hace calor, aunque uno esté hiperventilado); pulsera de 7,50 euros y el libraco del Fugitivo, «Re-unim-nos»: 7,90 euros si lo adquieren on-line en la subvencionada Vilaweb. En la agenda matinal, visita al espacio «Eines de País» de plaza Palacio: estrategias de lucha -odio, pero cívico y pacífico, ¡faltaría más!-, afiliación al Verticato CSC del convicto Sastre, infiltración en asociaciones y colegios profesionales -el gasolinero Canadell es un ejemplo-, empresas de adhesión inquebrantable al Movimiento Nacional (eso sí, catalán).

Entrenados en los feudos neocarlistas como Olot, donde unos autodenominados «artistas de la Garrotxa» pretenden homenajear «La carga» de Ramón Casas -si el pintor levantara la cabeza- metiendo entre rejas al Tribunal Supremo; emulando el aquelarre separatista de Sant Fèlix en Vilafranca del Penedés, los asistentes a la Diada provocarán el tsunami -¿democrático?- que va a -¿ahogar?- a quienes no piensan como ellos: o sea, más de la mitad de los catalanes.

Pero, aunque la exhibición norcoreana vuelva a fulgir en TV3, no podrá ocultar el fracaso de unos promotores sumidos en la cacofonía. Si obviamos el ruido ambiente, lo que nos queda es un grupo de políticos a punto de sentencia por un golpe a la Constitución y al Estatuto; dos presidentes: uno en Waterloo de selfis con un exterrorista y el vicario de plaza San Jaime amenazado de inhabilitación; un vicepresidente suplicando a los antisistema de la CUP aprobar los Presupuestos; una sanidad -desmantelada por Artur Mas- que sitúa a Cataluña en el furgón de cola de la salud pública española; una universidad en quiebra por el recorte de 200 millones de euros durante la crisis; una consejera de Agricultura que promociona la cerveza Fuck Spain mientras esquiva a las víctimas del fuego en las Tierras del Ebro: ¡tantas tractoradas para esto!; la portavoz del No Govern sospechosa de incompatibilidades; otra exconsejera (ahora diputada) investigada por su gestión en la Institució de les Lletres Catalanes.

Y como la incompetencia se duplica en Cataluña, si pasan ante el Consorcio para la Normalización Lingüística, de Muntaner, 321 -antaño sede de la franquista Editora Nacional- verán una pancarta con la imagen de Lluís Puig i Gordi, el lazo amarillo y el eslogan «Lluís Puig és el nostre conseller».

O el síndico vitalicio Rafael Ribó -quince años en el cargo a 124.000 euros/año- presto a denigrar la calidad democrática de España y compararla con Turquía al ser acusado de viajar gratis a Berlín para ver el Barça-Juventus: un empresario del 3 por ciento convergente pagaba la expedición culé.

Todo esto a Torra le importa un comino. El mandatario más inútil de la historia reciente de la Generalitat dedicará la víspera de la Diada a una ouija en Montserrat. Iluminarán 131 agujas de la montaña en honor -según la hagiografía nacionalista- de los 131 presidentes de la Generalitat… «Venim des de lluny i volem anar més enllà», proclaman los organizadores, Llum i Llibertat, con verbo nacionalcatólico.

Y a más eslóganes, más cacofonía.

Sergi DoriaSergi DoriaRedactorSergi Doria