Retrato de la Princesa de Éboli, Ana de Mendoza de la Cerda
Retrato de la Princesa de Éboli, Ana de Mendoza de la Cerda - ABC

El intrigante Antonio PérezLa historia oculta del secretario de Felipe II, ¿era el amante de su madrastra?

Ana de Mendoza sacó ventaja a los rumores de que su marido fallecido, Ruy Gómez, era el auténtico padre de Antonio Pérez para justificar las numerosas visitas de éste al palacio familiar. El asesinato de Juan de Escobedo por orden de Pérez y con el consentimiento del Rey pudo estar vinculado con la naturaleza de esta relación secreta

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Uno de los mayores misterios en la Corte de Felipe II sigue siendo cuál fue la relación del Rey con Ana de Mendoza de la Cerda, quien mantuvo una enorme influencia política incluso después de la muerte de su esposo el Príncipe de Éboli, amigo de juventud del Monarca. A este interrogante, no en vano, hay que añadir el de cuál era la naturaleza de la asociación entre la viuda y el intrigante secretario Antonio Pérez. Un supuesto triángulo amoroso que hizo tambalear a la Monarquía hispánica con su mera sombra, y que coqueteaba en torno a un gran secreto relacionado con la identidad del padre del secretario del Rey.

Oficialmente, Antonio Pérez del Hierro era hijo de Gonzalo Pérez, secretario de Carlos I y de Felipe II, que, habiéndose ordenado sacerdote en fechas anteriores a ser padre, nunca esclareció quién era la madre del niño, posiblemente la doncella madrileña Juana de Escobar. Gonzalo Pérez fue un cultivado humanista español, propietario de una de las mejores bibliotecas de su tiempo y responsable de la traducción de «La Odisea» de Homero al castellano. Así y todo, en una de sus habituales aproximaciones a la historia, Gregorio Marañón cuestionó su paternidad y recuperó las sospechas de la época: Antonio Pérez pudo ser el resultado de una relación extramatrimonial del Príncipe de Éboli, Ruy Gómez de Silva, que asumió Gonzalo Pérez por lealtad al poderoso noble.

El mismo Gonzalo Pérez encubrió su paternidad haciéndole pasar por su sobrino hasta 1567, lo cual alimentó aún más los rumores de que su padre era un personaje influyente de la Corte. Sea de una forma u otra, el joven fue educado en las más prestigiosas universidades españolas e italianas de su tiempo, bajo la protección de la familia castellana de los Mendoza, que estaba emparentada con el Príncipe de Éboli a través de su matrimonio con Ana de Mendoza de la Cerda.

A la muerte del Ruy Gómez en 1573, que se había convertido en la mano derecha de Felipe II incluso por encima del veterano general Fernando Álvarez de Toledo, la Princesa de Éboli buscó en la asociación con Antonio Pérez una forma de mantener bajo su control el patrimonio familiar. Ciertamente, Pérez había concentrado gran poder en la Corte debido a la protección de Ruy Gómez y no solo heredó con su muerte la lealtad de su esposa sino el puesto como líder del partido de «las Palomas» (papistas, defensores de una solución pacífica en Flandes y una acción militar contra Inglaterra), en contraposición con «los Halcones» (bélicos en lo respectivo a Flandes y defensores de la preeminencia de la nobleza castellana en la Corte). Nombrado secretario de Estado de asuntos «fuera de España» en 1553, Pérez era además uno de los hombres más influyentes en lo concerniente a política internacional.

Pero, ¿había realmente un componente sexual en la relación entre Pérez y la viuda de Ruy Gómez? Como resume una ingeniosa frase de Gustav Ungerer, «con la tinta que se ha gastado sobre el misterio de las relaciones entre la Éboli y Pérez se podrían colorear las aguas del Tajo». La respuesta quedará para siempre inconclusa, reservada a la esfera de lo íntimo, pero para la mayoría de los historiadores que, como Geoffrey Parker o Gregorio Marañón han abordado en profundidad el asunto, fue posiblemente una relación más de carácter político y financiero que amorosa.

Hijo de Ruy Gómez: ¿una estratagema?

Para explicar la frecuencia y duración de las reuniones con el secretario real, la Princesa deslizó públicamente que Antonio Pérez era hijo natural del Príncipe de Éboli. «Una estratagema a mi parecer, y muy donosa, he oído que ha hecho la Princesa de Éboli. Que estando con ella Antonio Pérez, la Princesa llamó a sus hijos y les dijo que por algunas causas de consideración se había callado lo que les diría, y fue que tuvieses a Antonio Pérez por hermano, como a hijo de su padre», comunicó al Monarca otro de sus secretarios, Mateo Vázquez, que apodaba a la noble castellana como «La Hembra».

Fuera cierto o fuera una estratagema para legitimar la presencia continua de Pérez en el palacio familiar de los Mendoza –como siempre habían sugerido los rumores– no era el comportamiento que se esperaba de una viuda castellana en aquel periodo, y menos de la esposa del más tierno amigo del Rey. «La visitaba muy a menudo y algunas veces estaba muchas horas con ella», escribió en su correspondencia Fernando de Silva, primo hermano del fallecido Ruy Gómez, quien decidió no volver a esa casa «porque no me parecían bien los tratos de ella».

Juan de Escobedo –al que tanto la Princesa como su madre le llamaban «primo» debido a su profunda vinculación con la Casa de Mendoza– fue otro de los que protestó ante la actitud de la viuda y posiblemente sus indagaciones en este asunto fueron una de las causas de su muerte. «Qué negocios tiene mi señora la Princesa con Antonio Pérez y que no puedo entrar yo allá», se preguntó Escobedo en una ocasión que, visitando a Ana de Mendoza como era acostumbraba en sus viajes a Madrid, se le impidió el paso por estar ocupada con el secretario del Rey. Una anécdota recogida por Geoffrey Parker en su libro «Felipe II, la biografía definitiva».

Designado secretario de Don Juan de Austria por mediación de Pérez, Escobedo entregó su lealtad y amistad al carismático hermanastro del Rey. Lejos de obedecer las instrucciones originales de Pérez (espiar a Don Juan), Escobedo terminó chantajeando a su antiguo jefe con revelar la relación secreta y la red de corrupción que mantenía a espaldas de Felipe II. Sin embargo, Escobedo fue asesinado en un callejón de Madrid por orden de Pérez y con el consentimiento del Rey antes de que pudiera usar la información delicada para derrocar al intrigante secretario. Su muerte marcó el principio del fin del secretario y de Ana de Mendoza, que fueron perseguidos y castigados por el soberano cuando las intrigas salieron a la luz.

La Princesa de Éboli perdió un ojo en un extraño accidente

Ana de Mendoza, nacida en 1540 (el mismo año que Pérez), era la única heredera de los duques de Francavilla y una mujer que no se conformaba con el papel reservado a las mujeres en su tiempo. Casada con un hombre 24 años mayor que ella, la Princesa pasó largos periodos de tiempo lejos de su marido. Durante una de estas ausencias perdió un ojo en un accidente sin concretar, razón por la que aparece en todos los retratos con un parche. Lejos de resignarse a ser una viuda enclaustrada en su palacio, Ana de Mendoza batalló en contra de su primo Íñigo López de Mendoza, quien trataba de impedir que una mujer se quedara la titularidad de los mayorazgos familiares. Es por ello que se asoció políticamente con Pérez y, según varios documentos de la época, mantuvo una estrecha relación con Felipe II.

En una relación italiana anónima «de las cosas principales de España, notadas en Madrid en 1584», se da por cierto que Felipe II era amante de Ana de Mendoza incluso cuando Ruy Gómez vivía y que su hijo Rodrigo, nacido en 1562 y después Duque de Pastrana, fue engendrado por el Rey. No obstante, solo Manuel Fernández Álvarez creyó verosímil esta teoría de entre los grandes historiadores que han investigado la vida de Felipe II. «El único fragmento de evidencia, aparte del anónimo italiano, era la coincidencia de que el Duque de Pastrana, como el Monarca, era rubio», concluye Geoffrey Parker sobre la poca solvencia de esta teoría.

Al igual que Pérez, Ana de Mendoza pagó muy cara su implicación en el asesinato de Escobedo. En 1579, la Princesa fue encerrada, primero en el Torreón de Pinto y más tarde en la fortaleza de Santorcaz. Finalmente fue trasladada a su Palacio Ducal de Pastrana, donde fallecería once años después atendida por su hija menor Ana de Silva en un régimen similar a lo que hoy se llamaría arresto domiciliario. Tras la fuga de Antonio Pérez a Aragón en 1590, Felipe II mandó poner rejas en puertas y ventanas del Palacio Ducal.