Historia

La adicción a la comida de Carlos I, el Rey depresivo que abdicó por sorpresa a los 55 años

Dado que nunca modificó su peso corporal pese a su apetito voraz, muchos autores apuntan a que el soberano era bulímico. Las circunstancias de su gestación fueron responsables en parte de su carácter epiléptico y, a la larga, de la depresión crónica

Retrato de Carlos I de España, por Tiziano
Retrato de Carlos I de España, por Tiziano - Alte Pinakothek
César cervera - Madrid - Actualizado: Guardado en: España

Se considera de forma poco precisa que Carlos I de España fue el Rey de la Dinastía de los Austrias con una personalidad más estable. Frente a las obsesiones compulsivas de Felipe II, la abulia de Felipe III, la desenfrenada adicción al sexo de Felipe IV o el cuadro de problemas que era Carlos II, Su Cesárea Majestad es en apariencia el que tenía un carácter menos problemático, pero solo en apariencia. La vida de Carlos V de Alemania y I de España, que será protagonista de una serie en TVE a partir del próximo otoño, estuvo marcada por las intermitentes depresiones que, en sus últimas consecuencias, le obligaron a abdicar de forma fulminante y derivaron en su adicción a la comida. Las circunstancias de su gestación fueron responsables en parte de su carácter epiléptico.

La madre de Carlos I fue Juana «La Loca», víctima de un proceso psicótico que al principio se manifestó solo por un delirio de celos hacia su marido Felipe I. La llegada al mundo de Carlos aconteció cuando la madre se encontraba en el uso de un pequeño retrete, aunque podrían ser unas letrinas o un gabinetillo, provocando en el neonato unas lesiones cerebrales generadas por la súbita retirada de la compresión inducida por el tránsito natal. Como consecuencia de la encefalopatía paranatal leve, el bebé sufrió cierto retraso motor y algunas crisis epilépticas que, sin embargo, no tuvieron continuidad en su edad adulta. Bien es cierto que registró toda su vida remanentes de «una personalidad epileptoide», según cataloga el médico psiquiátra Francisco Alonso-Fernández en su libro «Historia personal de los Austrias españoles».

Carlos I fue un niño criado a la borgoñesa y con muy pocas vinculaciones con España que, a la edad de 17 años, desembarcó en la península para tomar posesión de la Corona castellana sin apenas hablar el idioma local. No en vano, el Monarca empleó su carismática personalidad para ganarse poco a poco a los castellanos; lo tuvo que hacer tras superar dificultosas pruebas como la Rebelión de los comuneros. De disposición serena y fría, Carlos I era capaz de mutar en un instante de la calma a la cólera. «Probablemente estos impulsos coléricos eran, en su edad madura, lo único que le quedaba de aquellos remotos ataques epilépticos de su mocedad», afirma el psiquiatra catalán Jeroni Moragas en su libro «De Carlos I emperador a Carlos II». Así, entre la languidez y la vivacidad colérica, Su Cesárea Majestad se sumergía en los momentos complicados en graves procesos depresivos.

Las adicciones de un Rey bulímico

La muerte de su esposa Isabel de Portugal –señalada como la principal causa de la españolización de Carlos I– generó en el soberano una de las primeras depresiones graves documentadas. Pasó los siguientes dos meses recluidos en el monasterio de La Sisla en Toledo sometiéndose a largos periodos de ayuno, que eran seguidos de grandes ingestas de alimentos. Si bien su hijo y sus descendientes desarrollaron fuertes adicciones –Felipe II era obsesivo compulsivo, Felipe III, ludópata; Felipe IV; adicto al sexo anónimo y Carlos II, al chocolate–, Carlos I no fue una excepción y padeció adicción a la comida. El médico de la Corte, Villalobos, llamó la atención en sus estudios sobre los malos hábitos del Rey: reclamaba con reiteración mayor abundancia en la comida y exigía la introducción de nuevos platos casi a diario. Una vez en la mesa comía en soledad, puesto que el prognatismo típico de la familia le dificultaba la masticación de los alimentos en público, grandes cantidades en poco tiempo. Dado que nunca modificó su peso corporal pese al hambre exagerada, el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández y otros autores argumentan como lo más probable que el Rey fuera bulímico.

Las depresiones intermitentes amenazaron con convertirse en permanentes a partir de 1553. A raíz de varios reveses bélicos, primero en Innsbruck ante los protestantes alemanas y posteriormente en el asedio a Metz contra los franceses, Carlos I perdió el apetito por gobernar. En Innsbruck, el Emperador con un pequeño séquito se vieron obligados a huir a través de los Alpes en medio de una fuerte tormenta de nieve y con el enemigo siguiéndole de cerca. El fracasado asedio de Metz fue la gota que colmó el vaso. Tras estos golpes, Carlos I se encerró en una pequeña casa en el parque del palacio de Bruselas y se abandonó al desaliento.

«Se pasaba largas horas sumido en cavilaciones y llorando como un niño. Nadie se atrevía a prodigarle consuelo ni tenía autoridad para disipar sus tristes ideas tan perjudiciales para su salud», narran en sus cartas los embajadores ingleses en los Países Bajos. Sin atender a sus obligaciones de estado, la única preocupación del soberano era que su enorme colección de relojes, su mayor afición, funcionaran sin la menor quiebra. Con la muerte de su madre en 1555 su estado empeoró. Permanecía horas de rodilla en una estancia sin apenas luz y aseguró en una ocasión haber oído a su madre difunta para que la siguiera.

A los 55 años, el Rey de España y Emperador Carlos de Alemania, desdentado y con la apariencia de un hombre de setenta años, creyó oportuno abdicar y retirarse a Cuacos de Yuste (Extremadura) en busca de su particular refugio del guerrero y de un clima propicio para su gota (bebía alcohol de forma regular y en ocasiones con exceso). El soberano atribuyó su decisión a la gota que le azotaba desde hace décadas, pero ciertamente se trataba de un agotamiento generalizado. «Estoy resuelto de renunciar a estos estados, y no quiero que penséis que hago esto por librarme de molestias, cuidados y trabajos, sino de veros en peligro de dar en graves inconveniente, que por mis ataques de la gota os podrían resultar… En lo que toca a mi gobierno confieso haber errado muchas veces, engañado con el verdor y brío de mi juventud y poca experiencia, o por defecto de la flaqueza humana». Un retiro que fue visto como sorprendente por las cortes europeas, que en raras ocasiones había presenciado el retiro voluntario al ostracismo de toda una generación de gobernantes.

Cuacos de Yuste, austeriridad salvo en la comida

La depresión aguda fue desplazada por un intenso sentimiento de culpa que marcó los años finales del otrora dueño de medio mundo. En Cuacos de Yuste vivió con mucha humildad en los ropajes y en el séquito a su cargo –encargados de desplazarle en una litera para la gota– pero no se privó de su amada comida. Allí le eran enviados toneles de cerveza alemana y flamenca, sus predilectas; ostras de Ostende; sardinas ahumadas; salmones; angulas; truchas; salchichas picantes; magros chorizos, etc., que no hicieron sino empeorar el estado de salud del Emperador hasta el punto de tener dificultades hasta para vestirse solo.

La austeridad monacal también se trasladó a su vida sexual, en otro tiempo muy activa, puesto que estaba prohibido a toda mujer acercarse al monasterio donde residía «a una distancia de más de dos tiros de ballesta so pena de doscientos azotes». La automortificación, con azotes en su torso, también formaba parte de su estrategia para alejar los pecados de la carne.

La culpabilidad aplastó la personalidad de Carlos I en sus últimos meses en la tierra. En 1558, el Rey falleció de fiebre palúdica, causada por la picadura de un mosquito proveniente posiblemente de uno de los estanques construidos por el experto en relojes e ingeniero hidrográfico Torriani que se había traslado a Yuste por encargo del Monarca.

«Mi vida es un largo viaje», escribió el Emperador del Sacro Imperio Germánico poco antes de morir. Al contrario de su hijo Felipe II que apenas salió de España en toda su vida, Carlos I viajó de forma insaciable por los muchos rincones de su imperio. Uno de sus éxitos políticos fue mantener la ficción de que no había una única corte, ni un reino o posesión más favorita que otra; la corte estaba donde estuviera el Rey. En total, efectuó 40 grandes viajes y 21 travesías marítimas, algo alcance de muy pocos monarcas en la historia. Entre estos arriesgados viajes se incluían nueve desplazamientos a Alemania, seis a España, siete a Italia diez a Flandes, cuatro a Francia, dos a Inglaterra y dos a África.

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