Rafael Nadal celebra su título en Roma
Rafael Nadal celebra su título en Roma - Reuters
Masters 1.000 de Roma

La celebración más especial de Nadal

El español, después de superar un bajón mental importante, recupera en Roma sus mejores sensaciones justo antes de Roland Garros

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Después de cumplir con el protocolario saludo en la red con Novak Djokovic, complicidad después de la batalla, Rafael Nadal estrechó su mano con la del juez de silla, dejó la raqueta en su banquillo y soltó toda la rabia contenida durante las últimas semanas. Por fin, el sentimiento perdido de la victoria, en la tierra del Foro Itálico, justo a tiempo para llegar repleto de confianza a París. En el horizonte se presenta el Grand Slam más importante del curso y ahí que acude el español con una sonrisa de oreja a oreja. Nunca un triunfo fue tan necesario.

Hasta aquí, Nadal ha pasado una primavera repleta de sobresaltos. Suele ser tiempo de cosecha y alegrías, pero el mallorquín, castigado nuevamente por una serie de lesiones y dolencias, no ha tenido la mejor de sus giras por la arcilla europea. Semifinales en Montecarlo, semifinales en Barcelona y semifinales en Madrid, resultados estupendos para el resto de mortales, pero decepcionantes cuando se habla del mejor tenista de la tierra.

Ya el curso empezó con problemas. El número dos del mundo se plantó en el Abierto de Australia sin competir antes en Brisbane, pero le dio para llegar a la final en Melbourne, aunque ahí fue atropellado por Novak Djokovic. Dolió esa derrota, claro, pero Nadal se fue del primer grande del curso ligeramente satisfecho porque vio que seguía siendo competitivo, con opciones de título pese a llevar muchísimos meses sin competir. No hay que olvidar que 2018 lo despidió en la enfermería y que su último torneo fue el US Open, perdiéndose la gira asiática, París-Bercy y la Copa de Maestros.

El caso es que después de Australia se torció el camino. Antes de empezar a competir en Acapulco, sufrió un problema en la muñeca que le tuvo sin poder entrenarse durante unos días, y cayó de manera precipitada en el Abierto de México ante Nick Kyrgios en un partido alocado.

En Indian Wells, primer Masters 1.000 del curso, Nadal presentó una versión interesante, pero en cuartos de final se le nubló la vista por completo. Estaba vaciándose ante Karen Khachanov cuando su rodilla derecha le envió una señal, nada bueno. La maldita tendinitis le estaba torturando de nuevo, pero a Nadal le dio para llevarse ese partido de manera milagrosa y plantarse en semifinales, en donde le esperaba Roger Federer. El clásico del tenis otra vez, pero jamás llegó a celebrarse porque el español ni siquiera pudo saltar a la pista.

El campeón de 17 grandes quedó muy marcado anímicamente, y tuvo un bajón mental importante. Renunció a Miami y tuvo pensamientos muy negativos, hastiado porque de nuevo las lesiones le dejaban fuera de combate. No le dio para preparar en condiciones la temporada de tierrra, aunque más difícil ha sido recuperar la confianza que el tono físico.

Montecarlo no fue nada bien, eliminado en semifinales por Fognini en el que, según dijo, fue el peor partido de tierra en 14 años, y en Barcelona tuvo un punto de inflexión. Sufrió de lo lindo en primera ronda ante Leonardo Mayer, y ahí se dio cuenta de que necesitaba refrescar la mente para volver a ser el de antes, al menos acercarse. Fue creciendo poco a poco y en semifinales perdió ante Dominc Thiem, pero subiendo el nivel.

Ya en el Mutua Madrid Open, y pese a los problemas gástricos que le debilitaron a principio de semana, Nadal cambió de cara y ofreció claros síntomas de mejoría. Tsitsipas le dejó fuera de la lucha por el título, pero los tres encuentros anteriores le impulsaron hasta lo que se ha visto en Roma. Nadal, cada día más cerca de ser Nadal, llegaba al Foro Itálico con la necesidad de reivindicarse.

Y lo ha hecho, con cinco triunfos de nivel, pletórico en sus dos primeros compromisos (arrasó a Chardy y Basilashvili el mismo día) y muy sólido después ante Verdasco y el mismo Tsitsipas. Con Djokovic, en la final, superó una barrera mental importante y por fin encontró antídotos para vencer de nuevo al serbio, su bestia negra. El título sabe a gloria.

De ahí su festejo, su puño, su rabia, su mirada melancólica al trofeo, como si fuera la primera vez. Nadal se empapó en champán y disfrutó de su Masters 1.000 número 34 a lo grande, renacido antes de la gran batalla. Roland Garros le concede el favoritismo lógico, pero el decimotercer mordisco en París exige su mejor cara. De momento,n ya sonríe, y el resto lo sabe.