Australia: Nadal, el mejor en la derrota
Rafa Nadal recibe atención médica por sus problemas de espalda en la final de Australia - afp
ABIERTO DE AUSTRALIA

Australia: Nadal, el mejor en la derrota

Lesionado de la espalda, sin poder moverse, aguanta en la pista con orgullo y dignifica el triunfo de Stanislas Wawrinka (6-3, 6-2, 3-6 y 6-3)

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Hay honor en la derrota de Rafa Nadal, un tenista que incluso se lleva aplausos e infinitos elogios cuando pierde. No ganó el Abierto de Australia, título que le pertenece a Stanislas Wawrinka, pero sí se llevó el reconocimiento de todos porque aguantó lesionado en la pista para dignificar los valores del deporte, orgulloso para mantenerse en pie hasta que su rival alzó los brazos. Con problemas evidentes de espalda, que se pronunciaron en el segundo set, el número uno se comportó como tal y luchó hasta el último aliento, impulsado por el poder de la mente. En eso sigue siendo el mejor. [ Así lo hemos contado]

Perdida la mirada, Nadal no encontraba consuelo, amargado porque algo no funcionaba. Las muecas de dolor eran claras y su movilidad muy reducida. Era la final del Abierto de Australia, la posibilidad de llegar a la leyenda de Pete Sampras y sus 14 grandes, camino hacia la exclusividad porque aspiraba a convertirse en el único de la Era Open con al menos dos títulos en cada grande. Sin embargo, se frenó en la última etapa y perdió por 3-6, 2-6, 6-3 y 6-3. Perdió, pero ganó.

El relato de la final queda condicionado por ese hecho, decisivo porque de Nadal siempre se espera orgullo y resistencia. Y nadie le discutirá a Wawrinka sus méritos en el primer set, un ciclón que en 37 minutos arrasó con todo a base de palos y mucha cabeza. Sin que le importara la magnitud de la cita, el helvético soltó el brazo y regaló puntos impresionantes, encendido desde que rompió el saque de Nadal en el cuarto juego.

La estadística, poco útil para estas ocasiones, le recordaba a Wawrinka que jamás había podido con su enemigo, 12-0 en el cara a cara y encima con un rotundo 26-0 en sets. Pero este Wawrinka es otro, educado ahora por Magnus Norman y convencido de lo que hace, tan fantástico en este inicio de 2014 como lo fue en el final de 2013. Tiene el título en Chennai y por fin es un grande, tres del mundo desde el lunes.

Castigó a Nadal con un arranque efervescente, un azote continuo que amargó al número uno desde el primer instante. Con un saque portentoso, golpeó igual de duro por los dos lados y, a diferencia de Federer, no se inquietó con las bolas altas de Nadal, de ganador en ganador hacia la victoria de su vida. Cerraba los puños mientras Nadal se rendía de forma lógica, lastrado por su cuerpo.

Nadal, sin movimientos

Se tocó la espalda al poco de empezar la segunda manga. Nadal no podía, era imposible, y desde ese momentos apenas se movió durante toda esa manga. No impactaba la bola como quería y se fue al vestuario para recibir atención médica. Estalló entonces Wawrinka, que pedía explicaciones al juez de silla (Carlos Ramos) porque ese parón frenaba su avalancha. Dominaba 6-3, 2-1 y saque.

En realidad, daba igual porque el Nadal que volvió de las taquillas era un jugador tieso. Apenas pudo discutir, incapacitado para jugar a tenis, pero el respeto y el orgullo que siente por el deporte y por sus contrincantes le impedían retirarse. Perdió el set de forma previsible, sacando a 120 kilómetros por hora, y volvió a pedir la actuación del fisioterapeuta sabiendo que casi todo estaba perdido. Le delataban sus gestos, al borde de la lágrima.

Era el rostro de la desolación y Nadal no encontraba respuestas desde su palco. «No sé qué hacer», se lamentaba. Mientras, Wawrinka se limitaba a sumar puntos de forma natural, pero se le cruzaron los cables porque la situación le desconcertó por completo, anulado por sus propios miedos. Hasta el momento de la lesión del balear, estaba bordando el tenis y luego se apagó de forma incomprensible, un saco de nervios que gritaba en cada error.

Nadal también decide cuando pierde, testarudo hasta en eso. Resistió como pudo, honrando a su enemigo y dándole valor que merecía al triunfo de Wawrinka. Desde la adversidad, y sorprendiendo a todos una vez más, se puso con 3-0 en el tercer set. Resistir es ganar, pensó Nadal, que a partir de ahí jugaba al todo o nada, rechazando los peloteos largos porque era una quimera. El premio fue ganar esa manga, que vale más que cualquier título.

Era para frotarse los ojos, la enésima lección de amor propio de un deportista inigualable. Nadal puso de manifiesto lo importante que es la fortaleza mental y queda claro que a Wawrinka le superó la circunstancia. A su favor hay que decir que la final que estaba jugando se esfumó a partir de la lesión, pero sí que es cierto que se asustó y que interpretó francamente mal el nuevo partido.

Su cabeza echaba humo. A Wawrinka no le dolía la espalda, pero su lesión era mental, desquiciado y sin respuestas. Era un flan que tuvo todo a su favor para romper el saque de Nadal en el inicio del cuarto set y volvió a consumirse por sus propias dudas. Le costaba mucho más ganar al Nadal lesionado que al Nadal del principio y ese fue su lastre, pues se olvidó de todo lo bien que lo hizo en su presentación.

Incluso después de reencontrarse volvió a meterse en un lío. Quebró en el sexto juego, aparentemente decisivo ese break, pero no consolidó y entregó su saque de forma lamentable. Vio su vida pasar en ese drama interminable, pero salvó los muebles para ganar el partido más extraño de su vida. Casualmente, era el más importante de todos cuantos ha disputado y no sabía qué hacer cuando, por fin, ganó la batalla de Melbourne.

Ya no habría más milagros, descartada la heroica porque era imposible. Cuesta utilizar esa palabra con Nadal, que se empeña en destrozar los límites, pero el final estaba escrito. Nadal perdió, aunque hay derrotas que valen más que cualquier victoria, derrotas que son eternas. Se queda con trece grandes, pero es el campeón para todos.