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Río 2016 | Natación Phelps se queda con el oro para siempre

En su emotiva despedida de la natación suma otro título en el relevo 4x100 y se va con 28 medallas inalcanzables

Michael Phelps besa su última medalla olímpica
Michael Phelps besa su última medalla olímpica - REUTERS
J. GÓMEZ PEÑA Río De Janeiro - Actualizado: Guardado en: Actualidad Rio-2016

Dos horas antes de que todo empiece y de que acabe la carrera deportiva del mejor nadador de la historia, la grada de la piscina olímpica de Río aún está vacía. Falta una hora para que algún nadador se eche al agua a calentar. Sin embargo, la tarima reservada a los fotógrafos está abarrotada. Codo con codo. Y con los enorme objetivos de sus cámaras apuntando ya al poyete del que saltará por última vez Michael Phelps. Diez minutos antes de la velada, la piscina olímpica de Río de Janeiro, ya llena, esperaba impaciente. La noche tenía un ambiente distinto. Perfume a historia del deporte.

Nadie parpadeó. Muchos desenfundaron sus móviles para grabarlo. Lo dirán siempre: «Yo estuve allí». La última noche de la increíble vida acuática de Phelps. Veinte mil piscinas de viaje submarino para pescar con la red de sus brazos de portento 28 medallas: dos de bronce, tres de plata y 23 de oro, incluida la que esta madrugada ha logrado con el equipo estadounidense de los 4x100 estilos, una prueba que ha ganado en cuatro Juegos. Atenas, Pekín, Londres y ahora en Río de Janeiro. El público siguió de pie los cien metros de su adiós.

Cuando Phelps se tiró al agua -era el tercer relevo, el de mariposa- Estados Unidos iba segundo. Gran Bretaña había remontado con la posta del mejor bracista del mundo, un recién llegado, Peaty. Una bestia. Phelps botó del poyete con 41 centésimas de desventaja. Guy, el inglés que se quedó con el honor de ser su último rival, resistió el peso de la historia durante 50 metros. Tras el giro y su largo y decisivo tramo subacuático final, Phelps le dio la vuelta a la prueba. Mariposa. Lo suyo. Alas. Voló hasta la pared de su despedida y dejó el triunfo en bandeja a su compañero Adrian. Esperó esos cien metros de crol, animó y aplaudió para festejar la victoria -3.27.95- sobre Gran Bretaña y Australia con la que se va de la primera parte de su vida. «Ya estoy preparado», dijo el sábado. Veinte años después, ha llegado a la orilla. A partir de ahora vivirá en la tierra. Ha dejado a buen recaudo su leyenda en el olimpo, donde tienen plaza fija Michael Jordan, Federer, Mohamed Ali, Pelé... y Usain Bolt. Andan por allí también la zancada de Zatopek, el salto de Bob Beamon, el 10 de Comaneci, la estela de Carl Lewiss, lo ochos oros de Mark Spitz...

Cuando su madre, harta de la hiperactividad de aquel chaval corpulento y paticorto, decidió echarlo a agua para que se desfogara, cambió sin saberlo la historia de la natación. Eso se vio pronto: con 14 años se clasificó para los Juegos de Sidney 2000 y con 15 llegó a la final de los 200 mariposa (quinto). A esa edad batió su primer récord del mundo, el de los 200 mariposa. Nadie había madrugado tanto. Y nadie ha durado lo que él: acaba de colgarse cinco oros con 31 años en un deporte de ídolos fugaces.

Esa palabra, «nadie», le ha acompañado desde el inicio. Nadie se le ha acercado siquiera. «Mi motivación ha sido hacer lo que los demás creían imposible», repite. Se hizo profesional con 16 años. Su relación con el agua era evidente. En Atenas 2004 sumó seis oros, ocho en Pekín y cuatro en Londres 2012, cuando ya estaba aburrido de su deporte, de vivir con la cabeza bajo el agua. Entonces lo dejó. Anunció su retirada. «Soy humano», soltó hace cuatro años tras la que parecía su última prueba. Quería vivir otra vida y no supo. Los tiburones si dejan de nadar se hunden. El «Tiburón de Baltimore» acabó deprimido, detenido borracho al volante de su errático coche y en un clínica de desintoxicación. Mal final para una historia de su tamaño. Así que se curó, recompuso sus relaciones familiares, ha tenido un hijo y ha vuelto a despedirse de los Juegos en Río con 31 años y con seis medallas más, cinco de ellas de oro.

¿Y ahora? «Bueno, me caso a final de año». «Es el momento de irme». Esta vez no volverá.

Durante generaciones los nadadores verán a lo lejos la espuma dorada que ha dejado Phelps. Inalcanzable. Sus 28 medallas, sus 23 oros son el Éverest del deporte. En el podio, una ultima lágrima le rodeó el borde del párpado. No cayó. El pez más grande de la historia se llevó hasta la última gota de la piscina.

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