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Río 2016 | Natación Phelps cuenta 21

Logra dos oros más, en 200 mariposa y el relevo 4x200, y firma otro capítulo en su interminable leyenda

Michael Phelps besa su nueva medalla de oro
Michael Phelps besa su nueva medalla de oro - EFE
J. Gómez Peña Enviado Especial A Río De Janeiro - Actualizado: Guardado en: Actualidad Rio-2016

Cuando se jubiló en los Juegos de Londres se fue con 22 medallas, con 18 oros, dos platas y dos bronces. Único en la historia. Tras superar sus adicciones y, ya padre de su primer hijo, volvió al agua, su elemento. Y al comienzo de estos Juegos de Río, con 31 años, sorprendió al apuntarse en el relevo 4x100. Fue su decimonoveno oro. A ese cofre han caído esta madrugada otros dos oros: en 200 mariposa y en el relevo 4x200. La suma abruma: 25 medallas; 21 oros. Leyenda de metal.

Había tanta expectación en la piscina olímpica que la megafonía tuvo que pedir silencio. Es lo que pasa cuando va a nadar el mejor de la historia. El público se emociona al sentir tan cerca el tacto del dios del agua. Al fin hay calma. Phelps, sobre el poyete, se inclina y bate tres veces las enormes hélices de sus brazos. Se escucha la palmada con la que cierra su estiramiento. Al agua. El húngaro Cseh es el único que le tutea en el primer 50 de la final del 200 mariposa. Luego, cuando gira, se sumerge, mete el turbo de sus piernas submarinas y emerge, ya manda. Ni Kenderesi, ni Le Clos se ponen nunca a su altura. Nadie tiene su talla. Sólo al final se le arrima el japonés Masato Sakai, que viene con la katana en los dientes. La grada está desbocada. Quiere ver ganar a Phels, que le alegra la noche por apenas cuatro centésimas sobre el nipón. Con eso le basta para sumar su oro número 20, su vigesimocuarta medalla. Hace tiempo que en cuestiones de historia nada solo. Su tiempo, 1.53.36, no bate ni el récord del mundo ni el olímpico. No importa: también los tiene él.

Al comprobar en el marcador su victoria, levantó el puño derecho. Anda con rabia de principiante. Echó el cuello hacia atrás y resopló como una ballena. Lanzó dos dedos al cielo y abrió las manos como si quisiera aún más. Todo le había salido bien. Hasta se relamió al ver cómo su rival menos apreciado, Chad le Clos, quedaba fuera del podio al que sí subieron Sakai y el húngaro Kenderesi. Cuenta saldada con Le Clos.

En la sala donde esperan los nadadores antes de ser citados al poyete de salida por la megafonía, todo es liturgia. Cada uno con la suya. A Chad le Clos, sudafricano, le da por bailar aislado del mundo. Es una de las víctimas habituales de Phleps. Les separa el pasado: los Juegos de Londres. El portento de Baltimore siempre ha creído, y ha demostrado, que el 200 mariposa es su propiedad privada. Esa prueba le abrió la puerta de los Juegos de Sidney 2000 con apenas 15 años. Y fue suya, de oro, en Pekín 2004 y 2008. Pero no en Londres, a donde acudió ya harto de los barrotes de su deporte. Llevaba tiempo sin someterse a la disciplina carcelaria que requiere la competición más exigente de la piscina -algo así como el 400 en el atletismo- y en la final de Londres se le adelantó por cinco centésimas Le Clos. Desde entonces han cruzado alguna declaración con ácido.

En un vídeo de la eliminatoria previa a la final que se ha disputado esta madrugada, se ve a Le Clos con su danza. Y al fondo, con los cascos llenándole la cabeza de rap, está sentado Phelps, que le mira. Con ojos casi de odio, rabiosos. De depredador. Tal es el tamaño de Phelps en los Juegos que todo lo suyo tiene trascendencia. Si se le aprecian unos círculos oscuros en la espalda, hay que preguntar para averiguar que son efecto de un método chino de recuperación muscular a base de ventosas. Phelps crea modas.

Así ha sido desde que con 15 años debutó en los Juegos de Sidney. Era un pez humano. Un chico de torso descomunal, pies y manos como aletas, y piernas cortas capaces de convertirse en un cañón a cada giro. Siempre ha nadado bien en la superficie y mejor bajo el agua. Sus patadas de delfín. Mamífero marino. Ya era así cuando con siete años, cuando odiaba sumergir la cabeza. Por eso empezó a bracear de espaldas. Luego comprobó que casi todo se le daba bien: algo menos la braza y maravillosamente bien el estilo mariposa. Las alas que forman su enormes brazos, más de dos metros de envergadura. Con diez años ya batía récords en su categoría. Con 15 fue finalista en el 200 mariposa de Sydney. Y a esa edad batió las plusmarca mundial en esa prueba. Nadie lo había hecho antes con esa edad de niño. Fue el anticipo que lo que aún continúa ahora que tiene 31 años.

Antes de recoger la medalla, mientras a Kenderesi le colgaban el bronce y a Sakai, la plata, Phelps no dejó de estirarse. Aprovechaba la altura del podio para apoyar alternativamente las piernas y prepararse para lo que todavía le restaba: la final del 4x200. Arriba del cajón ya, escuchó su himno. Con sus triunfos en cuatro Juegos Olímpicos ha enseñado al mundo entero a tararearlo. Pese a la costumbre, se emocionó. Ojos de agua. Hace dos años era un excampeón olímpico sin rumbo. Vuelve a ser Phelps, que ya cuenta veinte oros. Se acercó a la grada. Su madre, lágrima viva, le acarició el cuello. Phelps besó a su hijo, Boomer. Su nuevo motor vital. Fue la imagen de la noche. Quizá de los Juegos. Por su familia, por Boomer, Phelps dejó sus adicciones y regresó al agua. Por eso la llorera familiar. Han recuperado a Phelps. Como los Juegos. Unos minutos después, de nuevo con el bañador, dio la última posta para que Estados Unidos ganara la final del relevo 4x200 libres. Ya son 25 medallas. Y 21 oros. Y aún le queda agua por conquistar en Río.

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