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Hamilton superstar

El piloto inglés conquista su tercer título mundial convertido en la máxima estrella de la Fórmula 1

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Recuerda de cuando en cuando Lewis Hamilton, un amante de los helados italianos y de la vida chic, que él es un chico de barrio, hijo de emigrantes, de familia trabajadora y de padres separados. Le gusta enfatizar que él proviene, como Fernando Alonso, de una infancia en un bloque y un tercer piso sin ascensor. Rememora esos orígenes en un perpetuo revival que le sirve para poner los pies en el suelo ahora que se traslada en un avión privado de 23 millones y no sabe cómo invertir, gastar o disfrutar el tremendo salario que le espera en 2016: 40 millones anuales con 30 años. Ahora es campeón del mundo de Fórmula 1 y ha traspasado las puertas del santuario de este deporte, negocio o lo que sea: tres títulos, como Ayrton Senna, Niki Lauda o Jackie Stewart, leyendas para los amantes del motor.

El pasado jueves –la prensa en Austin con el colmillo afilado hablando de presión y probabilidades– Hamilton volvió la cabeza hacia 2007, en la previa de uno de sus mayores chascos. «He estado en esta situación ya, en las últimas carreras de 2007 y mira lo que pasó. Sé lo que tengo que hacer y no voy a pensar en nada más». El Hamilton impredecible, volcánico y latino de siempre reeducado al modo zen. Impenetrable, sereno y paciente. Un reverso de sí mismo.

Hamilton ya no es el deslumbrante novato que quería comerse el mundo y midió su talla frente a un campeón del mundo como Fernando Alonso bajo el paraguas de McLaren. No conserva la tutela de Ron Dennis, su mentor que quedó impactado ante aquel mocoso que le espetó después de una prueba de karts: «¡Quiere correr para usted! Quiero ser campeón del mundo con McLaren».

Lágrimas de Massa

No tardó en materializar su sueño de adolescente barbilampiño. Lo consiguió un año después, en 2008, en aquella curva invisible de la última vuelta del circuito de Interlagos en la que adelantó a Timo Glock y convirtió en lágrimas la sonrisa de Felipe Massa, quien ya tocaba el paraíso: campeón del mundo en su propio país.

Hamilton fue campeón con McLaren, como había prometido, pero, un superclase como es, se cansó de ver ganar a Vettel con el Red Bull. Y emprendió el camino de una arriesgada apuesta similar a la que ha elegido Fernando Alonso este año. Para sorpresa general se marchó en 2013 a Mercedes, a un equipo de mitad de tabla que no prometía nada bueno. Llevaba tres años la marca alemana de un fiasco a otro, embarcada en un viaje sin frutos con Michael Schumacher y Nico Rosberg al mando.

Hamilton logró una victoria y cinco poles en su primer curso en Mercedes antes de rubricar el avasallador carrusel de 2014 y 2015: 20 triunfos y 18 primeros puestos en la parrilla. Nadie lo imaginó cuando dejó McLaren e incluso recibió potentes críticas por caprichoso y propenso al dinero. El tiempo, ese juez insobornable, le ha dado la razón.

El campeón mundial es además la estrella de la Fórmula 1. Hamilton posee el don indescifrable del carisma. La cámara lo quiere, los focos lo buscan y él se deja mimar. Carne de celuloide, pasajero de desfiles de moda y estrenos rutilantes, el chico de Stevenage se codea en cualquier alfombra roja con los actores de Hollywood. Ha ingresado en ese reino volátil llamado glamour.

Seguidor incondicional del Arsenal y amante del piano, el piloto inglés ha escalado hasta la cúspide de la Fórmula 1. Nadie recuerda un coche tan superior como el Mercedes 2015 y un piloto tan hegemónico como Hamilton al mando de ese volante. La mezcla ha derivado en un cóctel demoledor que ha arrasado a la competencia y ha terminado por aburrir al personal.

El propio campeón, tal vez cansado de luchar contra sí mismo y no contra otros coches y pilotos, se ha sumado a las voces que claman por un vuelco total en la Fórmula 1 para no echar a los aficionados de la televisión y de los circuitos.