Malta, la isla agazapada

Morir sin haber visitado Malta debería ser pecado capital. Enclavado en pleno corazón del Mediterráneo y agazapado entre sus países vecinos, el archipiélago maltés pasa casi desapercibido en Europa. Sus más de 900.000 habitantes repartidos en 320 kilómetros cuadrados atesoran plena vocación mediterránea con una temperatura media de 18 grados centígrados que nada tiene que envidiar a sus rivales turísticos.

LA VALETA Actualizado:

Malta no tiene la blancura deslumbrante de las islas griegas, ni el encanto innato de las Baleares. ni la tosca orografía de su vecina Sicilia, de la que apenas le separan 90 kilómetros. Eso sí, atesora el encanto de sus mil y un rincones en los que han entablado batallas y entuertos fenicios, bizantinos, cartagineses, romanos, árabes, franceses e ingleses. Hoy, en pleno siglo XXI, Malta exhibe orgullosa su particular «alianza de civilizaciones».

Cierto que cuando se evoca el nombre de Malta, rápidamente el aficionado al fútbol recuerda aquel histórico duelo contra España el 21 de diciembre de 1983. El 12-1 que los hombres de Miguel Muñoz infligieron a la selección maltesa en el Benito Villamarín está marcado en nuestra memoria histórica, aunque a los malteses conviene no recordarles aquel alarde de la furia española.

Pero también el nombre de este archipiélago evoca la mítica película de John Huston. «El halcón maltés» no se rodó aquí, pero su título sí hace referencia a la apreciadísima ave rapaz de extraordinaria precisión para la cetrería que vigila sus parajes. Cuenta la historia que el emperador Carlos V cedió la soberanía de esta isla en 1530 a la Orden de Los Caballeros de San Juan (La Orden de Malta) con la condición de que anualmente se le entregara como tributo un halcón maltés. El pago se mantuvo hasta 1798, fecha en la que esta Orden fue expulsada de la isla por las tropas de Napoleón Bonaparte.

Malta también es el punto de partida de Corto Maltés, el pirata más romántico del cómic, a quien su creador Hugo Pratt insufló alma de aventurero después de fijar su nacimiento en La Valetta, capital de la isla.

Hoy, Malta es un destino ideal para estudiantes ávidos del conocimiento del inglés. Cada día son más los jóvenes europeos que con una beca Erasmus bajo el brazo no dudan en aterrizar aquí para perfeccionar la lengua de Shakespeare en las mil y una academias que se reparten por la isla.

Desde hace unos años, Malta puja por erigirse en un paraíso de luz y sol para el turismo. Sus islas apenas tienen playas de arena, ni ríos ni lagos, pero sus costas están repletas de vertiginosos acantilados y grutas que estallan en azul para delicia de buceadores y submarinistas.

Las excelencias de sus paisajes y rincones han estado en el punto de mira del cine mundial. El Fuerte de San Telmo fue el escenario perfecto para la espeluznante «El expreso de medianoche», y Alejandro Amenábar no dudó en ambientar en Fort Ricasoli y M'dina las luchas religiosas de «Ágora». Pero películas como «Popeye», «Nunca digas nunca jamás», «Troya» o «Gladiator» también vivieron aquí sus días de gestación.

De norte a sur, de este a oeste, del archipiélago maltés es hoy una tierra de paz donde se amansan los ardores guerreros del pasado. Desde la Ciudadela de la isla de Gozo al pueblo pesquero de Marsaxlokk, desde los estrechos callejones de M'dina a la impenetrable fortaleza de La Valetta, fenicios, romanos, bizantinos, árabes, franceses e ingleses han forjado un país fundido con su pasado y presto para el futuro.

Hablar de La Valetta es hablar de La Orden de los Caballeros de San Juan, fundada en Jerusalem en el siglo XI. A ella debe la capital maltesa su esplendor y modernidad. El Gran Maestre de la Orden, Jean de la Valette, llegó aquí en 1530 y desde entonces la Orden guió con empeño renacentista el destino de la isla. La Valetta hincha pecho cuando alardea de ser la primera ciudad planificada de Europa gracias al proyecto diseñado por Francesco Laparelli en 1565. Si doseño de tiralíneas, sus construcciones de piedra caliza arañadas por el tiempo, sus estrechas y escalonadas callejuelas y sus cuidados parques diseñados como balcones sobre el Grand Harbour (Gran Puerto) son santo y seña de una ciudad con bullicio mediterráneo donde cada rincón parece esconder una leyenda.

La co-Catedral de San Juan es el mejor legado de la Orden de Malta. Su austero diseño exterior choca frontalmente con el barroco deslumbrante de su interior, que descoloca al visitante. Todas y cada una de las lápidas que conforman el suelo están labradas en mármol de colores y fueron diseñadas en vida por quienes yacen bajo ellas. En su interior, dos cuadros de Caravaggio,pintor que también sembró la discordia en su corto paso por la isla.

Pero al margen de La Valetta, Malta esconde muchos más tesoros: las catacumbas de San Pablo en Rabat, las calles de M'dina, conocida como la ciudad del silencio, el templo megalítico de Hagar Qim, o el bullicio nocturno y juvenil de Sliema. Mecer la mirada al compás de los «luzzu», embarcaciones multicolores de Marsaxlokk o dejarse asombrar por La Rotonda de Mosta, con una de las cúpulas más grandes del mundo y que resistió hasta los bombardeos nazis.....

A la sombra de Malta está la isla de Gozo, su hermana menor. Vale la pena y mucho saltar hasta este hermoso enclave de 14x7 kilómetros paraíso de submarinismo. Cruzar en bote la laguna de Island sea, atravesar el cañón y descubrir a cielo abierto el añil de sus aguas es sentir sobre la piel el nombre de la isla. Un recorrido por la Ciudadela fortificada de Victoria, su capital, asomarse a su «Ventana Azul», espectacular arco de piedra de 80 metros sobre el mar y uno de los icones de Malta, o visitar los milenarios templos de Ggantija, cuyo origen data de 3.600 a 3.200 a C., son las mejores postales de una isla que nada tiene que envidiar a su hermana mayor.