Contador se lame las heridas
Cavendish cruza la meta por delante de Gilbert y de José J. Rojas - AFP
TOUR DE FRANCIA

Contador se lame las heridas

«Tengo hielo por todo el cuerpo, pero saldré a tope», tranquiliza tras caerse en la peligrosa etapa que se llevó Cavendish

cap frehel (FRANCIA) Actualizado:

Hay que fijarse en los carteles. Al llegar a la salida, en Carhaix, también se leía: ‘Departamento de Finisterre’. El final de la tierra. Estaba claro: iba a ser una etapa disputada al borde. [Así hemos contado la etapa]

El miedo era fundado. Demasiadas nubes para ser verano. El viento se divertía con los árboles, movías las vallas, cubría de escalofríos la piel de los ciclistas. Y así partieron, como huyendo de Finisterre, del fin de mundo, en dirección a Cap Frehel, el cabo donde se eleva el Fuerte de Latte, el castillo que sirvió de escenario en 1957 para el rodaje de la película ‘Los Vikingos’. Ya saben: Kirk Douglas y Tony Curtis, hermanos en el filme, cruzando espadas por Morgana, la bella Janet Leigh. Estaba más claro aún: iba a ser una ‘peli’ de batallas. Que se lo pregunten a Contador, caído por dos veces, aunque sin consecuencias. A este paso, va a tener que contratar a un ‘doble’ para que ruede las escenas peligrosas de esta terrorífica primera semana de Tour. [Las mejores imágenes del día]

A la primera caída, Contador llegó pronto. El sprint especial, situado en el ecuador de la etapa, se ha convertido en un inesperado trofeo. Por él, los mejores velocistas se reparten tortas. Y esta vez fue descalificado Rojas, relevado por Gilbert al frente de la clasificación de la regularidad (maillot verde). Esa escaramuza desequilibró al grupo. Contador, escoltado por Tossatto, iba entre los primeros. Y ni así pudo sortear un enganchón masivo. Entre muros de gente, los ciclistas apenas tenían espacio. Caída. Leve. Dos palmadas en el hombro y a seguir. El madrileño notó que el freno estaba descolocado. Lo ajustó. Y tiró en busca del grupo. Problema resuelto. Eso creía. Llevaba un ememigo a cuestas.

Nervios en el pelotón

El cambio de velocidades estaba tocado. Cinco kilómetros después, cuando activó el mecanismo para pasar del plato grande al pequeño, la cadena se enganchó. Es como chocar contra algo. La bicicleta se clava. Y el jinete vuela. Se cayó solo. Descabalgado. El azar traducido en mala suerte. Otra vez, como en la primera etapa. Así que le pudo la rabia, ese motor que tiene. Agarró la bicicleta y la tiró a la cuneta. Por inútil. Enseguida hizo un diagnóstico visual de las heridas. Rasponazos en el costado derecho. De arriba a abajo: hombro, codo y pierna. Con Bretaña bien tatuada. «No parece nada. Estoy bien», dijo antes de partir hacia la batalla que continuaba unos metros por delante. Brajkovic, en cambio, escuchaba en una ambulancia el sonido alarmado de su adiós al Tour. «Ha habido unas bofetadas increíbles», contó Samuel Sánchez, que se libró de todas. Ileso. A su compañero Iván Velasco, una caída sobre el filo de un bordillo, le trituró una clavícula. «Quizá se me haya acabado el Tour», lamentó. Lo mismo temía Boonen. Al médico de la carrera le tocó redactar un parte de guerra.

Incluyó entre los dañados a Sorensen, compañero de Contador. El campeón danés. Recibió un disparo a traición. Los que más duelen. Fue arrollado por una moto cargada con un piloto y un fotógrafo. Andaba sacando imágenes en mitad del pelotón. Quiso adelartar por un costado y tumbó al desprevenido Sorensen. Ni paró. La moto dejó al ciclista sobre la hierba y se llevó, arrastrándola, la bicicleta. «Eso no puede pasar -criticó Contador-. Hay que respetar a los ciclistas». El director del Tour, Christiam Prudhomme, furia en la voz, expulsó al motorista. Nada pintaba en aquella guerra.

Victoria para Cavendish

A cada kilómetro, la etapa tocaba a rebato. Iván Gutiérrez, Turgot y Delaplace hicieron de avanzadilla. El aire, fresco, les lavaba la cara a los tres fugados. Luego les dieron relevo Roy y Voeckler, pero la batalla final estaba reservada para los velocistas y para un escenario cinematográfico: el Fuerte de Latte. Un lugar peligroso. Cuentan que a Tony Curtis le dañaron un ojo de un flechazo durante el rodaje. El castillo flota sobre un mar esmeralda. Allí murió Kirk Douglas en ‘Los Vikingos’. Buen lugar para un final.

Y para vencer. La carretera se enroscó en curvas, descensos y repechos. Un sitio hecho para un descendiente de los vikingos, el noruego Hushovd, el líder de este Tour. El ‘dios Thor’. Abrió la compuerta del sprint. Pero demasido pronto: salió a por Boasson Hagen y Feillu, y se exprimió antes de tiempo. Gilbert y Rojas, metidos en su duelo por el maillot verde, le pasaron por encima. Parecían dos y eran tres. Desde lejos, desde casi la décima plaza, Cavendish pegaba su barbilla a las rodillas. Máquina. Mientras todos se agrietaban, el chico de la Isla de Man, emergía. Rotundo. Conquistó el Fuerte de Latte. Y ya tiene 16 etapas en el Tour, como Jacques Anquetil. «Me encanta ganar», dijo con su sonrisa de chico malo.

A nadie le gusta perder. Tampoco a Rojas, que aún no sabía de su descalificación en el sprint intermedio. Cuando lo supo, explotó: «Me sancionan por nada. ¿Y ésta es la mejor carrera del mundo? Me descalifican porque les da la gana. Bueno, porque Gilbert les gusta más». Tambores de guerra. Rojas al rojo vivo. «Petacchi me ha dado un puñetazo a falta de kilómetro y medio», repetía. Pero Rojas era el multado. Así son la guerra y el Tour. Salpican balas por todos lados. A cobijo ya, Contador se lamía las heridas: «Estoy bien. Con hielo por todo el cuerpo. No pasaré una buena noche, pero mañana (hoy) saldré a tope». La batalla continúa.