Hinault apuesta por Contador
Alberto Contador - AFP
TOUR DE FRANCIA

Hinault apuesta por Contador

«Va a ganar, seguro», asegura el bretón en el día que el Tour cruza por su pueblo

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Cuentan que cuando en la mesa Bernard Hinault hacía una broma, nadie se reía. Por si acaso. Tal era su poder de intimidación. Ahora, ya jubilado, trabaja para la organización del Tour y ayer, en la salida de Carhaix, el gentío le aclamaba. La quinta etapa iba a pasar por Yffiniac, su pueblo. Todos callan cuando él habla. Ha perdido pelo, ha ganado algún kilo y se le ve arrugado, pero hay algo que no cambia: su mirada negra. Mientras recibe la pregunta del periodista, mira de frente, ni pestañea. ¿Qué le parece la reacción de Contador en el Muro de Bretaña? Ni deja que acabe la pregunta. Nada de diplomacia. Es como corría. Y responde tajante: «Contador va a ganar este Tour, seguro». A Hinault le gusta el madrileño. Chasquea el gesto cuando le hablan de Andy Schleck. No es de los suyos. Prefiere a los voraces, a los que salen a por cada carrera que corren. Se ve reflejado. «En el Giro le bastó con la exhibición del Etna. Luego, se limitó a controlar a sus rivales. No creo que esté cansado». Decía Fignon que Hinault dormía poco y que, sin embargo, nunca se cansaba.

Hinault, un bretón en Bretaña. «Aquí llueve mucho y hace mucho viento. Eso nos marca, nos hace perseverantes», constata Hinault. Como él. Como su antecesor, Robic. Qué tío. Se casó la víspera de ir a correr el Tour de 1947 y al partir le prometió a Raimonda, su esposa: «Te has casado con un pobre, pero dentro de un mes seré rico. Tendré los 150.000 francos del vencedor del Tour». Raimonda, cariñosa ella, le fue a visitar en carrera. La luna de miel se había quedado a medias. Llegó al hotel de su marido la noche anterior a la última etapa. Robic no era el líder. Seguía pobre. Así que Raimonda, al menos, quería mimos. Se empeñó en dormir con su marido, un tipo huraño, malgeniado y extravagante. Y se metió en la cama. Pero no hubo más. Robic ocupó la otra esquina del colchón y le dio la espalda. «Lo primero es el maillot amarillo». Al día siguiente, entre Caen y París, lo consiguió. Y también la pasta prometida. Cuando un bretón se empeña...

Antes del inicio del Mundial de Sallanches 1980, Hinault, que venía de retirarse lesionado del Tour, mandó a uno de su compañeros de selección poner el champán a enfriar. «Hoy seré campeón del mundo». Aplastó uno a uno a todos sus rivales. Aún se recuerda. Hinault es leyenda. Nadie, ni Armstrong, ha sido tan certero en el Tour. El estadounidense ganó siete ediciones, pero necesitó años para adaptarse. Hinault venció en su debut. Lo disputó ocho veces, con cinco victorias, dos segundos puestos y una retirada a causa de una tendinitis cuando era el líder. Nadie ha dominado así. Y de esa tiranía hay decenas de ejemplos, de etapas fundidas por esa mirada negra que aún no ha aprendido a pestañear.

La contrarreloj de Estrasburgo

Entre tantas victorias, luce una especial. Fue, como ayer, en un 6 de julio. El de 1985. En el último Tour que se llevó. La etapa, una contrarreloj de 75 kilómetros entre Sarrebourg y Estrasburgo, inclinó de su lado aquella edición. Dice Cyrille Gimard, uno de los directores que tuvo, que Hinault era una fuerza de la naturaleza, una roca. «Tenía una resistencia inigualable. Más potencial que Merckx. Nadie ha sido como Hinault. La mayor cilindrada del pelotón», asegura. Aquel día, desde luego, lo fue. Ya no se disputan cronos así. Para tipos como él. La supermotivación al servicio de la superpotencia. Vestido con el maillot de La Vie Claire, con casco aerodínamico y un tonaelada de orgullo, salió a poner las cosas en su sitio. Había perdido el Tour 1984 ante Fignon. «Cuando te ganan bien, te callas y te preparas para el siguiente Tour». No puso excusas. «Hay que saber perder. Y levantarse. Lo que no se olvidan son las deudas a saldar». La mirada de Hinault.

Salió en esa contrarreloj a saldarla. Cubrió los 75 kilómetros a una velocidad media de 47,410 km/h. ¿Lo haría hoy alguien? Roche, el segundo, acabó a dos minutos y 20 segundos; LeMond, a 2.34; Kelly, a 2.52; Delgado, a 5,38, y Lucho Herrera, a 7,22. Se vistió de amarillo y así llegó a París. En su pueblo, Yffiniac, tiene un monumento, un polideportivo... En el Tour, una leyenda.