Aparicio: «Doy mi vida por el arte»

Apenas dos meses después de su terrorífica cornada en el cuello, el maestro vuelve a vestirse de luces. ABC asiste en exclusiva a su exitoso y emotivo reencuentro con el toro

torrejón el rubio (cáceres) Actualizado: Guardar
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Milagro de carne y hueso. A paso de procesión, pisa la arena Julio Aparicio. Un sol abrasador que se resiste a partir ilumina su vestido tabaco y oro. El maestro regresa al escenario del arte y la guerra. En presencia sólo de la cuadrilla y sus más íntimos, y con ABC de testigo directo en exclusiva, se reencuentra con el toro tras la espeluznante cornada en el cuello que sufrió el 21 de mayo en Las Ventas. Es su primera vez como torero tras su resurrección como hombre.

Se hace el silencio. La incertidumbre se respira en la coqueta plaza de tientas de su finca cacereña. «Después de un accidente así, lo mejor es probarse cuanto antes», asevera Aparicio. Las dudas se despejan pronto, nada más recibir con el capote al primero, herrado con el número siete. Muleta planchada y mentón hundido en los derechazos. Coraje de figura cuando el animal se raja y en la mismísima puerta de chiqueros lo pulveriza de una estocada en todo lo alto. Prueba superada: por el agujero de esta cornada no se ha escapado el valor.

El segundo posee calidad. La exprime de principio a fin. Mide los tempos. Y se crece a izquierdas. Maravilla al natural, mimo en el cambio de mano y sentimiento en la trincherilla. Otro espadazo. Tiene afianzada la «puerta grande», pero hay hambre atrasada de arte. Y pide un tercer cartucho. «¡Echadme otro!» Verónica y media de saludo al compás de la guitarra callada de Paco de Lucía, su otra pasión. Este colorado poco se asemeja a sus hermanos, de procedencia Domecq. Sus miradas invitan a huir y Julio Aparicio se queda. Con la anochecida ya encima, se dobla por bajo y, pase a pase, se adueña de las embestidas. Obra emotiva y de flamenco desgarro que le hace sudar el traje de luces. «Me ha servido mucho. Ha sido muy positivo encontrarme con el fondo suficiente para afrontar la lidia de tres toros», confiesa mientras imagina que Camarón adereza su gloria. «Lo recordaré como un día inolvidable —subraya—. Soy un privilegiado al poder disfrutar con aquello por lo que siempre he luchado».

Los ojos del miedo

Dicen que el temor del artista tiene múltiples ojos. ¿En ningún momento ha pensado en la «espantada» tras un percance de tal calibre? «Jamás. Una vez que mi vida no peligraba, mi único deseo era torear. Doy mi vida por el toro y por el arte». Su sentencia suena épica y despierta los celos del miedo, aunque Aparicio no se adivina héroe. «Soy lo contrario, una persona muy sensible, que ha nacido para crear arte, pasándome el toro con suavidad cerca de la cintura. Me siento más cerca del pintor o del poeta». Posee fontanas de inspiración: «Ahora se han multiplicado, puesto que valoro cosas a las que antes no daba importancia, como ver amanecer en el campo o coger un capote».

Toma un buchito de agua que recorre mar adentro la cicatriz del cuello, un costurón que palpará cada tarde al anudarse el corbatín. ¿Qué refleja su espejo? «Intento no mirar mucho, aunque al afeitarme sí me acuerdo un poco... Hubo un momento en que me preocupó la herida, porque tuve mucha pérdida de oxígeno, pero ya está curada». Suspira el maestro. Su mirada oceánica navega dos meses atrás. Rememoranzas de las noches más largas entre tubos y olor a cloroformo. «Fueron momentos duros, imágenes tremendamente desagradables». Y otra vez emprende rumbo a sus sueños. Julio Aparicio vive para contarlos. Ya no tiene que recurrir al papel y al lápiz. Utiliza su palabra serena. «Recuperar la voz fue hermoso», afirma. «¿Sabe qué fue bonito también?» Adelante: «Cuando abandoné el hospital y miré al cielo».

¿Sensación de volver a nacer? «Sí, así fue. A pesar de instantes extremos, sentía que no había llegado mi hora final. Por algo especial, debo seguir toreando y viviendo. Doy las gracias a quien esté por encima de todos nosotros». El sevillano se agarra a su fe —«soy creyente»— y al apoyo de los suyos, «sobre todo de mi hermana Pilar, que me ha ayudado muchísimo».

Las muestras de cariño se extienden en el infinito. Se traducen en responsabilidad ante su cita con la afición el 1 de agosto en la Feria de Pontevedra. «Espero estar a la altura de las circunstancias. Me da gran alegría estar con el público, sentir sus ruidos y sus silencios». Y le duele que en Cataluña intenten privar de esa libertad: «No entiendo que algunos políticos se dediquen a prohibir...»

No se plantea la retirada y espera celebrar sus bodas de plata en la Fiesta. «¿Por qué no? Sería bonito». Su agenda estival es intensa. «Los empresarios se han volcado, aunque no quiero superar las treinta corridas». Nos referimos a su ruptura con Simón Casas y a su cambio de mentor. «Javier (González) es mi amigo y está muy pendiente de todo como apoderado. Me ha estructurado una temporada muy buena y acorde a mis necesidades. Con Simón (Casas) tuve una etapa importante y le estoy muy agradecido».

Reaparición en Pontevedra

Se ha comentado mucho sobre los dineros de su reaparición en la «joya taurina» de Galicia, donde compartirá cartel con Alejandro Talavante y Daniel Luque. Negada la cifra de 180.000 euros, actuará con la categoría que una figura merece, aunque prefiere no hablar de caché y reconoce que «la crisis nos afecta a todos». «MC»Sorprende a los profanos en torería que vuelva a «bailar con lobos» después de rozar el filo de la guadaña. «Es evidente que toreo por vocación y no por dinero». Como el pintor que no concibe su existencia sin lienzo ni pincel, no interpreta su vida sin capote ni muleta. «¡Cuántas faenas he soñado en mi convalecencia!», exclama Aparicio, de 41 años y con la solera de 20 temporadas de alternativa. «Ahora me encuentro más a gusto que nunca». Y esboza una sonrisa pletórica mientras asoma su nueva luna de miel con el toreo.