«Curro Vargas», la esencia de otro ser
Imagen del montaje de Graham Vick para «Curro Vargas» - t. de la zarzuela
crítica de zarzuela

«Curro Vargas», la esencia de otro ser

El Teatro de la Zarzuela presenta estos días la versión íntegra de la partitura de Ruperto Chapí, bajo la dirección escénica de Graham Vick y musical de Guillermo García Calvo

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En el Teatro de la Zarzuela parecía haberse olvidado la emoción del espectáculo que la recuperación de «Curro Vargas» ha devuelto rodeada de un notable expectación. La obra se estrenó en 1898 y la Zarzuela la recordó en 1984 en una versión fragmentaria. La actual puesta en escena en versión íntegra es una noticia importante que acentúa el formidable calado artístico que alcanza la escenificación del británico Graham Vick y la realización a cargo de un plantel de intérpretes (al menos en el primer reparto) extraordinariamente bien tramado.

Se adivina tras «Curro Vargas» el sueño de Ruperto Chapí por hacer algo grande en favor de la llamada ópera española. Que el anhelo se lograra, o no, es algo que ocupa infinidad de páginas en la bibliografía musical española. Importa el ejemplo de esta obra y el potencial de una partitura que, con sus detalles de imperfección, es un ejemplo de ambición creadora, de habilidad escénica y dominio dramatúrgico. Hoy, la opinión se ve inevitablemente marcada por la impresión del trabajo del director musical Guillermo García Calvo, capaz de revitalizar a la Orquesta de la Comunidad de Madrid mucho más allá de la calidad intrínseca de una agrupación a la que le siguen asomando los descosidos con demasiado desparpajo.

Escenificación «internacionalizada»

Parte indispensable de la obra es el hábil verso de Joaquín Dicenta y Manuel Paso Cano, vehículo para un dramón de época consustancialmente adherido a la idiosincrasia de una España espesa y mitológicamente recalcitrante. Merece la pena ver «Curro Vargas» por muchas razones. Una de las principales es el descubrimiento de un verso bien dicho, correctamente impostado y comprensible. El trabajo actoral es depurado pero adquiere connotaciones sobresalientes con Milagros Martín y Luis Álvarez, este con intervenciones en las que crea escuela, ella demostrando que aún se puede cantar con estilo.

En el mérito general tiene responsabilidad Vick, de quien se podría haber esperado una escenificación «internacionalizada» de la obra a partir del conflicto de amores y odios que la sustenta. Va más allá, demostrando conocer muy bien el contexto español en el que todo se produce. Sólo así es posible reaccionar contra él de manera tan crítica, ácida y hasta irreverente. No se anda con chiquitas en la escena de la procesión haciendo explícito la falsedad del comportamiento, de varias virtudes y hasta de la fe. El resultado es algo teatralmente grandioso manejado con mano maestra en gestos como el final del primer acto con el coro repartido por el escenario, grada en el fondo y palcos, o, en el tercero, mientras las sombras del padre Antonio y Curro se proyectan en cercanía a una cruz calada. La minuciosa realización, particularmente sintética en el primer acto escenificado sobre un giratorio en el que se manejan con habilidad los elementos justos, y la astucia a la hora de descontextualizar la época sin perder la sustancia más conservadora de la obra son elementos que añaden valor a «Curro Vargas».

Vick no le tiene miedo ni al color amarillo en el vestuario. Menos aún a los encuentros descarnados. Tiene fuerza el de Angustias y Curro, Martín y Andeka Gorrotxategui, este con calidad vocal sobre una proyección de poco brillo. Canta, incluyendo la plegaria, con solvencia, igualdad y facilidad para el agudo. Saioa Hernández va penetrando en el papel y en la vocalidad dándole a Soledad verdadera enjundia dramática. Pisa con autoridad Joan Martín-Royo, Aurora Frías, Gerardo Bullón… y otros muchos que en la totalidad convierten «Curro Vargas» en una obra a la altura de sus propias aspiraciones.