lustración del Apocalipsis que recoge el libro, hecha por el taller de Lucas Cranach para la «Biblia de Lutero»
lustración del Apocalipsis que recoge el libro, hecha por el taller de Lucas Cranach para la «Biblia de Lutero» - ABC

Un nuevo Apocalipsis para tiempos convulsos

La editorial Abada recupera el texto bíblico en una nueva traducción del griego que arroja luz sobre algunos matices de la obra

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Sin la perspectiva de un final la vida sería insoportable. Sin muerte, sin domingos, nos quedaríamos cojos, y sin ninguna muleta en la que apoyarnos. O acabaríamos tan perdidos como aquel personaje inmortal de Borges, aquel troglodita con nombre de perro que ni recordaba haber escrito «La Odisea». En la eternidad, postulaba el argentino, no hay méritos morales o intelectuales y es imposible que un individuo, por torpe que sea, no alumbre al menos una vez el mejor poema épico de la historia. En fin, un delirio del que nos libra la mortalidad y la ficciones, que siempre se acaban. «La imaginación del fin es la única imaginación necesaria para la cultura».

Esto último lo dice el filósofo Patxi Lanceros, que de finales sabe un rato, pues él es el responsable de la nueva edición de la obra final por antonomasia, esa que cierra la Biblia y que inaugura la obsesión por el fin del mundo: el Apocalipsis. «Es el libro más influyente de la historia reciente, el libro fundamental, más que los Evangelios», sentencia. Por eso, explica, no está de más volver a él y hacerlo, además, con una nueva traducción del griego que recupera matices que se habían diluido con el paso de las lenguas. Por ejemplo, el mismo título, que originalmente no significa catástrofe ni final, sino revelación. De ahí que la portada proponga dos nombres: «Apocalipsis o Libro de la Revelación».

«Es que una traducción es siempre un trauma. Y yo quería dar el máximo de literalidad a este texto que ha sido crucial en la historia política, cultural y artística de Occidente», continúa Lanceros. Con ese ímpetu ha decidido «ekklesía», a veces traducida por «iglesia», debería ser «asamblea». Y que cuando se habla de «porneía» deberíamos pensar en «la puta», que es una de las imágenes que dominan el discurso como reflejo del mal, y no en «la meretriz», una palabra en la que pierde «la evocación sexual». «Se aprecia que el autor no quería mutilar nada. Su lenguaje era drástico, era fuerte», subraya.

A lo largo de su estudio introductorio, que sirve de prólogo, Lanceros hace un repaso de la importancia capital de todo esto, de cómo aquello que escribió Juan –no sabemos cuál, porque la autoría no está clara– ha permeado en nuestra cultura y nos recuerda, una y otra vez, esa necesidad humana de poner un punto y final (o al menos aparte) en algún lugar. Así, el Apocalipsis está en el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago, pero también en la última entrega de «Mad Max» o incluso, de forma simbólica, en el « Guernica» de Picasso. Creadores distintos, siglos distintos, momentos distintos, pero siempre preocupados, o interpelados, por lo mismo: la inminencia de la catástrofe.

«Es un libro que se ha editado mucho. Por ejemplo en los tiempos de la Reforma Protestante. Ahí están las ilustraciones de Cranach o de Durero. O en los años cuarenta, cuando el alemán Max Beckmann también decide ilustrarlo… Es un texto polémico y fundacional. Y vivimos otra vez una época fundacional», afirma Juan Barja, director de la editorial Abada y responsable de esta intrépida publicación. Este Apocalipsis, por cierto, sigue la senda que ya marcó su sello cuando publicó «Tres mujeres del Antiguo Testamento: Ester, Judit, Rut», tres textos que, también, reclamaban la trascendencia literaria y cultural del libro de libros.

«La Biblia es el gran código de la literatura occidental, tal y como ha dicho Northrop Frye. Todas las historias de la tradición occidental se pueden resumir en una ciudad sitiada (Troya), un viaje de regreso (la Odisea), y un Dios crucificado en la cima de un monte. ¿Ha habido más argumentos que esos? No. Claro que hay que rescatarlos, que hay que perseguirlos, que hay que criticarlos», asevera Lanceros.

Y al cabo, ¿no resulta extravagante que en este tiempo en el que en el cine y en la literatura proliferan cada vez más las sagas interminables, como si se tuviera el pavor de cerrar las historias, se recupere este primer gran final de la humanidad? «Es curioso eso –reflexiona el traductor–. Me hace pensar mucho. Porque esa secuencialidad de videojuego, el hecho de que sean siempre pantallas de mayor dificultad y que no se terminen nunca, genera un estrés que tiene muchas consecuencias. Porque cuando no hay fin se busca uno. Y te aparecen salvadores de la patria en todas partes». Lo dicho: sin un final caemos en el delirio, como el troglodita de Borges.