Una fotografía de Gérard de Nerval hecha por su amigo Félix Nadar poco antes del suicidio del poeta
Una fotografía de Gérard de Nerval hecha por su amigo Félix Nadar poco antes del suicidio del poeta

Gérard de Nerval, el poeta más loco y romántico de París que terminó ahorcado

Una nueva antología recupera la obra de este genial escritor, que vivió siempre entre este mundo y el otro, y que fue admirado por Octavio Paz, Luis Cernuda o Ramón Gómez de la Serna

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Llegó a este mundo antes que Rimbaud y Baudelaire, cuando ser maldito todavía no era una virtud literaria y las biografías no pesaban tanto como los versos, aunque en su caso todo eso ya se avecinaba, como un anuncio, como una condena. Gérard de Nerval (1808-1855) nunca trazó la frontera entre la realidad y la ficción, quizá porque siempre vivió en el territorio del sueño, donde esas palabras no tienen sentido. Desde allí, tan lejos como cerca de su París natal, por el que se paseaba con ademanes excéntricos, escribió una obra febril y fantasmagórica, propia del mito, que abrió las puertas por las que llegarían a este mundo los vientos del simbolismo y el surrealismo.

Nerval, que en realidad se apellidaba Labruine, se supo poeta desde siempre. Con dieciséis primaveras, cuando compartía clase con Théophile Gautier, otro futuro titán de las letras, publicó su primer poemario. Y solo dos años más tarde, en 1827, se embarcó en la traducción de la primera parte de «Fausto». Cuando la leyó, el mismísimo Goethe dijo que aquello era un «prodigio de estilo» y que Nerval llegaría a ser «uno de los más puros y elegantes escritores de Francia». No se equivocó, aunque le faltó añadir que también firmaría, con su sangre, una de las existencias más trágicas del siglo XIX.

Siempre escribía, pero tuvo que ganarse los panes como aprendiz de imprenta o periodista, oficios que compaginaba con su faceta creativa. En 1834 recibió una suculenta herencia de su abuela materna, pero no le duró mucho. Se gastó la mayor parte en una lujosa revista de teatro –«Le Monde dramatique»– que fue, sobre todo, un agujero negro financiero. Para entonces ya había conocido a Jenny Colon, su gran amor no correspondido, el alimento de su nostalgia, de su paraíso perdido. De su literatura. Nerval nunca se olvidaría de ella, y sus lecturas, sobre todo la de «Fausto», no hacían más que avivar una llama imaginaria. En 1841 tuvo su primera muestra de locura clínica, que capeó entrando y saliendo de distintas clínicas. Al principio le diagnosticaron una «manía aguda de probable curación», pero su segundo doctor, Émile Blanche, lo declara «incurable» y le recomienda como terapia que escriba mucho…

Así que Nerval escribe, y en ese tiempo comienza a tomar notas para «Aurelia», una de sus obras inmortales. Pero todo se desmorona en 1842, cuando fallece Jenny Colon y él cae en una profunda depresión. Para escapar de sus demonios emprende un largo viaje por Asia y África, por lugares donde más que olvidar su locura, la abraza. O mejor dicho: la espoleaba a base de drogas. El cannabis, que consumía con pasión, le acercaba a Dios, tal y como afirmaba en uno de sus cuentos exóticos. Tampoco le hacía ascos al alcohol: «Los bebedores de agua solo conocéis la apariencia más superficial y tosca de las cosas del mundo. La embriaguez, si bien enturbia los ojos de lo físico, ilumina los del alma», sentenciaba. No en vano estamos hablando de uno de los ilustres miembros del llamado «Club de los hachisianos», un lugar por al que acudían personajes de la talla de Baudelaire, Dumas, Balzac, Flaubert o Délacroix para experimentar con los efectos del opio y del hachís.

A su vuelta de aquella travesía, que inspiró su apasionante «Viaje a Oriente», ya tenía clara la superioridad del sueño sobre la realidad, y con esa certeza comenzó a pergeñar los sonetos que componen «Las Quimeras», una obra poblada de una mitología personalísima, de seres que no están aquí y allí, sino en su imaginación, que también es memoria, pues sus visiones eran una fuente de inspiración constante.

Estos versos, una de sus cumbres líricas, son, precisamente, los que reinan en «Las quimeras y otros poemas», una antología prologada y traducida por Pedro Gandía que acaba de publicar la editorial Visor. «Si el Romanticismo, la última gran revolución subversiva del espíritu, es una tentativa de sintetizar el mundo clásico y el mundo antiguo, Nerval, el poeta, el loco, el Cristo y el Anticristo, encarna la gran síntesis de este movimiento», afirma ahí Gandía. «Es el poeta más puro y más moderno del Romanticismo francés», añade. Por no hablar de su alargada sombra, que persiguieron, entre muchos otros, Marcel Proust, Octavio Paz o Luis Cernuda.

Pasó casi una década entre cavilaciones, odiseas, delirios y otros empeños hasta que culminó este sublime poemario. Fue en 1854, cuando su locura ya estaba desatada y los médicos hablaban de esquizofrenia y sonambulismo. Mientras tanto, él se dedicaba a trazar horóscopos y a conjurar espíritus con ritos más bien extraños. Su salud mental, al cabo, estaba muy tocada en esos años cincuenta, que sin embargo fueron muy prolíficos en lo creativo, como si encontrara luz en sus tinieblas. O monstruos y demás criaturas. «Yo he soñado en la gruta que habita la sirena», escribía en su célebre poema «El desdichado»… «Es la época en la que peor se encuentra y en la que más trabaja. La convivencia de lo imaginario con lo real, lo visible con lo invisible, con el objeto de alcanzar la realidad esencial, son sustanciales en su obra», explica el traductor en la introducción.

El 1 de enero, por fin, publica la primera parte de «Aurelia» en la «Reuve de Paris». Sería su último logro. Porque ese mes, el día 26, hacia las tres de la madrugada, Nerval se ahorcó en un callejón oscuro de la capital francesa. Tenía 46 años. El día anterior le había escrito a su tía una breve esquela que terminaba así: «No me esperes hoy, porque la noche será negra y blanca».