Cela, en el jardín de su casa natal, Iria Flavia, en 1939
Cela, en el jardín de su casa natal, Iria Flavia, en 1939 - ABC

Cela, un poliedro con rostro de escritor

El Rey inauguró ayer en la Biblioteca Nacional una exposición que ofrece un recorrido por todos sus perfiles

- MadridActualizado:

Decía Camilo José Cela (1916-2002) que hay que esperar a que la muerte llegue con la «conciencia tranquila de que uno no pasó por este valle de lágrimas perdiendo el tiempo». Una máxima que el premio Nobel cumplió a rajatabla hasta que se le paró su reloj, el 17 de enero de 2002. Ni un solo minuto procuró desperdiciar de sus 85 años de vida, como demuestra la exposición «CJC 2016. El centenario de un Nobel. Un libro y toda la soledad», que ayer inauguró el Rey en la Biblioteca Nacional de España (BNE) y que podrá verse hasta el 25 de septiembre.

La muestra, organizada por Acción Cultural Española y la Fundación Pública Camilo José Cela, propone un recorrido cronológico por los perfiles que definieron la poliédrica personalidad del escritor: novelista, poeta, actor, dramaturgo, articulista, editor, pintor, vagabundo o torero, sin olvidar su faceta de coleccionista. La lista sería, casi, interminable. No obstante, estamos ante uno de los primeros agitadores culturales, por emplear un término que ahora nos resulta familiar.

A través de más de 600 piezas, entre manuscritos, fotografías, objetos personales, libros, pinturas, caricaturas, artículos y demás enseres que formaron parte del transitar de Cela por este «valle de lágrimas», la exposición de la BNE se corona como uno de los platos fuertes del centenario del nacimiento del Nobel, que arrancó el pasado 11 de mayo. De ahí que Ana Santos, directora de la Biblioteca Nacional, confíe en «que tenga igual o más éxito» que la muestra de Cervantes. Difícil lo tiene: «Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016)» tuvo que ser prorrogada ante el éxito de público (80.000 visitantes, hasta el 29 de mayo). Aunque para Camilo José Cela nunca hubo imposibles.

«La exposición quiere ser un recorrido veraz y atractivo por todos sus perfiles. A la par, no hemos querido dejarnos en el tintero la expresión de otras caras de su personalidad». Esas «otras caras» a las que hace referencia Adolfo Sotelo Vázquez, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona y comisario de la muestra, se reflejan en su papel de editor, académico, promotor cultural, coleccionista y, en definitiva, «artista conocedor y amante de las artes». Sería lo que podríamos definir como «el otro Cela», quizás la parte más desconocida de su universo y, sin embargo, una de las más sobresalientes a lo largo de las 44 secciones en las que se articula «CJC 2016».

Por poner un orden al caos creativo, el comisario optó por el cronológico, siempre más asequible para el público y en absoluto desmerecedor del «poliedro CJC». Así, la exposición se basa en los «tres grandes momentos» de Cela, a juicio de Sotelo Vázquez: su ascensión (de 1942 a 1955), su consolidación (de 1956 a finales de los 70) y los reconocimientos (a partir de 1980). Resulta curioso imaginar los primeros pasos del escritor, cuando se inicia como poeta en el año 35, viéndolo recibir el Nobel de Literatura el 10 de diciembre de 1989. En su caso, la excepción hizo la regla y logró el Cervantes seis años después. Por eso, quizás, el periodo favorito del comisario, director de la cátedra Camilo José Cela, es el primero, en el que ha descubierto «la salvaje potencia creadora» que desplegó en los años 40 y 50.

Cela había dejado ya atrás el «ambiente bucólico» de Iria Flavia, aquella infancia feliz acreditada a través de sus recuerdos en «La rosa», memorias cuyo manuscrito puede verse en la muestra. Había pasado página tras aquella «terrible e innecesaria» guerra civil durante la que intercambió una jugosa correspondencia con Dolores Franco, también presente en la exposición. Y estaba a punto de terminar su primera novela, «La familia de Pascual Duarte». El cuaderno donde la escribió, sin apenas correcciones, se exhibe en la BNE junto con una breve nota, del 7 de diciembre de 1942: «Se acabó el divagar», reconoce Cela. Desde entonces, una de sus grandes obsesiones sería encontrar editores potentes.

La Alcarria y la censura

Apenas cuatro años después, el 7 de enero de 1946, terminó «La colmena», pero la censura destrozó la novela, que fue prohibida por adelantado y tuvo que ser publicada en Argentina. La Biblioteca Nacional custodia desde hace un par de años el manuscrito inédito de la obra, y una parte del mismo es parte importante en el recorrido de la muestra. Los estragos de la represión censora hicieron que Cela se refugiara en el cine, que se convirtió en su principal desahogo. Llegó a participar, como actor, en tres películas, también presentes, en forma de fragmentos, en la exposición: «El sótano» (1948), «Facultad de Letras» (1950) y «Manicomio» (1953), esta última con su gran amigo Fernando Fernán Gómez.

Artista conocedor y amante de las artes, antes de su affaire cinéfilo intento convertirse en pintor y exhibió sus obras en Madrid y la Coruña. Al ver, en las paredes de la BNE, el cartel de la exposición madrileña en la Galería Clan o su obra «Misión diplomática» es comprensible que César González Ruano dijera, con sorna, que «Cela es mucho más pintor escribiendo que pintando». Pero, en fin.

En el alba del 6 de junio de 1946, el escritor inicia, acompañado del fotógrafo Karl Wlasak y de su amante, Conchita Stichaner, su famoso viaje a la Alcarria. La mochila que llevó entonces, además de varios mapas y otros objetos, dan cuenta de la importancia de aquel periplo en la vida del Nobel, que dos años después publicó su primer libro de viajes narrando la experiencia. Es el Cela andarín, el vagabundo que para hablar de España empieza por pisarla, demostrando su amor por la tierra. Prueba, también, esa capacidad suya para tener tantas capas (creativas, se entiende) como una cebolla. Valga, además, citar dos de sus colecciones más excéntricas: la de botellas de vino dedicadas (Hemingway, Fernán Gómez, Menéndez Pidal, Miguel Delibes, John Dos Passos, Pablo Picasso, Henry Miller, Josep Pla o Joan Miró figuran entre los firmantes) y la de esquelas (más de 3.500), con ilustres difuntos como Manolo Caracol, Jorge Guillén, Martin Lutero King o Carlos Gardel.

Pese a todo, nunca descuidó su amor por la cultura, tan maltratada en la España de los años 50 y 60. Marchó a Mallorca, donde tuvo lugar la culminación de su papel como agitador cultural, con la organización de conversaciones poéticas en Formentor (1959), y el primer coloquio sobre novela.

Cela siempre fue un apasionado de las ediciones muy cuidadas e ilustradas, y en 1962 publica, junto a Picasso, «Gavilla de fábulas sin amor». La primera edición de esta obra es, sin duda, una de las joyas de la exposición, junto con una serigrafía de Tàpies y un grabado de Antonio Saura para la revista «Papeles de Son Armadans». El tiempo siguió pasando y llegó el Nobel, atestiguado en la muestra con las portadas de la prensa, imágenes de la recepción, la medalla y el diploma. En su discurso de aceptación, también reproducido, Cela recordó el reloj de su maestro Pío Baroja, que tenía una esfera luminosa con este lema: «Todas las horas hieren, la última mata». No es casualidad, por tanto, que la muestra se inicie y termine con un reloj.