Dory Sontheimer, en su casa de la Diagonal de Barcelona, junto a la documentación contenida en las cajas
Dory Sontheimer, en su casa de la Diagonal de Barcelona, junto a la documentación contenida en las cajas - INÉS BAUCELLS

El holocausto familiar, escondido en el altillo

Dory Sontheimer narra en el libro «Las siete cajas» cómo descubrió, en 2002, que sus padres eran judíos perseguidos por el nazismo

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Dory Sontheimer nació en Barcelona en 1946. Sus padres, Conrado y Rosa Sont, la educaron en el catolicismo. Poco o nada sabía la pequeña de su familia, más allá del origen alemán de sus progenitores. Cuando Dory preguntaba por sus abuelos, tíos o primos, le decían que todos habían muerto en la guerra. Al cumplir 18 años, sus padres le confesaron que eran judíos, pero le dijeron que «no lo comentara con nadie», algo que extrañó a Dory, aunque era cierto que, en pleno franquismo, en su casa «no se hablaba de historia y política para nada».

En 2002, casi 40 años después, Dory obtuvo por fin respuesta a tantos interrogantes silenciados. Al morir su madre, tuvo que vaciar la casa familiar y, en el altillo de la habitación que ella ocupaba de soltera, encontró siete cajas. Sorprendida, pues nunca antes las había visto, las abrió y entró en «estado de sock». En ellas, cientos de fotografías, cartas y documentos daban testimonio del horrible pasado de los Sontheimer, una familia de judíos perseguida por el nazismo, que padeció la diáspora y algunos de cuyos miembros murieron en Auschwitz. Una historia que Dory Sontheimer decidió contar en «Las siete cajas» (Circe), un hermoso libro testimonial, tan conmovedor como digno de lectura.

«Mi padre murió en 1984, después de tres infartos. Entonces, mi madre tuvo una caída espectacular, tanto física como mentalmente. Estuvo sus últimos diez años casi en coma y olvidó el castellano, solo hablaba en alemán y decía frecuentemente: “Va a venir la Gestapo y nos va a coger”. Si mis padres guardaron todo eso, fue para que lo conociéramos, porque podrían haberlo quemado. Estoy segura de que se sentirían muy orgullosos de mí», asegura Dory en conversación telefónica desde su casa de la Diagonal de Barcelona.

A finales de la década de los 20, muchas familias judías empezaron a enviar a sus hijos fuera de Alemania debido al antisemitismo que ya entonces comenzaba a respirarse en el país. Fue el caso de los Sontheimer y los Heilbruner, antepasados de la autora del libro. Así fue como Kurt, el padre de Dory, llegó a Barcelona junto a su hermana, poco después de la Exposición Universal, dispuesto a iniciar una nueva vida trabajando en la delegación que la fábrica de su progenitor tenía allí.

Amor contra la diáspora

«Mi madre llegó un poco más tarde, en 1934, cuando Hitler ya estaba en el poder en Alemania. Se había quedado sin trabajo por su condición de judía y sus padres decidieron mandarla a España». Rosl (el verdadero nombre de la madre de Dory) conocía a la hermana de Kurt en la Ciudad Condal. Fue ella quien decidió presentar a los dos jóvenes, convencida de que el amor podría vencer a la diáspora. Y así fue: Kurt y Rosl se casaron por lo civil el 31 de diciembre de 1936. Tras la Guerra Civil, «tuvieron clarísimo que tenían que convertirse al catolicismo para sobrevivir» y en agosto de 1939 se casaron en la glesia de Santa María de Bonanova, donde el párroco les bautizó y cambió sus nombres por los de Conrado y Rosa Sont.

En Barcelona, Conrado y Rosa comenzaron una nueva vida, pero nunca olvidaron a sus familias, perseguidas por el nazismo y con quienes, pese al discreto silencio en el que decidieron instalarse por el bien de sus hijos, nunca dejaron de tener contacto. Hasta el final de sus días. En 2010, ocho años después de haber descubierto las cajas, Dory Sontheimer empezó «a tirar del hilo». Farmacéutica de profesión y entregada a su trabajo y su familia, por fin logró reunir el valor suficiente para abordar el secreto de sus antepasados.

Años de investigación

«Fueron cuatro años de investigación. Entonces recapacité y me di cuenta de que nunca me habían hablado de mis abuelos maternos. No me esperaba descubrir esa historia y me tocó el alma». El 23 de octubre de 1940, sus abuelos maternos fueron deportados a la zona ocupada de Francia desde Friburgo. Les dieron dos horas para hacer una maleta de 50 kilos y les llevaron a la estación. «Allí empezó el drama y el exilio de mi familia. Ocho de ellos fueron deportados a campos de concentración. A mis abuelos les llevaron a Marsella, desde donde se emitían los visados para pasar a España o viajar a Sudamérica».

Pero, pese a los reiterados intentos de la madre de Dory, el ansiado visado nunca llegó. El 30 de agosto de 1942 recibieron la última carta, en la que decían que estaban en la «lista de transporte». «Corría el rumor de que quienes iban allí no volvían. En septiembre fueron llevados a Auschwitz y gaseados. Sientes impotencia, dolor… Mi madre tuvo que sufrir mucho al saber que sus padres estaban cerca de la frontera y no conseguían pasar», lamenta Dory Sontheimer con la emoción desbordada hasta las lágrimas.

La familia paterna no corrió mejor suerte. Tras vivir «el infierno de los nazis en Praga», veinte de sus miembros fueron deportados a campos de concentración y solo se salvaron cuatro. «Mi abuelo era cónsul en Cuba y allí vivió refugiado desde 1940. Ellos pudieron salvarse, pero cuando mi abuela descubrió que todas sus hermanas habían muerto en Auschwitz, le dio un infarto y murió».

Pese a las pérdidas, pese al dolor irreparable, Dory Sontheimer pudo reconstruir la historia de su familia y, de paso, su identidad, gracias a las cajas que sus padres guardaron durante tantos años. En ellas, testigos de la triste Historia del siglo XX, estaban los archivos de cada una de las familias, documentos, pasaportes, escrituras (empresas de judíos expropiadas por el nacionalsocialismo), muchas fotos y cartas.

«Siempre me decían que no había familia, que no teníamos, pero empecé a estirar y descubrí que tengo parientes en Argentina, Tel Aviv, Praga… Ha sido una recomposición lenta, pero he conseguido dar con ellos y ahora estamos en contacto». De hecho, en otoño viajará a Boston y Nueva York para celebrar una fiesta de reencuentro con sus familiares.

«Ha sido un proceso enormemente emotivo. Después de setenta años, he podido hacer justicia. Me siento reconfortada. Mataron a nueves millones de personas, entre judíos, homosexuales, gitanos… Debemos aprender para que jamás vuelva a suceder algo similar. Mover la conciencia. La sociedad civil tiene una fuerza enorme que debemos saber aplicar, porque a veces estamos demasiado parados». Por eso Dory decidió moverse y escribió su historia. Una Historia que es la de la Europa del siglo XX. Demasiado reciente y, en ocasiones, demasiado oculta.