Es Noticia
sector en crisis

La piratería mató al videoclub

El número de locales en España ha pasado de 7.000 a 1.500 en menos de una década mientras las plataformas online ofrecen calidad frente al «todo gratis»

La piratería mató al videoclub
Blockbuster, cadena de videoclubs, echó el cierre en España en 2006 - reuters
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Año 2004: 7 mil videoclubs funcionan en España. Año 2013: apenas unos 1.500 locales de alquiler de películas siguen en pie. En medio, la crisis, que se ha llevado por delante más de tres cuartas partes del total de establecimientos. Un gigante como Blockbuster decidió echar el cierre en nuestro país en 2006. Entre los pocos valientes que aguantan, una palabra se repite cuando se pide un adjetivo que resuma la situación: «fatal». Cinco letras que sintetizan una debacle imparable.

«El mes que viene me jubilo y ya no tendré problemas». La sentencia, lapidaria, es de Perpetua Hernández, propietaria del videoclub Chaplin, en Madrid. En cuestión de días dejará de quitarle el sueño la marcha de su negocio. «Llevo años sin que esto sea rentable. He aguantado por la jubilación y porque el local es mío», relata Perpetua. «La gente me dice: "Ahora qué vamos a hacer, con quién vamos a charlar". Qué le vamos a hacer». Lucía Vicente, dueña de Cinema Video, en Valencia, no descarta cerrar si no mejoran sus cifras. «Desde 2005 vamos en caída libre. No sé ni cómo lo soportamos. Esperaba bajar un 30 o un 40 por ciento por la crisis, pero estamos al 20 por ciento de lo que facturábamos. De 6 empleados hemos pasado a uno», explica.

También están contra las cuerdas en Hollywood. No en Hollywood, California, sino en Hollywood, Puente Genil, Córdoba, donde Luisa Platero y su hermana llevan sin cobrar desde mayo. «En Puente Genil había ocho videoclubs y quedamos dos. Todo es pagar, pagar, pagar. El local es de mis padres. Si no me dan ellos, tengo que comer películas», cuenta con una sinceridad que desarma. Un coro de lamentos que completa Manuel Piñeiro, dueño del videoclub Príncipe. «Somos los únicos que quedamos en Cambados (Pontevedra). Llevamos desde el 88 y ahora ya solo aguantamos», admite.

Carlos Grande, gerente de ANEMSEVI, la asociación que reúne a los empresarios mayoristas del vídeo en Madrid, acaba de pintar un cuadro deprimente: «El sector audiovisual en general lo tiene complicado. El cine, también. El caso del vídeo es aún más grave. Arrastramos una situación de más tiempo. Se ha perdido un tejido valiosísimo».

Nuevas fórmulas

Con el videoclub tradicional en evidente regresión, surgen nuevos modelos de negocio. Diurno, en Madrid, es un buen ejemplo. Alquila películas y sirve comida. Aunque hay un dato significativo: cuando abrió, los 250 metros cuadrados del local se repartían a partes iguales entre ambos negocios. Ahora el alquiler de películas solo ocupa 25. «Tenemos casi 10 mil socios, pero activos, unos 2 mil. Aunque todas las semanas tenemos altas. Sobre todo, gente joven, verdaderos amantes del cine». Lo cuenta su dueño, Carlos Padura, quien aporta una clave: «elegir muy bien la zona donde abres tu videoclub».

En Café Kino no alquilan películas, sino que las proyectan y organizan coloquios. Durante el pase es posible pedir algo a la sección de cafetería, hasta una copa, si es de noche. Juan Barba explica de dónde partió la idea: «Fue en Vietnam. Vimos un cine donde el camarero interactuaba con los clientes». Dicho y hecho, trasladaron la idea a Madrid. Y ahí siguen.

Pujanza online

La otra cara de la moneda son las plataformas digitales. Portales como Filmin, Wuaki Tv o Voddler que aspiran a sacar tajada de la imparable supremacia de Internet frente a los soportes tradicionales. Filmin ha hecho del cine español e independiente su gran apuesta. En su catálogo, 5.500 títulos cuyo importe va de los 0,95 a los 3,95 euros, y la posibilidad de suscribirse por 8 o 15 euros al mes, según la modalidad. El pasado mes de septiembre, casi 190 mil películas despachadas, entre suscripciones y ventas. «Cada mes tenemos más visitas, crecemos, aunque el ritmo es un poco menor del esperado», admite Juan Carlos Tous, cofundador. «Funciona muy bien el español y el galardonado en festivales. También hay un target de gente joven que consume películas nuevas, pequeñas joyas como "The act of killing" o "Barcelona nit de estiu"», relata.

Wuaki TV tiene un perfil diferente. «Somos lo más similar a Netflix (que de momento no desembarca en nuestro país) en España, tenemos el catálogo de los grandes estudios de Hollywood», detalla su director de contenidos, José Monleón. Una lista que se compone de 5 mil títulos para disfrute de 850 mil usuarios; esperan cerrar el año con un millón. Precio: entre 1,99 y 3,99 euros por película, suscripciones aparte. Su gran apuesta: que su contenido se pueda visualizar en cualquier plataforma, ya sea una smart tv, una videoconsola o una tablet. «Han cambiado los hábitos de consumo. Los jóvenes acceden el contenido cuando quieren y donde lo quieren. Son nativos digitales, habituados a que las cosas no ocupen un lugar físico», describe Monleón.

Voddler, de más reciente implantación en España y con los cuarteles generales en Suecia, ofrece títulos cuyo precio oscila entre los 1,49 y los 3,49 euros. Youzee eliminó su tarifa plana en 2012.

La piratería, el gran enemigo

Si algo pone de acuerdo a videoclubs físicos y online es el nombre de su gran enemigo: la piratería. Unos y otros esperan que el gobierno endurezca las leyes. Hasta entonces, claman contra las descargas ilegales. La más contundente es Lucía Vicente, de Cinema Video: «En ningún sitio de Europa tienen esta filosfía del "gratis, mejor". Hablo con chicos del norte de Europa y allí no le dicen al otro "me bajo películas" porque quedas mal. Aquí el imbécil es el que va al videoclub al pagar».

Carlos Grande, de ANEMSEVI, también es contundente: «Frente a los que dicen "no le pongamos puertas al campo", yo digo que mienten. Yo veo muchas puertas y vallas en el campo. Es muy difícil ver el pecho de una mujer en Youtube pero no lo es encontrar una película entera», ilustra la indefensión del sector. Luisa Platero se pregunta desde Puente Genil: «¿Por qué no hacen como en Francia y cortan Internet al que se descarga?»

Tanto en Wuaki como en Filmin prefieren no caer en lamentos. Si Monleon aboga por «dar el mejor contenido y la mejor accesibilidad», Tous parte de la base de que compite con otras armas para brindar «un servicio profesional con calidad óptima». Añade Monleón: «vamos a buscar la parte positiva: la piratería ha creado un hábito de consumo digital».

Futuro incierto

A pesar de los negros nubarrones, el sector se esfuerza por no ceder al derrotismo. Grande cree que el negocio del videoclub «no va a morir. Una parte, sí, pero por desidia. Esto es un problema de dos lustros, no de hace dos días». Padura tampoco cree que vayan a desaparecer: «Ir al videoclub siempre es un plan, te das el paseíto, miras el catálogo. Por ejemplo, no es lo mismo ir a la librería que comprar un libro por e-mail». Piñeiro, desde su negocio de un cuarto de siglo en Cambados, se arranca con un titular: «Tenemos esperanza pero poca confianza».

Los gestores de las plataformas digitales creen que es posible coexistir con los negocios tradicionales. Tous, que se define como «defensor del videoclub a ultranza», asegura que había un exceso de tiendas y que ahora «quedan los que realmente aman el cine, los que aconsejan a sus clientes». Monleón considera viable «que todas las ventanas de explotación tengan larga vida. Están en juego muchos puestos de trabajo».

Corta o larga, la vida del videoclub se ha convertido en una lucha contra los elementos. Su suerte es la misma que la de otros negocios de toda la vida. «Una pena», comenta Perpetua, mientras descuenta los días que le quedan para jubilarse.