El campamento de verano la Sierra de Guadarrama a finales de los años setenta
El campamento de verano la Sierra de Guadarrama a finales de los años setenta - Archivo ABC: José García
El verano ya no es lo que era

El día en el que el hombre llegó a la Luna

Aquel verano pasaron muchas cosas: El Salvador y Honduras se declararon la guerra, Edward Kennedy se cayó por un puente con su amante, Franco designó sucesor a Juan Carlos y Elvis Presley reapareció en un hotel de Las Vegas

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Aquel verano pasaron muchas cosas: El Salvador y Honduras se declararon la guerra, Edward Kennedy se cayó por un puente en Chappaquiddick con su amante, Franco designó sucesor a Juan Carlos y Elvis Presley reapareció en un hotel de Las Vegas. Pero recuerdo aquel mes de julio de 1969 por un acontecimiento histórico que no pude presenciar: la llegada del hombre a la Luna.

Yo estaba en un campamento de Acción Católica en Regumiel de la Sierra (Burgos). Vivíamos en tiendas de campaña, rodeados de pinares que desprendían una fragancia que nunca he olvidado. De madrugada, nos despertaban los cencerros de las vacas que pastaban en el valle. La hierba, fresca y húmeda, guardaba la huella de nuestras pisadas.

Solíamos sentarnos a media tarde a escuchar las charlas de los monitores, que nos enseñaban los secretos del bosque, la geografía del lugar y la forma de sobrevivir en la Naturaleza. Me veo en esta imagen en la que los chicos, sentados en una ladera entre pinos como los de Regumiel, atienden lo que les dice el instructor.

Esa foto desata mis recuerdos y me llena de añoranza. Me vienen a la memoria los baños en una rudimentaria piscina junto al río, las caminatas por las montañas de Urbión, los partidos de fútbol en una campa y el momento mágico de ascender hacia el nacimiento del Duero, que podía taparse con una mano. Las cosas grandes suelen venir de lo pequeño.

La noche en la que el hombre llegó a la Luna estuve tentado de escaparme al bar del pueblo para ver el acontecimiento. Nadie durmió aquel día. Pedí permiso al monitor para no perderme aquel momento histórico pero se nos negó. Me pareció percibir un gesto de incomprensión en aquel hombre que no acababa de entender lo que suponía el paso de Neil Armstrong y la hazaña del Apolo XI.

Viajes espaciales

Muchos niños de la época veíamos con asombro aquellos viajes espaciales que concluían con el amerizaje de la cápsula que caía del cielo con una precisión matemática cerca de un portaaviones en el que los astronautas eran recibidos como héroes mientras sonaba el himno americano.

Yo había cumplido los 14 años aquel verano y ya tenía claro que quería ser periodista para estar cerca de momentos como aquel. Como me gustaba tanto leer el periódico, mi padre me enviaba el Diario de Burgos por correo. Los ejemplares llegaban al campamento con tres o cuatro días de retraso, pero eso me daba lo mismo.

Aquella España no se parecía en nada a ésta. Era una dictadura, pero eso no lo sabíamos. Solo éramos conscientes de que todo estaba prohibido: el sexo, fumar, beber, desobedecer, pensar y otras muchas tentaciones. Naturalmente no existían los ordenadores ni los teléfonos móviles y las cartas al otro lado del Atlántico tardaban tres semanas en llegar.

Era la España de los Celtas, de las fichas para las cabinas, del vino con gaseosa, de la paella los domingos y de la tele en blanco y negro. Esas cosas nos parecían eternas, como el tiempo, pero no lo eran. Creíamos que iban a durar para siempre y que la juventud era una enfermedad incurable. Nos equivocábamos. Ha transcurrido medio siglo y nuestra adolescencia es un sueño del que acabamos de despertar. ¡Qué rápido ha pasado la vida!