La Cataluña que piensa en España
El actor y dramaturgo Albert Boadella - angel de antonio

La Cataluña que piensa en España

Intelectuales catalanes ensalzan los frutos de la convivencia entre su comunidad y el resto de España

SERGI DORIA
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Para empezar una obviedad: se puede ser catalán y español. En la Cataluña acaparada por el star system independentista, la obviedad suena a epifanía o provocación. Lo denuncia Ramón de España, autor de «El manicomio catalán» (Espasa), uno de los libros más vendidos del año: «En Cataluña hemos llegado a un punto en el que hasta las obviedades causan sorpresa». Cabe pensar, a estas horas, que casi todo el mundo sabe ya que los defensores de la Barcelona de 1714 luchaban, textualmente, por la libertad de Cataluña y de España. Buscar permanentemente un enemigo exterior de Cataluña es un craso error. Lo señaló en su momento Gaziel y lo corrobora Valentí Puig en su ensayo «El hueso de Cuvier» (Destino) al reivindicar la figura de Balmes: «La serenidad reformista, la voluntad de una España sin vencedores ni vencidos».

La lista de catalanes que piensan en clave española es generosa y cualificada frente a la nómina de historiadores que promociona la Generalitat para reescribir la Historia. En palabras de Ignacio Vidal-Folch, cáustico dietarista en «Lo que cuenta es la ilusión» (Destino): «Un clamor patriótico de predicadores con masía restaurada, piscina y subvención...» Al establishment soberanista, las «complicidades» catalanas y españolas se le antojan anómalas. En el XIX, el manresano López Soler publica «Los bandos de Castilla», novela-manifiesto del romanticismo español. Verdaguer parte del sueño de Isabel la Católica para sumergirse en «La Atlántida». Santiago Rusiñol y Ramón Casas se escapan a Granada para tocar la guitarra española con los gitanos... Antoni López, editor de Rusiñol, regenta en la Rambla la «Llibreria Espanyola». Granados y Albéniz componen España en «Goyescas» e «Iberia». Amadeo Vives propulsa la zarzuela «Doña Francisquita» y pone música a los versos de «L’emigrant» verdagueriano, entrañable melodía del cancionero catalán. En los escenarios de Madrid y Barcelona triunfa Enrique Borràs como «El alcalde de Zalamea» y Margarita Xirgu lleva el teatro de García Lorca de Barcelona a Hispanoamérica.

Durante el franquismo, el semanario Destino transmite una cosmovisión catalana en España. Pla destila su «Calendario sin fechas». Ignacio Agustí escribe «Mariona Rebull», el best-seller de postguerra. Vicens Vives dedica su tesis a Fernando el Católico y Martín de Riquer sigue el rastro del Quijote. Como advierte Sebastián Juan Arbó, autor de una biografía sobre «Cervantes»: «Nuestros escritores, nuestros poetas más grandes han usado indistintamente las dos lenguas; han escrito en castellano y en catalán, casi todos, y sobre todo, los buenos, los mejores».

José María Gironella, Ana María Matute, Luis Romero, Carmen Kurtz, Mercedes Salisachs, Juan Perucho son leídos en toda España… Barcelona es la capital de la edición hispanoamericana: Montaner & Simon, Gallach, Espasa, Salvat, Seix, Gili, Destino, Janés, Caralt, el Planeta de Lara… Los versos de la generación de los cincuenta con Gil de Biedma, Carlos Barral, Enrique Badosa, Alfonso Costrafreda, José Agustín Goytisolo o Corredor Matheos brotan en castellano. Como los de Lorenzo Gomis, Cirlot, Lentini o Giménez Frontín. Sigue el recuento: Luis y Juan Goytisolo, Juan Marsé, Félix de Azúa, Terenci Moix, Eduardo Mendoza, Vila-Matas, Casabella…

Vázquez Montalbán se pregunta con Carvalho: «¿Éramos morenos u oscuros? Me lo pregunto cada vez que repaso las escasas fotografías que conservo, llenas de muertos que no siempre recuerdo, que han muerto definitivamente con mis padres o mis tíos, con aquella memoria la suya llena de parientes con nombres, apellidos, árbol genealógico incluido, un bosque de ramas entrelazadas que crecía desde raíces murcianas, andaluzas, gallegas…».

De esa reflexión participa Joan Manuel Serrat en el barrio del Poble Sec: su madre aragonesa inspira una «Cançó de bressol» (canción de cuna) con aires de jota. Aplaudido por el catalanismo cuando propone cantar en catalán en Eurovisión, no se le perdonarán sus discos en castellano. Gracias a Serrat, muchos españoles conocen a Machado y Hernández. En la saludable autoironía sobre la identidad abrevan antihéroes de Marsé y Mendoza. Con Ruiz Zafón –líder del best seller internacional–, Javier Cercas –nada proclive a aventuras independentistas– y el desacomplejado Ildefonso Falcones, Barcelona sigue irradiando edición española: de Planeta o Random House a El Acantilado de Vallcorba y la escudería Herralde en Anagrama. La lengua cuenta con solventes consejeros en la Real Academia: Pere Gimferrer, Ana María Matute y la recién incorporada Carme Riera.

Caballé: «Soy española de pura cepa»

Una identidad compartida que Montserrat Caballé vindica al recibir el doctorado honoris causa de la Menéndez Pelayo. Su afirmación –«soy española de pura cepa, pese a quien pese»– desatará la ira soberanista. La soprano no es el único ejemplo de conjunción fértil. Ahí tenemos a Núria Espert –digna sucesora de la Xirgu–, Mario Gas o José María Pou, que regenta el teatro Goya de Barcelona y La Latina de Madrid. Para el actor y director, la identificación de España con Madrid «desencadena una reacción contraria muy fuerte, alimentada también por esta actitud tan instalada en la sociedad catalana que es el victimismo». Mario Gas puede ser madrileño en Madrid y catalán en Barcelona. Ser bilingüe permite «conocer dos realidades», afirma. Sergi Arola no entiende la obsesión del nacionalismo por la capital de España cuando «cinco restaurantes que marcan la pauta en Madrid son de clara influencia catalana».

Tales afirmaciones provienen del libro de Anabel Abril «Catalanes en Madrid» (Lectio). Madrid y Barcelona –capitales emblema de España y Cataluña– se necesitan... «pero no lo saben», sostiene la autora.

La coexistencia de dos culturas constituye una fuente de riqueza. La Cataluña desentendida de España que promociona el soberanismo pretende convertir la obviedad histórica en anomalía histérica.