Una mutación ha permitido a los adultos beber leche sin tener problemas digestivos - Fotolia

¿Por qué muchos adultos europeos pueden beber leche y los chinos no?

Hace miles de años, todo el mundo era intolerante a la lactosa, pero algo cambió en la última glaciación

Actualizado:

En términos generales, se estima que un treinta y cinco por ciento de la población mundial es tolerante a la lactosa. Geográficamente, esta tolerancia es muy dispar, siendo mayor en el Viejo Continente que en el resto del mundo.

La distribución en Europa tampoco es homogénea, ya que la tolerancia disminuye a medida que descendemos desde los países escandinavos hacia el área mediterránea. En Noruega, por ejemplo, la cifra de tolerantes está en torno al noventa y cinco por ciento mientras que en Italia decae hasta la mitad.

Según datos de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia la intolerancia a la lactosa en nuestro país tiene una prevalencia que oscila entre un treinta y un cincuenta por ciento de la población.

Cuando nuestros antepasados terminaban el periodo de la infancia, se producía un “apagón genético”, los genes que contralaban la producción de la lactasa (la enzima encargada de metabolizar y digerir la lactosa de la leche) se inhibía y, con ella, la producción de la enzima. Un cambio fisiológico que se repetía en prácticamente todos los mamíferos adultos.

Si el adulto hubiese intentado tomar leche habría tenido problemas digestivos, tales como flatulencia o diarrea. Esta sintomatología es lo que actualmente se conoce como intolerancia a la lactosa. ¿Por qué los adultos no podían tomar leche? Era una protección evolutiva, esto permitía que la madre se pudiera quedar nuevamente embarazada más fácilmente, y alimentar a sus retoños.

Todo cambió con la última glaciación. La dura climatología provocó una reducción significativa de la caza y, con ella, de las proteínas, siendo preciso buscar otras alternativas gastronómicas. El desarrollo del Neolítico en Oriente Medio condujo que los seres humanos se asentaran en pequeños poblados y se iniciasen la agricultura y la ganadería.

Una mutación en el ADN

Aquellos grupos seleccionaron los animales más dóciles para comer su carne, utilizaron su piel y, con el paso del tiempo aprovecharon también su leche. No tardarían en descubrir que a partir de la leche se podían elaborar quesos y yogurt, alimentos con enormes propiedades nutritivas. En otras palabras, podían alimentarse aunque no hubiera cosechas.

Para poder consumir estos productos era imprescindible que nuestro aparato digestivo tuviera lactasa. Fue preciso que se produjera una mutación –especialmente en el cromosoma 2- que permitiese consumir a los adultos la leche que estaba vetada por la naturaleza. Este salto evolutivo se produjo hacia el 4.500 a.C.El escenario del cambio en el ADN fueron las planicies de la actual Hungría, hasta donde habían llegado emigrantes procedentes de Grecia y los Balcanes.

Poder tomar productos lácteos tenía varias ventajas evolutivas, por una parte era un aporte extra de proteínas y grasas, por otra se acompañaba de una descendencia más fértil. Diferentes estudios han cifrado este aumento en un diecinueve por ciento. De esta forma, las poblaciones tolerantes a la lactosa se expandieron sin dificultad por Europa, siempre que hubiera suministros adecuados de leche y derivados.

Cultura de los vasos embudo

Durante la última glaciación apareció una cultura que se ha denominado de los vasos embudo, debido a que sus miembros se dedicaban básicamente a la creación de envases de barro con pequeños agujeros en el fondo.

La zona geográfica de esta cultura neolítica va desde el sur de Noruega hasta la actual frontera entre Austria y la República Checa, y desde los Países Bajos hasta Ucrania. Un área superponible a la de mayor tolerancia a la lactosa.

En el 2011 un grupo de investigadores demostró que los orificios de los vasos embudo estaban diseñados, probablemente, para poder separar la grasa de la leche en la fabricación de quesos y yogurts.

Para terminar, y en contra de lo que podríamos pensar a priori, existen zonas en nuestro planeta en las que la intolerancia a la lactosa es la norma, por ejemplo, se calcula que más del noventa por ciento de la población asiática no la tolera, como tampoco lo hacen casi tres cuartas partes de los afroamericanos.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.