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Crímenes, política y letras en un barrio histórico

Día 11/11/2010 - 12.22h
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Desde asesinatos como el de Calvo Sotelo hasta obras cumbre de la literatura española... De todo ha habido en los 150 años de historia del barrio de Salamanca

El barrio de Salamanca cumple 150 años. Durante este siglo y medio ha sido un referente de la vida ciudadana de Madrid. En gran parte porque desde su nacimiento ha albergado entre sus residentes a algunos de los más ínclitos representantes de la sociedad española. Políticos relevantes, ilustres escritores o eminentes científicos han formado desde siempre parte del vecindario del barrio más granado de la capital.

Literatos como Rubén Darío, estadistas conservadores como Antonio Cánovas del Castillo, hombres de ciencia como el doctor Carlos Jiménez Díaz, líderes de la Primera y Segunda República como Francisco Pi y Margall o Manuel Azaña, o altos mandos militares del Franquismo como Agustín Muñoz Grandes.

Pedro López Arriba, presidente del Centro Riojano de Madrid, una de las entidades culturales más activas del barrio, conoce las historias de los más eminentes personajes que han vivido en él. «Rubén Darío era uno de los habituales de los cafés y tertulias de Madrid y era uno de los más celebrados porque era un tipo dadivoso y de verbo florido». Así, regalando y deleitando en sociedad, se ganó el poeta nicaragüense el afecto de sus vecinos en una capital a la que llegó como embajador de su país, pero en la que destacó por muchas otras cosas en los ambientes burgueses. Afincado en Serrano 27, a pesar de los escasos medios con los que contaba para su misión diplomática, Rubén nunca encontró problemas para ser popular en el barrio. Los disgustos le llegarían de fuera. Fue en 1909, cuando el Ejército estadounidense, subido ya en la cresta de la ola de un imperialismo en ciernes, invadió la Nicaragua de Rubén, derrocando al presidente Santos Zelaya y poniendo fin a la embajada del poeta en España.

Manuel Azaña, presidente de la Segunda República, pero también agudo escritor, es otro de los miembros de la histórica relación de vecinos insignes del barrio. Azaña vivía en la acera de los pares de la calle Serrano, junto a donde hoy se ubica el Cortefiel. Según cuenta López Arriba, Azaña no era muy amigo de dejarse ver. Sí que se veía a su señora, Dolores de Rivas, que acudía a diario al mercado de la Paz, en la calle Ayala. El vínculo de Azaña con el barrio de Salamanca terminaría con su acceso a la Presidencia de la República en la primavera de 1936. Entonces, convertido en jefe de Estado, Azaña se mudó al Palacio Real.

Magnicidio en el balneario

Anterior a Azaña, otro estadista de talla que vivió en las calles del ensanche urbanístico proyectado por el Marqués de Salamanca, fue Antonio Cánovas del Castillo. Cánovas, conocido por su afición a los largos paseos, recorría con frecuencia a pie la distancia existente entre su domicilio y el Ateneo de Madrid, institución cultural de la que, según recuerda López Arriba, «era uno de sus más entusiastas miembros». Actores ambos de una historia llena de abrojos, como es la de la España contemporánea, si Azaña terminó sus días desterrado de una patria a la que vio desangrarse durante una ominosa guerra civil, Cánovas pereció bajo las balas del odio anarquista mientras descansaba en un balneario de Guipúzcoa, en una parada del viaje que le llevaba a despachar con la Reina Isabel II, en San Sebastián. Era el año 1897.

También residió en el barrio José Calvo Sotelo, político destacado que ocuparía diferentes cargos gubernamentales. Aunque es menos conocido que su triste final, la obra política de Calvo Sotelo cuenta con aportaciones relevantes a la vida nacional como la creación del Impuesto sobre Rentas y Ganancias, antecedente directo del hoy vigente IRPF, que inició la práctica de gravar a todos los contribuyentes de manera proporcional a su nivel de ingresos y volumen patrimonial. Como Cánovas, Calvo Sotelo perecería víctima de la violencia extremista. Abatido a balazos sobre la acera de Ayala con Velázquez, el crimen que acabó con su vida representó el funesto celaje de inminentes horas negras para el país y su capital.

Pléyade de escritores

Pero no todo han sido turbulencias y dirigentes malogrados. La más relevante producción literaria española del último siglo y medio emana del barrio de Salamanca. Gustavo Adolfo Bécquer se instaló en la calle Claudio Coello al poco de su construcción. Hasta que la tuberculosis acabó con él 10 años después. Benito Pérez Galdós ocupó el número 40 de Serrano. Ramón María del Valle-Inclán, por su parte, vivió en General Oráa. Miguel Hernández compuso sus famosas «Nanas de la cebolla» en Conde de Peñalver, 53. Los andaluces hermanos Álvarez Quintero residieron en Velázquez. Como hizo Ramón Gómez de la Serna desde 1922 hasta el inicio de la Guerra Civil. No termina ahí esta pléyade de autores célebres. Federico García Lorca residió en dos casas diferentes de las calles Ayala y Alcalá los tres últimos años de su vida, los mismos en los que alumbró «Yerma», «La Casa de Bernarda Alba» y «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías». Lorca también acabaría sus días víctima de la ignominia de la Guerra Civil.

Otros ilustres literatos del barrio de Salamanca tuvieron un final más plácido. Es el caso de Camilo José Cela, que vivió en el número 91 de la calle Claudio Coello, donde el premio Nobel de Literatura en 1989 escribió una de sus obras más destacadas: «La Familia de Pascual Duarte». Cela, al contrario que Lorca o Calvo Sotelo, murió de viejo a los 85 años. Los tiempos habían cambiado.

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