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«Un adolescente rebelde es recuperable con autoridad pero también con amor»

Día 18/10/2013 - 11.01h
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Sonia Cervantes, autora del libro «Vivir con un adolescente» y psicóloga de «Hermano Mayor»

«Un adolescente rebelde es recuperable con autoridad pero también con amor»
cuatro

Sonia Cervantes, la autora de «Vivir con un adolescente» (Oniro), está acostumbrada a ver casos de chavales muy, pero que muy conflictivos. No en vano es la psicóloga del programa televisivo «Hermano Mayor», donde los protagonistas podrían ser objeto de la Fiscalía de Menores de no ser porque todos tienen más de dieciocho años (Hoy, a las 21:30 en Cuatro). ¿Qué es lo que falla en este tipo de chavales? «Siento decirlo, pero la culpa muchas veces, por no decir casi siempre, es de los padres. De la educación que les dieron cuando eran niños de pañales. Un adolescente conflictivo no surge por generación espontánea, como una seta que sale en otoño». Dura, rápida, directa, pero también conciliadora: «Al menos siempre se puede abrir una ventana, y reeducar. Si no mi profesión no existiría», reflexiona.

Esta psicóloga propone intentar mejorar la comunicación y la confianza entre padre e hijo, un punto crucial durante la adolescencia, donde lo que necesitan es atención e interés. «Lo que ocurre es que lo piden a gritos, nunca mejor dicho. Es su manera de manifestar sus pensamientos, emociones y necesidades. Y los padres no saben escuchar ni crear un clima de confianza, normalmente porque ejercen un exceso de autoridad o de sobreprotección». «Sé que lo que propongo es difícil, pero un padre no se debe dejar llevar por las emociones. Si muestra enfado, miedo o pena hacia su hijo, lo va a hacer mal seguro. Es una triada peligrosa».

—¿Todos, todos, todos los adolescentes nos lo van a hacer pasar mal?

—No. Para nada. La mayoría de los adolescentes con absoluta normalidad, vamos, con la normalidad propia de la adolescencia. Con un espíritu de crítica más exacerbado, si quieres, más pensando en divertirse y en exprimir vida hasta la última gota que en otra cosa, algo que por otro lado a veces los adultos olvidamos.

—¿Cuándo aparecen los problemas?

—Cuando aparecen trastornos de comportamiento o conductas adictivas: O una mala relación con los padres, o o cuando hay abandono escolar prematuro, o cuando el adolescente no tiene las herramientas suficientes para hacer frente a la adolescencia, por ejemplo. Pero la mayoría de las veces pasan con absolutamente normalidad por la adolescencia. Yo siempre comparto la siguiente frase en mis charlas a padres: «Los jóvenes a día de hoy han perdido todo el respeto a la autoridad, no aceptan ningún tipo de norma, solo piensan en divertirse, no tienen ningún valor...». Luego les pregunto, ¿estáis de acuerdo con esto? Y todos dicen ¡sí, sí! Y luego les descubro que el autor de la cita es Sócrates. ¿Ya era problemático el adolescente hace 2.400 años? El adolescente en general no está de acuerdo con la autoridad, es un rompedor de normas, etc, etc. Es rebelde pero ¿por qué? Porque es un individuo en construcción. Como persona tiene su propia identidad, sus características, pero a nivel neurobiológico, neuroquímico, y psicológico, hay una cosa que es la estructura cerebral, que no madura hasta los 25 años. ¿Que ocurre? Que lo que es el cortex frontal (que es la que se encarga de validad las consecuencias de los actos, planificar, ver resultados a largo plazol... esa digamos que los adolescentes no la tienen conectada, o la tienen, pero «cortocircuitada». Está mucho más activida en el cerebro del adolescente la parte límbica, que es el que regula las emociones. Eso está a tope. Por eso aparecen tantos problemas en el adolescente. Porque a nivel neuroquímico les queda todavía un camino por madurar.

—¿Cuando hay que empezar a educar?

—A una persona hay que educarla desde que nace. Desde que empiezan los primeros pucheros, no yendo corriendo a la cuna cada vez que hace ¡AH!, desde la primera patadita en la espinilla... ahí es cuando hay que empezar a actuar. El adolescente es fruto de sus propias características de personalidad, de la educación que ha recibido y de las experiencias por las que ha tenido que pasar. Como un adulto.

—Características de personalidad, educación recibida y experiencias, ¿cuál de las tres pesa más?

—No es que una cosa determine más que la otra. Soy de la opinión de que las tres cosas confluyen. Pero si hay una que realmente tenga mucho peso es la educación.

—¡Menos mal que el cambio es posible!

—Si. Porque eso es algo en lo que ellos se apoyan. «Es que yo soy así», «es que yo lo he pasado fatal», «es que como tengo estos padres»,. «entonces tengo que ser malo porque hay una predeterminación que no da pie al cambio».... El cambio es posible porque la educación tiene un papel muy grande. Si no fuera así, mi profesión ni existiría.

—Pero un neurótico va a seguir siendo un neurótico toda la vida.

—A ver, todos somos neuróticos. Pero somos, o muy neurótico o muy poco neurótico. Entendiendo neuroticismo por inestabilidad emocional. Pero no es una cuestión de cara o cruz. Es una cuestión de distribución de población, donde unos se sitúan normalmente en la media, y luego están los límites.

—Volviendo a la educación desde la primera infancia.

—Sobre todo desde la primera infancia. Las charlas que doy sobre establecimiento de normas y límites para padres y adolescentes no cambian mucho de las que doy para primera infancia. En general, no cambian mucho las pautas generales de educación. Lo único que cambia es la adaptación de la edad.

—¿Y cuáles son, para tí, esas claves de educación?

—Para mí, la autoridad, pero sin olvidar el cariño y el afecto.

—Sin olvidar el cariño... pero, ¿cómo se hace cuando llegas a trabajar a las mil, con un cansancio tremendo y el chaval tiene los pies encima del sofá?

—No es imposible. Pero es fundamental. Entro en casa, veo al chaval con los pies encima del sofá... tiene que quedar clara una cosa, punto número uno: ¿Esa regla está establecida? ¿Se sabe que en esa casa no se pueden poner los pies encima del sofá, o de la mesa? Si, perfecto. Entonces es cuando tú dices lo siguiente: «buenas tardes cariño, sabes que no se pueden poner los pies encima del sofá. No podemos. Ninguno. Es decir, el grupo, no tú». Debemos meter al adolescente en el grupo, si no se piensa que vas a por él.

—¿Cuidar la forma en la que nos comunicamos con el adolescente es tan efectivo?

—Es difícil que si le hablas así, te conteste mal. Obviamente si te contesta mal tú tienes que intervenir. «No te voy a consentir que me contestes». «Y si me vuelves a contestar así... va a pasar tal cosa». Tiene que haber una consecuencia. También tienes que valorar la respuesta. «No es lo mismo un jolín mamá es que estoy cansado» que un «vete a la mierda, sácalos tú». Entre una cosa y otra el nivel de interacción también tiene que tener distintos niveles. En la segunda respuesta es que ya han fallado un montón de cosas antes.

—¿Y cuando estás harto, pero harto de verdad, del adolescente?

—Hay cosas que no debes decir nunca, porque te desautorizas. «No puedo contigo, eres imposible, ya no sé que voy a hacer contigo, no puedo más, haz lo que te de la gana...». Decir esto es muy peligroso porque te desautorizas completamente. Procurar no decirlo delante de ellos Se lo puedes decir a tu marido, a una amiga, a un psicólogo, si vas... Cuando la madre, por ejemplo, dice que está al límite, es que es cierto. ¿Que va a pasar? Que no puede más, y entonces el niño se crece. Luego va a venir del colegio y va a decir, «no puedo más, no quiero seguir estudiando». Porque esa actitud de vencida ya la ha visto en tí más veces. Tirar la toalla es relativamente fácil, y es lo que le estamos enseñando.

—¿Pero cuál es la otra opción que le queda a esa madre que está al límite?

—Decir, «mira, cariño, hay situaciones en las que mamá se desborda, me resulta francamente difícil, pero te puedo asegurar que si sigues por ese camino no vas a conseguir lo que quieres». Te mantienes firme. Tienes que estar pensando todo el día lo que tienes a decir. Es como la persona adulta que va a terapia para aprender habilidades sociales y asertividad. Es posible. Se puede.

—En tu libro hablas de cuatro tipos de padre. El padre dictatorial, el padre pasota, el plasta, el guay... ¿Cúal es el mejor?

—El «rallador», que es el autoritario o dictatorial. Aquel que no educa, impone y adoctrina, y tiene un estilo agresivo, sin dialogo. El «pasota» o evitativo, aquel que mira para otro lado, no se implica, es inestable e inconstante. El «plasta» o sobreprotector. El de coge la chaqueta que tendrás frío. Este es un mártir, educa en la evitación del sufrimiento, no impone límites o estos son poco claros. Y por último, el «guay» o asertivo. Este es el mejor, porque es aquel que promueve la comunicación, es muy cariñoso, muy afectuoso, y genera un clima de confianza, pero también se pone firme y aplica normas y límites cuando es necesario. Los otros tipos de padres son en cierto modo un tanto negligentes en la actuación.

—Pero un padre puede perder los papeles algún día.

—Sí, claro. En un momento de enajenación mental, puedes decir, «¿sabes lo que te digo? ¡Que hagas lo que te de la gana!». Una actitud aislada, no pasa nada. Si luego reconduces la situación. Pero es que hay padres que su estilo educativo es predominantemente ese.

—Pero... ¿no es muy difícil cambiar el estilo educativo de un padre, cuando el niño ya es adolescente, y lleva 16 años así?

—¿Sabes que pasa? Estos tipos anteriores de padres, equivocados, ya empiezan a ver problemas en sus hijos durante la primera infancia. Las típicas rabietas, desobediencia, baja tolerancia a la frustación de los niños... Luego ya en la adolescencia, cuando la situación está desmadrada, haces una valoración con los padres en consulta de lo que ha pasado ahí, y ves sobre todo en la gran mayoría de ellos una ausencia de límites y de sobreprotección.

—¿El mayor problema se da cuando no ha habido ni normas ni límites?

—Sí, y cuando se ha ejercido una excesiva sobreprotección. Los padres tienen miedo a que los hijos se traumen y eso es muy peligroso. Ya sufrirán, no te preocupes. Ya les pondrá la vida piedrecitas en el camino. Si no sufren, esos niños no tienen herramientas para el futuro, y ahí la que vas a sufrir vas a ser tú. Piensa que esto se va arrastrando. Un perfil de adolescente con problemas de conducta no es una seta que haya apareacido por generación espontánea. No es un champiñón de otoño. Eso se va cultivando. Eso lleva un periodo de gestación. Ponle límites ahora, cuando se junta la rebeldía propia de la adolescencia con la ausencia de límites.

—Pero tú abres una ventana a estos padres desesperados.

—Sí. Vivir con un adolescente no es un problema, es eso, una aventura. Y cuando tú sales de aventura, tienes que tener una mochila con herramientas y que por el camino puede haber piedras. Pero tienes que tener un espíritu positivo. Creo que vivir con un adolescente puede ser incluso divertido para unos padres. Sabiendo que un adolescente es como un Ferrari sin frenos. Y los padres tienen la obligación de ponerle los frenos e indicarle el camino.

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