Vista nocturna de la costa de Altea
Vista nocturna de la costa de Altea

Altea, el reino de los cantos rodados

Al veraneante le recibe un material inhóspito, duro. Al principio puede resultar incómodo de pisar. Luego, ya no lo cambias por nada. Todos lo mitifican

Actualizado:

El río Algar nace en la sierra del Ferrer. A lo largo de los siglos sus aguas cristalinas han arrastrado las piedras de canto rodado que conforman la peculiar playa de Altea. Llegar a su desembocadura es desembarcar en un paraje natural peculiar. Una zona húmeda que se ha convertido en un refugio de aves con nombres que a mí me suenan a poesía, será porque tiendo a idealizar los regalos que nos brinda la naturaleza. Vencejos, golondrinas, calamones, garzas, patos colorados, gavilanes y tantos otros seres asombrosos conviven con todos los que deciden darse un chapuzón.

En contraposición a la masificación de las playas de arena de nuestros vecinos, donde los bañistas pelean por conseguir un espacio diminuto entre tarteras y aceitosos bronceadores, lo que llama la atención de la playa de Altea es que es uno de los pocos lugares de la primera línea mediterránea que se preserva de la edificación masiva, en la que te mueves sin aglomeraciones y con libertad. Hoy en día, con tanta reglamentación, alivia encontrar un lugar de emancipación en el que poder respirar.

Nada más llegar pisas un material en principio inhóspito, duro, que, sin embargo, se transforma con el uso en un hito del paisaje. Todos los que vivimos en Altea mitificamos el canto rodado. Al principio puede resultar incómodo de pisar. Luego, ya no lo cambias por nada.

Las enormes extensiones de piedras que han sido gastadas por siglos de rodar y rodar tienen algo zen, tranquilizador. No manchan, no se pegan a la piel, y cuando te dejas llevar y decides descansar tu cuerpo en ellas, te transmiten no solo calor, sino energía y vida propia. Tienen en común con nosotros, el ser humano, ser todas parecidas y, al mismo tiempo, todas únicas y diferentes. La mirada se pierde en una infinita gama de blancos y grises. Y lo mejor es tocarlas con los dedos de las manos. Se despiertan entonces todos los sentidos porque el tacto de ese canto que avanzó y saltó por el río hasta llegar a la playa en la que me encuentro es lo más suave y aterciopelado que haya acariciado jamás.

Con el paso del tiempo, siguiendo su camino, el canto rodado limó todas y cada una de sus asperezas, todas y cada una de sus aristas, hasta llegar a ser sencillamente perfecto. Supongo que eso es precisamente lo que tenemos que hacer nosotros, las personas, vivir, andar, rodar, darnos golpes, aprender para intentar ser cada vez un poco mejores, un poco más suaves, como el tacto de esa deslumbrante piedra. Asombra la perfecta y milagrosa combinación de ese mar de curvas. Todas, después de muchos siglos, se ajustan en armonía las unas con las otras. En cambio nosotros, las personas, cuando nos juntamos no encajamos, y muchas veces, si nos rozamos, incluso nos cortamos. En realidad, ese mar de cantos rodados no deja de ser un modelo de convivencia en el que deberíamos inspirarnos.

A tiro hecho