El Papa Francisco reza en el Muro de las Lamentaciones durante su viaje a Israel el pasado mes de mayo
El Papa Francisco reza en el Muro de las Lamentaciones durante su viaje a Israel el pasado mes de mayo - efe

El Papa Francisco, el hombre del año

Vive su popularidad más alta, pese a sus decisiones y verdades incómodas

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Las lunas de miel son cada vez más breves, y los personajes públicos pierden brillo con gran rapidez. Hace un año nadie pensaba que el Papa Francisco pudiese mantener ni el aire de novedad ni el ritmo rompedor de sus primeros diez meses. Sin embargo, a lo largo del 2014 su figura se ha ido agigantando hasta perfilarse como un “Papa del mundo” y no sólo de los católicos, en un plazo mucho más breve que Juan Pablo II. Su popularidad es la envidia de los estadistas. Su estilo de vida sencillo es lo que muchos ciudadanos piden a los gobernantes derrochadores.

Le admiran personas lejanas de la fe y lejanas de Roma. Paradójicamente, le detestan algunos miembros de su propia retaguardia, especialmente en la Curia vaticana, cuya simplificación eliminará muchos puestos de jefes que se creían imprescindibles. Algunos contraatacan con maniobras de deslegitimación a través de sus peones, creando la imagen de un Papa sospechoso en la doctrina. Lo mismo hacen algunos obispos “príncipes”, enfadados con las críticas e incluso con el ejemplo de Francisco.

El año 2015 traerá zancadillas y sabotajes, pero el Papa confía en superarlos apostando por “la reforma del corazón, la reforma espiritual”, propuesta en su discurso sobre las “quince enfermedades de la Curia vaticana”, un ejercicio de análisis sin precedentes que podría hacer bien a universidades, gobiernos, etc.

Francisco despierta simpatía porque se ve que ama a las personas y se lanza a resolver problemas. Los conoce a fondo porque habla con los poderosos del planeta y también con enfermos y vagabundos. Hace miles de llamadas telefónicas y escribe cientos de cartas. Derrocha energía allí por donde pasa, con una vitalidad asombrosa en un anciano de 78 años con problemas articulares y una deficiencia pulmonar.

El Papa venido “del fin del mundo” sale al paso de guerras con millones de damnificados y de injusticias que afectan a una sola persona que conoce sólo por carta. Le duelen las víctimas de la esclavitud contemporánea y las del desempleo, especialmente el juvenil. Su próxima encíclica sobre medio ambiente, intentará ayudar a frenar la catástrofe ecológica del planeta, que daña especialmente a los más pobres.

La salud de la familia

Pero, sobre todo, se preocupa por restablecer la salud de la familia, que está “recontra baqueteada”, como dijo en porteño. Por eso ha convocado dos Sínodos con debate plenamente abierto –que algunos no han entendido-, y ha iniciado una catequesis que durará un año entero. Aprovecha todas las ocasiones y crea muchas otras: se reúne con diez mil parejas de jóvenes prometidos y con matrimonios ancianos, celebra bodas en la basílica de San Pedro, hace una vida sencilla y familiar en Casa Santa Marta y convoca a las familias numerosas de Roma para un encuentro este domingo. Disfruta un afecto recíproco con Benedicto XVI, a quien visita y consulta con frecuencia. Canoniza a Juan Pablo II recordando que fue “el Papa de la familia”.

¿Cuál es el secreto de Francisco? ¿Cómo es posible que le aplaudan a la vez el presidente Obama y el presidente Raúl Castro en mensajes televisados a sus respectivos países? ¿Por qué el Congreso de Estados Unidos le invitó hace casi un año a intervenir ante ambas cámaras según el formato del discurso presidencial del Estado de la Unión? ¿Por qué el Parlamento Europeo le ha dedicado la más estruendosa ovación en pie en la historia de la Eurocámara?

Quizá porque Francisco “salta a la arena” en defensa de los débiles. Porque actúa siguiendo sin miedo sus principios éticos y sus corazonadas. Porque se fue, sin ninguna comitiva, a la isla de Lampedusa antes que cualquier ciudad italiana y a Albania antes que a cualquier otro país europeo.

Quizá también porque dice verdades incómodas, poniendo sobre el tapete lo que otros no se atreven a mencionar en público. Un Papa que llama al pan pan y al vino vino –sobre todo en la reforma de la Curia vaticana- crea muchos enemigos en las propias filas, especialmente si critica en público a los “trepas”, los “carreristas” y los organizadores de “cordadas” de poder.

El inesperado acuerdo Estados Unidos-Cuba para restablecer relaciones diplomáticas sacó a la luz que Francisco estaba trabajando por la concordia en ese frente. Con la misma discreción lleva todo el año intentando evitar un baño de sangre en Venezuela o promoviendo pasos hacia la libertad religiosa en China.

A lo largo del 2014, Francisco ha clamado contra la violencia islamista en África y Oriente Medio, ha denunciado la brutalidad psicopática del Estado Islámico y ha pedido una intervención internacional más incisiva para salvar a los cristianos y yasidíes de Irak, una país al que iría “mañana mismo, si fuese posible”.

En su visita a Jordania del pasado mes de mayo, el Papa se reunió con refugiados de Siria e Irak. Al día siguiente, abrazaba refugiados palestinos en Belén y rezaba en silencio, tocándolo con la mano y la cabeza, ante el horrible muro de cemento que atenaza el pueblecito natal de Jesús. Con el mismo espíritu visitaría en Jerusalén -también por sorpresa- el memorial de los judíos fallecidos en atentados terroristas.

Aquel mismo día, después de frezar en la Explanada de las Mezquitas y el Muro Occidental, el Papa se despidió de Israel anunciando la jornada de oración por la paz en el Vaticano, a la que acudirían los presidentes Shimon Peres y Mahmoud Abbas. No es extraño que el mundo esté pendiente de un Papa capaz de sorprender a todos aunque no de contentar a todos, pues sus intervenciones desatan el aplauso de unos y el resentimiento de otros. Sus críticas a la especulación financiera y al tráfico de armas le han creado enemigos potentes.

Una diplomacia refinada

Francisco sorprende a veces por su diplomacia refinada. Como cuando logró evitar un masivo bombardeo norteamericano en Siria convocando una jornada de oración por la paz y, al mismo tiempo, escribiendo una carta a Vladimir Putin como anfitrión del encuentro del G-20 en San Petersburgo.

Pero la mayor parte de las veces sorprende con soluciones sencillas como el regalo de tarjetas telefónicas con saldo pagado a los inmigrantes del campo de acogida de Lampedusa, la instalación de duchas para los vagabundos en la plaza de San Pedro y en doce parroquias de Roma, el regalo de 400 sacos de dormir a los vagabundos que no aguantan pasar la noche en un refugio…

Todo Papa es, ante todo, un líder espiritual, y sólo se le entiende de verdad observando el principal aspecto: el modo de recordar las palabras y los gestos de Jesucristo. Como eslabón de continuidad, ningún Papa hace cambios doctrinales en lo esencial. Pone, eso sí, el acento en aspectos que requieren más atención en cada momento.

Cada uno tiene su propia personalidad. Benedicto XVI es un gran intelectual que ha conservado toda la vida el estilo de profesor universitario. Francisco fue profesor de literatura en escuela secundaria. Su estilo no es presentar largos razonamientos sino conclusiones. Es un maestro en captar la atención, incluso de los alumnos distraídos y en despertar interés por la asignatura.

A diferencia de Joseph Ratzinger, Jorge Bergoglio ha sido un hombre de acción y de gobierno desde su juventud. Como superior de los jesuitas de Argentina, salvó la vida a docenas de personas durante los años de “guerra sucia”. Falsificaba documentos y ayudaba a escapar del país. Escondía fugitivos en las casas de los jesuitas y a veces los trasladaba personalmente en coche por la ciudad, ensenándoles a no mirar a los policías y a aparentar una conversación despreocupada dentro del vehículo.

Su “preparación” para ser Papa ha sido ejercer de arzobispo y cardenal en una ciudad gigantesca como Buenos Aires, y representar a la Iglesia ante gobernantes caóticos como los que se suceden en Argentina. Su valía personal fue detectada enseguida por las escuelas de negocios americanas. La revista “Forbes”, la biblia del capitalismo, le situó muy pronto entre las personas más influyentes del mundo.

Liderazgo por el ejemplo

El motivo es que practica el “liderazgo por el ejemplo” mediante gestos personales, más eficaces que los discursos. El Jueves Santo del 2013 se fue a una cárcel de menores y lavó los pies a doce jóvenes, chicos y chicas, incluida una musulmana. En el 2014 visitó una clínica y lavó los pies a doce enfermos y enfermas, desde niños hasta ancianos.

Renunció al “papamóvil” blindado. Utiliza un pequeño Ford Focus, y pide coches modestos en sus viajes a otros países. Los últimos han sido un pequeño KIA en Seúl y un minúsculo Renault en Estambul. El mensaje llega a la gente.

Parte de su atractivo es que es un Papa muy libre. Se negó a vivir en el apartamento papal porque está “muy alejado de la gente”. Recibe en Casa Santa Marta a todo tipo de personas. Llama por teléfono a quien le parece. Concede entrevistas sin consultar a nadie. Habla durante horas con los periodistas en el avión…

Parte de su secreto es levantarse muy temprano. A las cinco y media de la mañana ve los “cifrados” nocturnos de nunciaturas en países conflictivos. Reza y prepara la homilía de la misa de las siete de la mañana, siempre directa y sin pelos en la lengua. Después de saludar a los asistentes, se va a desayunar al comedor general y a las ocho está ya trabajando. Al final de una jornada intensa, reza durante una hora delante del sagrario en la capilla común. A veces se adormila, “pero no importa, porque el Señor me sigue mirando”. El tiempo total de breviario, misa, rosario, oración personal, etc. supera cada día las cuatro horas, la mitad de una jornada laboral.

Llega siempre con mucha antelación a la audiencia general para saludar con tranquilidad a los enfermos y recorrer los pasillos de la plaza de San Pedro en “papamóvil” durante más tiempo que la catequesis. Sus discursos son brevísimos, y las mejores frases son los añadidos al texto escrito, improvisados solo en apariencia.

Llega con adelanto a las visitas a las parroquias, y dedica siempre media hora a escuchar confesiones. Durante el Sínodo de la Familia del pasado mes de octubre, llegaba siempre con media hora de antelación. Todo el que quería –obispos, matrimonios y laicos- hablaba con él en ese rato o en la pausa del café, haciendo cola delante de la máquina.

Lo que el Papa no sabe hacer bien es descansar. El pasado mes de junio se desplomó tres veces por agotamiento. Pero no parece preocuparle. No tiene miedo a gastarse. Prefiere emplearse a fondo y acabar pronto: “dos o tres años, y después… ¡a la casa del Padre!”.