El Papa de la alegría
Jorge Mario Bergoglio antes de convertirse en el nuevo Papa - REUTERS

El Papa de la alegría

Las primeras intervenciones de Francisco muestran a un Pontífice bromista, sonriente y optimista, en contraste con el «intelectual» Ratzinger

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Aún es pronto para asegurarlo, pero algunas señales ya apuntan a que Francisco puede ser el «Papa de la alegría». Su primera audiencia, esta mañana, con los cardenales ha estado llena de simpatía, lo que sumado a su discurso del pasado miércoles, cuando proclamó ante la multitud congregada en San Pedro que sus pares habían ido a buscarlo «al fin del mundo», y a las anécdotas que cuentan de él quienes le conocen, permite augurar que el Pontificado de Francisco, además de humildad y austeridad, aportará una gracia especial respecto al de Benedicto XVI, más intelectual y «serio».

En este sentido, los discursos de Francisco también están lleno de apelaciones a la alegría. Esta mañana, en el encuentro con los cardenales, el Pontífice ha dicho: «No nos dejemos llevar nunca por el pesimismo ni por la amargura que el diablo nos ofrece a diario, ni por el desaliento», «Quizá la mitad de nosotros somos ancianos. Esta edad es la de la sabiduría de la vida, la sabiduría que nos ha hecho reconocer a Jesús. Regalemos esta sabiduría a los jóvenes como el buen vino que con los años se hace mejor», ha afirmado posteriormente, arrancando alguna sonrisa.

Recuerdo a Benedicto XVI

En su reunión con los purpurados, Francisco ha protagonizado dos «momentazos». El primero ha sido involuntario: el nuevo Papa ha tropezado y ha estado a punto de caer al suelo cuando intentaba bajar de la tarima para saludar al cardenal decano. Francisco se ha rehecho sin dificultades, pero el resto de los cardenales ha aprovechado el saludo personal posterior para, entre bromas y risas, pedirle que tenga cuidado, no vaya a darle un susto a los fieles.

El otro instante sorprendente ha ocurrido cuando el cardenal sudafricano Wilfrid Fox Napier le ha mostrado una pulsera de plástico de color amarillo con un pez (símbolo de los antiguos cristianos’) y una inscripción en latín, «Credo, Domine» (creo, Señor). Ni corto ni perezoso, el Papa la ha cogido, se la ha colocado y la ha mantenido en su muñeca durante el resto de la ceremonia. Muchos otros cardenales africanos le han enseñado al Papa diferentes objetos religiosos, como rosarios y crucifijos, para que los bendijera. La relación con todos sus «hermanos», como los ha llamado Jorge Bergoglio durante la cita de hoy ha sido igual de fraternal. Han llamado la atención la palmada en la espalda que le ha dado al nuevo Papa el cardenal Timothy Dalon (ambos han reído) y el encuentro divertido con el cardenal filipino Luis Antonio Tagle.

Las palabras del miércoles en la plaza de San Pedro ya causaron una muy grata impresión entre los fieles congregados. Acostumbrados a que esta fuera una ceremonia de gran solemnidad, los momentos en que Francisco se salió del guion (su frase del ‘fin del mundo’ y su petición para que los peregrinos le bendijeran a él, y no al revés) distendieron el ambiente y dejaron un muy buen sabor de boca entre los congregados. Estos días, en Roma, el clima entre los fieles y también entre los religiosos que viven en la ciudad es el de la esperanza. Todos creen que Francisco, con una sonrisa siempre en los labios, puede otorgar a la Iglesia el impulso que necesita.

Pero en su discurso de esta mañana ante los cardenales, Francisco, que de nuevo ha renunciado a portar la muceta de terciopelo rojo, ha querido también recordar la importancia de la «humildad», la «bondad» y la «dulzura» y ha exhortado a sus antiguos pares a encontrar «nuevas formas de evangelización». También ha habido un emocionado recuerdo a Benedicto XVI, por el que el nuevo Papa ha expresado su admiración en numerosas ocasiones. Esta vez, Francisco ha destacado «su humildad y su mansedumbre».