La solución es el PSOE

M. MARTÍN FERRAND
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ESPAÑA no es Grecia, repiten machaconamente Elena Salgado y otros notables gubernamentales. Eso es verdad; pero tampoco es Alemania, Francia o Gran Bretaña. En lo que a solvencia respecta, España es como Irlanda y hasta un poco más que Italia. Ello no quiere decir, en modo alguno, que sería conveniente organizar un multitudinario concierto nacional de castañuelas para mostrar nuestra alegría colectiva. España, y no sólo en términos económicos y de rating, está peor que hace seis años, cuando José Luis Rodríguez Zapatero sucedió a José María Aznar como residente en La Moncloa y mucho peor que hace dos, cuando renovó su contrato de inquilino. Ese debe ser el punto de partida de cualquier análisis. Esto no es una competición, sino la vida y el bienestar de los ciudadanos.

Tampoco es cosa, por estéril, de ensañarse en la crítica a quien, siendo el peor jefe del Ejecutivo de los últimos 35 años, parece convencido de estar tocado por los dioses y tener en sus manos el talismán de la grandeza nacional. Unas veces por acción y otras por omisión, Zapatero ha creado el ambiente propicio para la ruina económica, desde el paro a la Deuda pasando por el déficit, y, lo que es peor y más irreversible, también para la ruina política. Aquí, donde hasta los gatos quieren zapatos, un líder regional cuyo partido respaldan un 3 por ciento del total de los votantes españoles puede permitirse el lujo de «avisar» de la gravedad que conlleva que la Constitución se anteponga a «su» Estatuto de Autonomía.

Tan grave situación exige soluciones y, ante la imposibilidad de un pacto de Estado entre los dos grandes partidos, a dos años de las próximas legislativas y sin que el principal grupo de la oposición admita la hipótesis de una moción de censura sin victoria garantizada (!), sólo cabe una solución teórica y no rupturista: el PSOE, responsable y respaldo del liderazgo de Zapatero, tendría que actuar y, en uso de las prerrogativas reglamentarias que asisten a su cúpula, reconvenir y, en su caso, sustituir a quien ya tiene acreditada su incapacidad fáctica para enfrentarse a la situación con la energía y la inteligencia debidas. La dejación presidencial está calentando un cisma institucional y, al tiempo, ha puesto el futuro económico de la Nación en manos de los llamados agentes sociales. Vistas las cosas desde esta perspectiva, no estamos como Grecia, sino muchísimo peor.