Diario de un optimista

La recesión democrática

El criterio de la democracia no es la elección de una mayoría, sino #el respeto a las minorías y a las instituciones. En una democracia, las leyes están por encima del hombre

Guy Sorman
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Durante mucho tiempo se consideró que la democracia era solo occidental, anclada en la cultura cristiana y la tradición grecorromana. Estaba Japón, desde luego, pero bajo la influencia estadounidense. Llegó la descolonización y los imperios dejaron a su paso instituciones que a veces adoptaron los nuevos dueños, como en India, Filipinas y Senegal. A esto se lo denominó segunda oleada democrática. Luego, con la caída de la Unión Soviética, resucitaron viejas democracias, como en Hungría, y surgieron otras nuevas, hasta en Mongolia. El éxito de esta tercera oleada parecía asegurado, sobre todo porque iba acompañado de un giro hacia la economía de mercado. Los más pobres fueron los primeros en beneficiarse: entre 1980 y 2005, el número de personas que vivían en la pobreza absoluta disminuyó del 42% al 17%. El politólogo estadounidense, Francis Fukuyama, propuso ya en 1989 resumir esta evolución en un ensayo profético titulado El final de la historia. Fue alabado por su audacia y agredido por quienes no lo habían leído. Una crítica todavía más natural porque hoy somos testigos de un declive indiscutible en el número de democracias. Allí donde nunca había enraizado, sobre todo en el mundo árabe, la esperanza en la democracia ha desaparecido. Allí donde se pensaba que perduraría, como en Filipinas o en Tailandia, han vuelto los dictadores.

Los Gobiernos de Rusia y China, que en la década de 1990 fingían ser democráticos, se felicitan ahora por su autoritarismo. En Brasil y en México, reina la incertidumbre. Aún más inquietante es la aparición de fenómenos antidemocráticos en sus lugares de origen: movimientos populistas en Estados Unidos, en Escandinavia, en Hungría, en Polonia, en Cataluña y en Gran Bretaña. Hagamos aquí una aclaración: el criterio de la democracia no es la elección de una mayoría, sino el respeto a las minorías y a las instituciones. En una democracia, las leyes están por encima del hombre, algo que a Viktor Orban, Rodrigo Duterte y Donald Trump les cuesta admitir.

¿Estará equivocada la profecía de Fukuyama? No lo creo y tampoco él, que se entrega a una autocrítica mesurada en un nuevo libro titulado Identidad, publicado en Estados Unidos. Fukuyama recuerda que al evocar el final de la Historia en 1989, no decía que la historia hubiera terminado, sino que todas las naciones, después de la caída de la URSS, considerarían, o pretenderían considerar, que el mejor régimen posible es la democracia liberal. En lugar de dos Terminus, Moscú o Wahington, solo existiría uno, lo que no significaría que todas las naciones lo fueran a lograr. Fukuyama comparaba a las personas con los trenes: algunos son más rápidos que otros, con riesgo de descarrilamiento, pero la vía parece de un solo sentido. Yo creo que lo sigue siendo, porque todos los regímenes insisten en considerarse democráticos, incluida China en su Constitución, Rusia o Hungría, de lo contrario, ¿por qué se molestarían estos regímenes en organizar elecciones?

Paralelamente, la economía liberal sigue siendo el único modelo de referencia; con problemas, por supuesto, como las guerras arancelarias, porque el mundo es imperfecto. A pesar de las crisis financieras, de los golpes de Estado y de los caprichos de los dirigentes, nadie propone una utopía política o económica como nuevo ideal que alcanzar. Esto no se recalca lo suficiente y confirma la tesis inicial de Fukuyama. Al desarrollar en 1992 esta tesis en un libro, El final de la historia y el último hombre, Fukuyama admitía que la democracia liberal, a pesar de ser buena y eficaz, nunca sería suficiente para satisfacer las aspiraciones pasionales. Y es a lo que estamos asistiendo.

El liberalismo clásico no abarca todas las opciones de la política y tampoco pretende abarcarlas: es una filosofía modesta. Esta modestia condena a los liberales a justificarse constantemente, a demostrar su eficacia. Los dictadores no tienen que demostrar nada; en el mejor de los casos, mueren. La gran debilidad de los liberales modernos es que no comprenden suficientemente sus límites y que últimamente no han tenido en cuenta el apego de los pueblos a su identidad.

Fukuyama cree que el clima de crisis que impera en la Unión Europea y en los Estados Unidos de Trump nace de esta indiferencia de las élites liberales y cosmopolitas ante el miedo de algunos, en absoluto cosmopolitas, a perder su identidad. Miedo surgido de la desindustrialización, de la globalización en los ambientes obreros y miedo aún más generalizado a la inmigración. Este miedo a ser invadido, explotado por los partidarios del Brexit, de Trump y de Orban, no está directamente relacionado con el número de inmigrantes (en Hungría, no hay), sino con una posible obsesión.

Esto raya en la xenofobia, pero también puede ser algo racional: el miedo, como en Escandinavia, a que los inmigrantes no logren integrarse. De modo que Fukuyama convierte la acogida de los inmigrantes en una prueba sobre el futuro de Europa: o aparece un gobierno europeo capaz de gestionar la inmigración en todo el continente a fin de tranquilizar a los pueblos respecto a la protección de su identidad, o la Unión Europea se hará añicos. Para las mentes demasiado tolerantes entre las que me encuentro, esta tesis es difícil de aceptar: la identidad nacional es una invención bastante reciente y los inmigrantes son tan humanos como los ciudadanos que tuvieron la suerte de nacer en algún lugar. Pero también considero que Fukuyama tiene razón y que todavía está por inventar y aplicar de inmediato una política de inmigración europea.

Guy SormanGuy SormanArticulista de OpiniónGuy Sorman