El mayor déficit español

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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NO estoy hablando del que señalan la prensa financiera anglosajona, las agencias de calificación y los expertos económicos. Me refiero a un déficit de mucho más calado y trascendencia: al que existe en nuestra política, nuestra actitud y nuestra situación.

Si tomamos la presente crisis económica como una emergencia -una indigestión, por ejemplo-, lo que procede es tomarse la medicina que corresponde y volver a la situación anterior cuanto antes, procurando que los daños sean los menos posibles. Es lo que están haciendo la mayoría de los países. Pero no lo que está haciendo España. En España, hemos perdido dos años discutiendo sobre la crisis, como los conejos que discutían sobre los perros que les perseguían, y poniéndola parches, como si se tratase de la gripe anual, en vez del mayor «crash» desde 1929. Ahora, con la crisis convertida en temporal, lo único que se le ocurre al Gobierno es proponer un gran pacto entre todos los partidos para capearlo. Pero un gran pacto político sólo es una solución si es auténtico. Si no lo es, no resuelve nada. Al revés, complica extraordinariamente la situación al dilatarla. Y ese pacto es imposible hoy en España al no haber acuerdo sobre la naturaleza de la crisis, ni sobre las medidas a tomar ni sobre quién correrá con los sacrificios. Por no haber, ni siquiera hay una idea común de Estado y de nación.

A estas alturas, todavía no sabemos con exactitud qué idea tiene el Gobierno de la crisis, cuya existencia empezó negando y cuyo fin nos anuncia cada poco, sin acabar de verse. En cuanto a las medidas, las que anuncia un día, las retira al siguiente, aparte de la incompatibilidad entre las que propone el Gobierno y el principal partido de la oposición. Tampoco existe voluntad de sacrificio, al no creer nadie que se distribuirán equitativamente ni estar nadie dispuesto a renunciar a sus derechos adquiridos. Por último, no existe el concepto de Estado o de nación común, al ir cada uno «a lo suyo, y el que venga detrás que arrée».

Ese es el mayor déficit de España, mayor incluso que el que pueda tener en el terreno económico y financiero, que no es pequeño. Y lo que dificulta tanto nuestra salida de la crisis. Es la consecuencia de habernos dedicado más a desunir que a unir, a abrir heridas que a cerrarlas, a mirar al pasado más que al futuro, a volar puentes en vez de a construirlos. Así hemos retrocedido hasta encastillarnos cada individuo, región o partido en sus estrechos límites, no dispuestos a ceder lo más mínimo. Cuando la realidad es que todos, vascos y andaluces, gallegos y catalanes, empresarios y obreros, estamos en el mismo bote.

Dan ganas de asomarse a la ventaba y gritar: ¿hay alguien por ahí capaz de recuperar el espíritu de cooperación y concordia?