La ministra de Justicia, Dolores Delgado, en el Congreso de los Diputados
La ministra de Justicia, Dolores Delgado, en el Congreso de los Diputados - ISABEL B. PERMUY

Más mentiras en el Gobierno

A la ministra de Justicia, Dolores Delgado, le rodean hoy los embustes y las amistades peligrosas. Motivos para dimitir le sobran

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Cuando hace una semana la ministra de Justicia, Dolores Delgado, dijo públicamente que no había mantenido «ningún tipo de relación personal, profesional, oficial o no oficial» con el excomisario de la Policía José Villarejo, hoy en prisión acusado de corrupción, no dijo la verdad. Ayer, y en un inusitado ejercicio de memoria selectiva tras una mentira previa, admitió que mantuvo reuniones con él en tres ocasiones. Unas conversaciones grabadas en 2009, durante un almuerzo junto a Baltasar Garzón y cinco altos cargos policiales, demuestran que la relación entre ambos era más que fluida. Aquel año, Delgado ejercía como fiscal de la Audiencia Nacional y asistía junto a su íntimo amigo Garzón a una comida reservada de homenaje a Villarejo, a quien se había concedido una condecoración policial. Tanto el tono de aquella conversación como la forma tan coloquial de dirigirse unos a otros revelan que había una relación personal fluida y de absoluta confianza. De otro modo, sería impensable que Garzón y Delgado fuesen «Balta» y «Lola», o que se produjesen chanzas de índole sexual. Lo grave no es que Delgado tuviese una aparente vinculación amistosa y de confidencialidad con Villarejo. Lo grave es que no haya dicho públicamente la verdad al respecto. No se trata de una coincidencia casual en un «evento», como ella sugirió tratando de blindarse cuando negó conocer a Villarejo. Más allá del origen espurio de esas grabaciones, hechas seguramente sin consentimiento, y más allá de la capacidad de Villarejo de chantajear a conocidas personalidades, lo cierto es que Delgado no sale bien parada. La ministra participó activamente y de modo cómplice en una confabulación contra una docena de policías de la Audiencia, a los que ella y Garzón exigieron sustituir por otros más afines. «Que el comisario me mande a alguien nuevo (…) Que dinamite a todo el que esté allí», pidió Garzón, como si la Audiencia Nacional fuese un cortijo de su propiedad. Mientras, Delgado asentía llamando «gilipollas integral» a uno de los policías de la Audiencia.

Delgado también participó, como fiscal en activo, de otra conversación en la que se vulnera el secreto judicial con motivo del secuestro del barco Alakrana en el sur de África. En ella Garzón y Delgado proponen acuerdos bajo cuerda, al margen del procedimiento jurídico español, para que esos piratas detenidos no fuesen trasladados a España. La fiscal llega a tachar a España de «país bananero» por la gestión que hizo el Gobierno socialista. Delgado participó además de comentarios despectivos hacia otros jueces de la Audiencia, incluido su entonces presidente, Ángel Juanes, o contra su actual compañero de gabinete, Grande Marlaska, sin contar chascarrillos racistas y homófobos nada ejemplarizantes. A Delgado le rodean las mentiras y las amistades peligrosas. Motivos para dimitir le sobran.