Más que una inauguración

En Tarragona, Torra poco tiene que hacer y posiblemente esto fue lo que más le dolió

José María Carrascal
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Don Quim Torra debió pasar uno de los tragos más amargos de su atribulada vida de militante catalanista en la apertura de los XVIII Juegos Mediterráneos en el coqueto estadio tarraconense. Eso de tener que aguantar a pie firme durante horas el himno nacional español, el paso de la bandera española, la llegada de paracaidistas con esos colores, cerca del que considera causante de todos sus males, tiene que ser una auténtica tortura. Encima, oyendo aplausos, entre algunos abucheos. Su cara hablaba más que sus palabras. Empezó siendo la del niño enrabietado al que obligan a comer brócoli. Poco a poco, empezó a transformarse en la de quien han traído a la fuerza, mientras apretaba sus manos frente a él, como defendiéndose de lo que ocurría, y terminó dejándolas caer a un lado y otro del cuerpo, como dándose por vencido. Antes había asistido a la concentración de unas docenas de personas en la que descargó toda su furia y entregado al Rey un libro con fotos de la «violencia policial» el 1 de octubre, aparte de una carta en la que le comunicaba que rompía las relaciones con él y no sería invitado a actos de la Generalitat. El Rey se lo pasó a un ayudante, con esa distante amabilidad que acostumbra. Fue su actitud a lo largo de toda la ceremonia. En medio de ambos, Pedro Sánchez era el único que sonreía, como diciendo: «Yo soy el único que puede impedir que estos dos se líen a tortazos». Equivocándose, o mintiendo, una vez más. Esos dos nunca se liarán a tortazos. Torra, porque no se atreve; el Rey, porque no lo necesita.

Fue el número más fuerte de una ceremonia que, como Cataluña nos tiene acostumbrados, resultó un despliegue de color, música y fantasía. Aunque, precisamente por eso, ya no causan tanto impacto. Lo que no va a impedir la brillantez de los Juegos, a la orilla del mar donde nacieron. Su importancia, sin embargo, desborda lo deportivo y, una vez más, los independentistas han sido víctimas de sus trampas. Quieren añadir todo a su causa y, la mayoría de las veces, les sale el tiro por la culata. Lo primero que ha quedado en evidencia es que estos juegos son de España, como fueron los de Almería. Luego, que Tarragona es Tabarnia, aquella parte de Cataluña abierta, creativa, que se siente también española, frente a la hermética, acomplejada, que su actual presidente personifica. Allí, Quim Torra poco tiene que hacer y posiblemente esto fue lo que más le dolió. En cuanto a su «ruptura de relaciones» con Don Felipe, ¡ya quisiera él! Don Felipe es Conde de Barcelona, la máxima autoridad catalana, aparte de Rey de España. Que no le inviten a los actos de la Generalitat es algo que le ahorran, pues no pueden ser más soporíferos, siempre con la misma matraca. Aunque, si coinciden en algún sitio, no tendrá más remedio que aguantar sus impertinencias, como al niño Vicente de la familia.

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