EL DÍA QUE EL HOMBRE APRENDIÓ A VOLAR

LUIS IGNACIO PARADA
Actualizado:

EL intento de reproducir el primer vuelo de un aparato más pesado que el aire, en conmemoración del que hicieron los hermanos Wright hace justamente cien años, se acaba de saldar con un fracaso, sin más consecuencias que la del avión hecho pedazos y la de hacernos reflexionar sobre la trascendencia de aquella hazaña. Pocos inventos en la historia de la Humanidad han sido tan simbólicos como el del avión. No era una cuestión de velocidad: era una razón de orgullo. Hace ocho mil años, el hombre sólo podía alcanzar unos doce kilómetros por hora viajando en una caravana de camellos. Tardó cuatro mil años en llegar a 20 kilómetros por hora subido en un carro. Hasta 1880 no logró alcanzar los 150 en una máquina de vapor. Hoy puede viajar a 300 en un AVE. Pero el orgullo obligaba a levantar los pies del suelo: hasta alcanzar los 2.300 kilómetros por hora con el Concorde y los 35.000 en las cápsulas espaciales.

La materialización del mito de Ícaro no empezó a fraguar hasta que en 1496, Leonardo ensayó, sin éxito, una de sus máquinas para volar. Doscientos años después, el capuchino Antonio de Fuentelapeña en ´El ente dilucidado´, se plantea su Duda VI titulada: "Si el hombre puede artificiosamente volar". Y dice: "Para que un cuerpo sólido se pueda sustentar y volar sobre el cuerpo fluido del aire, siendo más grave que él, es necesario que en el sólido concurran proporcionadamente tres cosas: gravedad de cuerpo, extensión de alas y violencia de impulso (...) Si se ajustan los tres requisitos en alguna de las proporciones requeridas, sin duda podrá volar el sólido (...) Preguntarás, si después de todo esto correrán algún riesgo los que, curiosos, quisieren practicar esta especulación. Respondo: que aun siendo cierta esta sentencia, tengo por sin duda que algunos se harán pedazos." Un riesgo que persiste un siglo después de que el orgulloso hombre empezara a volar.