Defensa de la novela histórica

«La novela histórica, la buena, exige un notable esfuerzo de documentación acerca de los modos de vida de las gentes de una determinada época. Ha de conocerse el aspecto de las ciudades, los medios de transporte, la indumentaria, la gastronomía, las diversiones o las creencias. En palabras de don Juan Valera requieren de “una gran precisión arqueológica”»

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Hace poco más de doscientos años, en 1814, Walter Scott publicaba Waverley. Está considerada como la primera novela histórica, al no poder encuadrarse como tales ciertos títulos aparecidos en el siglo XVIII, caso de Los Incas, de Jean Françoise Marmontel; El castillo de Otranto, de Horace Walpole, o de El Rodrigo, de Pedro de Montegón. A diferencia de la obra de Walter Scott, la pretensión de sus autores no era conducir al lector hacia un acontecimiento histórico, un personaje o incluso una época pasada. Fueron escritas con un propósito moral o ético, encaminado, según las pautas de los ilustrados dieciochescos, a aleccionar, educar o poner de manifiesto valores considerados por sus autores como necesarios para el mejoramiento de la sociedad,