Canciones tristes

La música no necesita ser expresa. Simplemente nos llega al corazón porque apela a nuestra empatía

Pedro García Cuartango
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La niebla envolvía Bayona ayer por la mañana. El único sonido que podía escuchar era el de las gaviotas sobrevolando el tejado. No se veía ni siquiera la casa de enfrente, lo que suscitaba una sensación de agradable soledad, como si el mundo hubiera dejado de existir. Surgió de repente el recuerdo de mi infancia en Miranda cuando las espesas brumas en las orillas del Ebro sumían a la ciudad en un sueño invernal en el que el río parecía adormecido.

Me pareció un buen momento para escuchar The First Time Ever I Saw Your Face, un tema de Roberta Flack de finales de los años 60 que no puedo oír sin sentir emoción. Al buscar la letra en internet, descubrí que esta canción había sido elegida por Spotify como la más triste de la música contemporánea.

La paradoja es que la historia de la melodía de Roberta Flack versa sobre el deslumbramiento que siente una persona cuando se enamora, cuando besa a su ser amado por primera vez. No habla de la pérdida, ni tampoco del deterioro del amor. Sólo expresa un momento de plenitud. ¿Por qué entonces los seguidores de Spotify la habían votado como la canción más triste?

La respuesta es simple: la balada está escrita en pasado, lo que sugiere que Flack está evocando a alguien que ha muerto o ha desaparecido de su vida. No lo dice, pero el oyente percibe que el tema, casi recitado, está dedicado a un ausente. Por eso, la ambigüedad confiere a esa canción un extraordinario aire de tristeza.

La música no necesita ser expresa. Simplemente nos llega al corazón porque apela a nuestra empatía. Esto nos lleva a preguntarnos por qué nos atraen tanto las composiciones que identificamos con la nostalgia, los amores perdidos y los tiempos que no volverán. Dejo a cada lector que responda a este interrogante, que no es nimio porque si en la vida evitamos las situaciones que nos hagan sufrir, ¿por qué nos sentimos inclinados a recrearnos en esas canciones que evocan la pérdida y el paso del tiempo? Lo cierto es que la música tiene un poder de suscitar emociones que no poseen la lectura ni la pintura, aunque Dostoievski sufrió un ataque epiléptico al ver un cuadro del descendimiento de Jesucristo.

Está demostrado científicamente que hay una zona del cerebro, apartada del lugar donde se ubica la inteligencia racional, que reacciona ante la música. Por ello, se han dado casos de autistas o personas con minusvalías psíquicas con una extraordinaria capacidad para memorizar las notas de una canción, mientras que leí hace tiempo que una mujer que había sido premio Nobel se sentía horrorizada al escuchar a Bach.

La música es, como otras artes y la propia naturaleza, un gran misterio. Nunca podré averiguar por qué me emociona ese tema de Roberta Flack, aunque estoy seguro que tiene bastante que ver con que me recuerda la adolescencia. Muchas de las canciones que me siguen conmoviendo están vinculadas a aquella etapa en la que estaban de moda grupos como Los Bravos y Los Brincos y en la que sentía fascinación por los discos de Brel, Piaf y Brassens, que eran muy difíciles de conseguir.

La ventaja de las canciones que nos gustan es que no tienen edad. Nunca envejecen ni dejan de conmovernos. Forman parte de nuestra vida. Son la expresión de nuestra historia personal y de nuestros sueños. Por ello, siempre nos quedará Roberta Flack y una mañana de niebla en algún sitio para sentir esa felicidad de ser desgraciados.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango