Aznar y el gangoso del chiste

A veces, el diputado de ERC parece un imitador de sí mismo empeñado en ridiculizarse

Álvaro Martínez
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Después del numerito de llevarse una impresora o unos grilletes al escaño, Rufián se ha puesto el listón tan alto que ayer no le quedó más remedio que echar mano de toda la faltonería y lenguaje tabernario a su alcance para llamar la atención en la comisión de investigación de la presunta financiación irregular del PP, que ayer acogía a José María Aznar como compareciente. A veces, el diputado de ERC parece un imitador de sí mismo empeñado en ridiculizarse, como un humorista de los años ochenta imitando a un gangoso. Uno llega a perder el hilo de lo que dice, hipnotizado por el tono absurdamente afrentoso, de quien parece que se escucha mientras habla pero no tiene demasiado control sobre lo que dice.

Fue la de Rufián, sin duda, la aportación más aparatosa en el circo de tres pistas en que se ha convertido ese artilugio parlamentario, pero no fue la única, pues no le anduvieron a la zaga algunos de los otros portavoces. Así las cosas, el lamentable espectáculo ofrecido ayer en el viejo caserón de las leyes de la Carrera San Jerónimo deja dos conclusiones a bote pronto. Que van mereciendo una enmienda a la totalidad las llamadas comisiones de investigación que, lejos de intentar averiguar alguna verdad o responsabilidad política en tal o cual asunto, se convierten en un infame pimpampum cuyo único objetivo es lapidar al que allí se sienta y buscar un par de titulares apañadetes previamente precocinados en la sección de argumentarios de cada partido. Las responsabilidades penales se dirimen en los tribunales; las políticas, en las urnas, que los ciudadanos siempre toman nota. El resto son efímeros ejercicios de pirotecnia.

La otra conclusión es que la llamada «nueva política» está, en general, a años luz del oficio del parlamentarismo solvente. Ayer Aznar, que tenía todas las de perder en el apedreamiento, terminó por dar un repaso a la mayoría del pelotón que allí se había organizado para actuar a la voz de «¡Fuego!». Hasta Iglesias pareció extrañamente acobardado y neutralizado cuando el expresidente le dijo que era «un peligro para la democracia» y le recordó los dineros recibidos del chavismo y los ayatolas, esos bastiones de la democracia. Con Rufián, Aznar no tuvo que esforzarse demasiado pues él mismo se ocupó en parecer el gangoso del chiste.

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