Así cayó el «clan de los Gordos»
Adela Motos, la patriarca del clan, junto a su marido, vestida de blanco y negro - ABC
tráfico de drogas

Así cayó el «clan de los Gordos»

Las escuchas telefónicas fueron claves. Utilizaban expresiones como «Brutus» o «Popeye» cuando pensaban que eran vigilados por la Policía. Es la primera vez que se les acusa de pertenencia a una organización criminal

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«Los Gordos», el mayor clan dedicado al tráfico de drogas de Madrid, implantado en la Cañada Real Galiana, irá a prisión. Al menos, 20 de los integrantes de esta red familiar, junto a las personas que trabajaban para ellos y que integran la organización criminal. Es la primera vez que se les acusa de ello.

Así lo establece la sentencia de la Sección 29ª de la Audiencia Provincial de Madrid, dada a conocer ayer tras la celebración del juicio que comenzó el 11 de noviembre.

Los procesados han sido condenados a penas que oscilan entre los 19 años y tres meses -las máximas-, para los cabecillas y los 11 años y cinco meses y el año y medio del resto, incluidos los «machacas»: toxicómanos a su servicio las 24 horas del día, a cambio de dosis de droga.

Los patriarcas del clan y su delfín

Los principales reos son Juan José Hernández y Adela Motos, matrimonio y patriarcas de la organización delictiva, detenidos en mayo de 2012. Éstos están en prisión por una condena de 9 años por un delito similar, por lo que seguirán entre rejas.

Lo mismo sucede con algunos de los integrantes de la organización delictiva que estaban privados de libertad por causas pendientes o en prisión provisional por estas. Mientras que los que estaban en libertad, como el heredero del «emporio» creado por «los Gordos», su hijo Ricardo, alias «El Bola», y su hermano Antonio, seguirán en la calle hasta que la sentencia sea firme.

Los patriarcas, de 42 años, además, tendrán que pagar cada uno una multa de 800.000 euros y han sido inhabilitados de forma absoluta por delitos contra la salud pública en su condición de cabecillas de la red, reincidencia, y tenencia ilícita de armas: una escopeta Stinger y una pistola CZ con el número de serie borrado.

Las armas de fuego se encontraban en su vivienda, situada en el Pozo del Tío Raimundo, en Vallecas, dado que ellos controlaban todo el «ilícito negocio»: organigrama y funciones de los miembros de la banda, cierre o apertura de puntos de venta, el flujo de las sustancias para darles salida y dar las órdenes pertinentes. La pareja acudía a diario a supervisar el funcionamiento de su entramado y, a veces, a suministrar «el material» con el que engordaban sus bolsillos.

«178.338 euros es el valor de la droga incautada y otros 12.000 en joyas que pesaban 8 kilos» Mientras, su «delfín» se encargaba de ir a recoger la recaudación a los lugares en los que comercializaban la droga del poblado -bunkerizados-, situados en el sector V de la Cañada, en la castigada zona de Valdemingómez: en las parcelas 70B, 86 y 87B de la calle de Francisco Álvarez. Antonio compartía las ganancias con su tía Concepción, encargada de los turnos del negocio, a la que se le incautaron 45.000 euros.

El patriarca está considerado por la Policía el jefe de «una red estable en el tiempo, que disponía de infraestructura suficiente, inmuebles de seguridad reforzada (búnkeres), vehículos, móviles y objetos para manipular la sustancia y las dosis». Se mudaron de las extintas Barranquillas y son uno de los clanes históricos más arraigados e importantes de la región.

Mientras, su mujer, premiaba o recriminaba a su mano derecha, Emilio F. B. Todos ellos, hablaban en clave por el móvil («no sabemos quién nos puede escuchar») y todos utilizaban expresiones como «Brutus» o «Popeye» cuando eran vigilados por la Policía. Tenían armas para «protegerse».

«El Bola» y Antonio se enfrentan a sendas penas de 10 años y seis meses por tráfico de droga, inhabilitación absoluta y multa de 650.000 euros, una suma nada descabellada para ellos, dado que podían obtener una cifra similar en dos meses vendiendo cocaína, heroína y hachís.

Una vida marcada por los excesos

A la mano derecha del clan, Emilio F. B., la Audiencia Provincia le condena a la misma privación de libertad que a los hermanos, con la agravante de reincidencia y la atenuante de drogadicción. Él se encargaba de organizar los pormenores diarios de la venta, así como de la vigilancia y control. Tras éste se encontraba Antonio A. M. con la misma pena, que realizaba labores de logística en la banda.

A otros tres de los reos -Luis S. H., Concepción M.G. y Celia F. M.- se les imponen 11 años y 6 meses de cárcel y multas de 712.000 euros por tráfico de estupefacientes.

En los registros de los búnkeres se intervino droga con un valor en el mercado de 178.338 euros. Y en la casa de los patriarcas, la Policía halló 35.775,60 euros procedentes de su ilegal «comercio». Además, decomisaron joyas por valor de 12.000 euros y 8 kilos de peso. La vida de este clan estaba marcada por los excesos, fiestas fastuosas y la ostentación: lucían gruesos y pesados colgantes de oro y «cochazos» de hasta 83.000 euros.