Dos egipcios esperan el autobús delante de una estatua con la cara del presidente Mubarak - AP

Egipto, otra vez elecciones bajo la sombra de la sospecha y la violencia

En 2005 sólo votó el 23% de la población y Mubarak ganó con un 88,6%. Nadie espera mañana un resultado muy diferente

LAURA L. CARO
CORRESPONSAL EN JERUSALÉN Actualizado:

En las últimas elecciones egipcias, las presidenciales de 2005, sólo el 23 por ciento de la población acudió a las urnas y Hosni Mubarak ganó con un 88,6 por ciento de los votos . En las legislativas a dos vueltas que arrancan este domingo, nadie espera un resultado muy diferente, sino, más bien, otra victoria fabricada del continuismo del rais que, 29 años después de su llegada al poder y enfermo, no renuncia a perpetuarse. Su turno, o el de su heredero Gamal, será en 2011, pero Mubarak no ha perdido oportunidad de plantarle desde ya cara al cambio.

La de este domingo será una consulta sin observadores internacionales, que el régimen ha rechazado reivindicando su capacidad para «demostrar al mundo entero que podemos tener unas elecciones completamente imparciales», palabras que pronunciaba el primer ministro Ahmed Nazif, mientras sus Fuerzas de Seguridad han convertido en norma la represión. El arresto de opositores, la mordaza a los medios, la intimidación del activismo on-line y el acoso de candidatos de otros partidos, condenados a realizar campañas casi clandestinas, han elevado la frustración de un pueblo que sabe que el clima político actual es incompatible con la aspiración de introducir una democracia genuina en el país. Muy pocos son los que hoy creen que la reforma puede producirse desde dentro.

Y más cuando uno de los agentes clave de las elecciones de 2005, los Hermanos Musulmanes, llegan más que diezmados a estos comicios. Desde que en aquella ocasión consiguieran 88 de los 444 diputados, -el 20 por ciento de la Asamblea Popular- han sido víctimas de una persecución organizada que ha llevado a jefes, miembros destacados y a sus financiadores a la cárcel o ante los tribunales. Entonces se presentaron con 150 candidaturas, -todas «independientes», porque esta organización de base islámica está prohibida desde 1954-, y ahora sólo lo harán con 135 aspirantes, a pesar de que el Parlamento ha crecido hasta los 508 escaños elegibles (los otros 10 los designa Mubarak). El 25 por ciento de los nombres que postularon en las distintas circunscripciones ha sido desestimado, amén de que en las últimas semanas se ha detenido a más de un millar de miembros y simpatizantes de esta opción.

Barniz de pluralismo

En estas circunstancias ha desconcertado el empeño de los Hermanos Musulmanes por concurrir a las urnas. Hasta octubre su decisión era boicotearlas, pero hubo un cambio de parecer, que ha hecho brotar en su muy disciplinado seno voces disidentes que acusan al liderazgo de la Hermandad de estar hipotecando su legitimidad a cambio de participar en una farsa electoral. La amplia base social que apoya a este grupo no está acostumbrada a ver posiciones contradictorias en su cúpula.

En Egipto hay sospechas de que muchas formaciones llegan a acuerdos con el omnipotente Partido Democrático Nacional (NDP) a cambio de pequeños repartos de escaños, al fin y al cabo el país necesita dar un barniz de pluralismo al Parlamento. Por eso hay quien piensa que para los Hermanos Musulmanes habría sido mucho más ventajoso a largo plazo quedarse fuera seta vez. Con todo, el portavoz Mohammed Badr ha subrayado que esperan ocupar un 30 por 100 de los sitios de la Asamblea.

A diferencia de los Hermanos Musulmanes, alrededor de 30 grupos de oposición unidos bajo la coalición llamada «Asociación Nacional por el Cambio», -creada por el ex presidente de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Mohammed Al Baradei-, han decidido no prestarse al juego. Bajo este paraguas se encuentra el partido Al-Ghad (Mañana) de Ayman Noor, -encarcelado desde que desafió a Mubarak en 2005 y hasta la primavera del año pasado-, que esta semana advertía que la votación que está a punto de celebrarse en Egipto es «en parte una tragedia y en parte una comedia, una comedia negra».

En un país que se rige desde 1981 por la Ley de Emergencia, que permite a las autoridades un severo control sobre los ciudadanos, y que en 2005 y 2007 aprobó unas enmiendas constitucionales que reforzaban aún más el continuismo y cerraban las posibilidades a cualquier contestación, el Parlamento que se elige a partir de mañana tampoco tiene mucho que decir. «Nos vemos obligados a soportar al mismo presidente, a los mismos líderes de la oposición y a la misma gente una y otra vez, dígannos qué hacemos», declaraba esta semana Rania Abdallah, que hace cinco años encabezó manifestaciones contrarias a las legislativas.

Presión estadounidense

En 2005, a pesar de las numerosas irregularidades perpetradas siempre a favor del partido gobernante, y que fueron rechazadas por la Comisión Electoral, no faltó el beneplácito de EE.UU. El entonces portavoz de la Casa Blanca, Scott McClellan, destacó el «importante paso adelante al celebrar elecciones multipartidistas, competitivas, justas y completamente libres».

La importancia de Egipto como estabilizador de la región y su actual relación con Israel son fundamentales también ahora para Washington, aún a riesgo de ser acusado de mirar para otro lado ante la escandalosa falta de libertad política y de transgresión a los derechos humanos. La Administración de Barak Obama ha hecho el fallido intento de introducir observadores y para algunos, como el activista Hossam Naguib, sólo si hay presión norteamericana habrá una oportunidad para Egipto.

«Ya hemos visto el declive del éxito de los Hermanos Musulmanes, y muchos jóvenes quieren involucrarse [en el cambio político], pero no hay ninguna esperanza en este punto. Quizás, si Estados Unidos empieza a hablar sobre la necesidad de más voces, entonces esa esperanza crecerá, para mí y otros como yo», asegura.