Qatar, lujo sin democracia
Una mujer pone una flores en un parque de Doha, en memoria de las víctimas del incendio del centro comercial - reuters

Qatar, lujo sin democracia

Es uno de los Estados más ricos del planeta; exporta la revolución árabe a través de su diplomacia y de la cadena Al Yasira, pero no se interesa por las libertades políticas de sus propios ciudadanos

enviado especial a doha Actualizado: Guardar
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Apenas son las doce del mediodía y el mercurio marca ya los 48 grados. En las calles de Doha, capital de Qatar, la revolución que en el último año ha sacudido las entrañas del mundo árabe camina ajena a su población. Quizá no sea tiempo para exaltaciones ni sudores innecesarios.

La configuración demográfica tampoco es que ayude demasiado. En la actualidad, de los apenas dos millones de almas que componen este pequeño país del Golfo, cerca del 80 por ciento son inmigrantes (originarios, principalmente, de la India, Nepal, Bangladesh o Filipinas).

El 80% de los habitantes de Qatar son inmigrantes

Éste es el caso de Raghu Kabir, un expatriado nepalí que aterrizó en la región hace siete años y cuyos ingresos mensuales se limitan a los 900 riales (algo menos de 200 euros) por una jornada laboral que se prolonga desde las siete de la mañana hasta el anochecer. «En mi país no hay futuro. Aquí el trabajo —esté bien o mal pagado— sobra en todas partes», asegura a ABC este joven que roza la treintena.

Su situación no es insólita. A pesar de constituir el 99 por ciento de la fuerza laboral en el sector privado (más de 500.000 almas, solo en la construcción), los trabajadores inmigrantes que viajan a Qatar sufren serios recortes en sus derechos laborales, como la imposibilidad de asociarse en sindicatos u organizar huelgas.

Un ejemplo evidente de este abuso es la «kafala», que vincula la residencia legal de un trabajador extranjero a su empleador o «patrocinador», lo que impiden que éstos puedan cambiar de trabajo sin el consentimiento de su capataz. O incluso, abandonar el país.

Doble discurso

Sin embargo, la doble moral de uno de los Estados más ricos de la tierra —renta per cápita cercana a los 65.000 euros anuales—, no se limita al terreno laboral. Porque en este faraónico imperio en el que las pirámides han dejado paso a los rascacielos, la alfombra roja esconde algunos cadáveres morales.

Mientras que en el último año el Gobierno de Doha ha bombardeado los hogares de Oriente Próximo con las imágenes de las revueltas en Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria (Hamad bin Thamer, presidente de la emisora televisiva Al Yasira, es familiar directo del jeque qatarí), el poder absoluto de la dinastía Al Thani se extiende desde hace casi 200 años. Y pese a la total ausencia de partidos políticos, nadie rechista.

«¿Para qué queremos democracia, si tenemos el estómago lleno?»

«¿Para qué queremos democracia, si tenemos el estómago lleno?», asegura a este diario Ismail bin Khaled, quien regenta un negocio de venta de automóviles (de lujo, para más inri).

Al bueno de Khaled puede que no le falte razón. En la última década, la creciente demanda de gas natural —terceras reservas mundiales en el territorio bajo nuestros pies— ha permitido a este emirato desarrollarse a una velocidad vertiginosa, configurando una Disneylandia irreal, sin las molestias de tener que celebrar comicios electorales.

«A tan solo unos kilómetros Bahréin sufre la violencia sectaria, los Emiratos Árabes Unidos encarcelan a disidentes, Arabia Saudí está en crisis... Nosotros solo queremos disfrutar de nuestra paz. El Gobierno es para los monarcas», se sincera este qatarí.

Eso sí, el lenguaje bélico de cara al exterior es ya otra cosa. De forma paralela al incremento de su popularidad entre la población, la voz pública del imperio Al Thani eleva su peso internacional.