El presidente de la Argentina, Mauricio Macri, reconoce la derrota de Juntos Por el Cambio - EFE / Vídeo: EuropaPress

Macri asume los malos resultados y teme una reacción adversa en los mercados tras su derrota

El pesimismo oficialista contrasta con la euforia del kirchnerismo, que no obstante pide cautela de cara al 27 de octubre

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Sólo un milagro podría revertir la situación. No acertaron las encuestas, se equivocaron los estrategas del Gobierno y los únicos que dieron en el clavo fueron los fantasmas del pasado hechos carne, pero carne ganadora. Los «Fernández», Alberto y Cristina (la viuda de Nestor Kirchner), arrasaron en las primarias argentinas. La ex presidenta y su ex jefe de Gabinete pasaron como Atila por las urnas y dejaron a Mauricio Macri con una derrota humillante. El presidente, como un boxeador sonado, asimiló el golpe que le dejó a quince puntos de la «fórmula» que siente rozar con los dedos el cielo del regreso al poder de la Casa Rosada. Más del 47 por ciento de los votos frente a un 32 convierten el sueño de la reelección de Macri (del FMI, de Estados Unidos y de buena parte de Europa) en una utopía. Los mercados, que habían apostado por el presidente y el dólar emitirán hoy su voto en una plaza que anticipa algo parecido a un terremoto financiero.

«Duele no haber tenido todo el apoyo que esperábamos», «han fallado todas las empresas encuestadoras», pero ahora (por la madrugada pasada) toca ir «a dormir y a empezar a trabajar mañana desde la mañana». El presidente de Argentina asumió la derrota antes incluso de conocerse los resultados oficiales (con horas de retraso) de lo que, en rigor, fue una enorme encuesta electoral. Pero ésta, con votos reales, es algo más y parece anticipar una primera vuelta de las elecciones, el 27 de octubre, con unos ganadores claros que no son ni él ni Miguel Angel Pichetto, el peronista con el que se alió en Juntos por el Cambio. Los números no engañan y si estos se mantienen no haría falta ni siquiera un balotaje para ratificar la victoria del Frente de Todos. En Argentina es suficiente con superar el 45 por ciento y tener una ventaja de 10 puntos sobre el siguiente para poder proclamarse Presidente. Y eso es, exactamente lo que sucedió en la noche más negra de Macri.

La crisis económica, principal razón

El fracaso se explica por muchas razones y prácticamente todas terminan en la famosa frase atribuida a Bill Clinton: «Es la economía, estúpido». Los argentinos no perdonan cuatro años de inflación galopantes con una perdida brutal de poder adquisitivo y un dólar, su moneda de ahorro, por las nubes. Frente a eso la corrupción de los doce años del kirchnerismo carece de valor. Algo parecido deben pensar los jueces, un cuerpo salpicado hasta las entrañas que ahora estará pensando qué hacer con la lista de juicios que tienen a la ex presidenta en el banquillo. En cualquier caso, con ella como vicepresidenta y Alberto Fernández con la «birome» (boligrafo) presidencial de los indultos en la mano, tendría garantizado el futuro lejos de la sombra de una celda. Ironías de la historia, a estas horas debe ser Mauricio Macri el que pierda el sueño con el previsibles cambio de veleta de unos jueces que, en buena medida, no suelen tener escrúpulos para reflotar causas que consideraban pérdidas cuando los acusados están en el poder, un espacio que hoy parece alejarse para él. Macri tiene un doble desafío ahora, mantener la gobernabilidad e intentar una remontada cercana a lo imposible.

Euforia peronista

Alberto Fernández estaba, con razón, pletórico. «Nunca fuimos locos gobernando. Siempre arreglamos los problemas que otros generaron». Desmentido por el pasado más reciente poco importaban las palabras mientras están se traduzcan en votos. «Vamos a empezar una etapa nueva que es lo que queda de la elección. Que los que están intranquilos no se intranquilicen». A más, a más, siguió: «Los argentinos entendieron un mensaje que decía que nuestros abuelos tiene derecho a tener salud y un ingreso como el que corresponde y que vamos a pagarlo antes de seguir regalándole a los bancos intereses que no deben ir allí sino al progreso de nuestros jubilados». Los banqueros temblaban, los organismos financieros internacionales como el FMI deben tener un nudo en el estómago después de blindar con créditos sin precedente a Argentina y «los abuelos» que nunca disfrutaron de ese estado de bienestar cuando los Fernández eran el poder habrá que adivinar que piensan.

No hay palabras o parecía no haberlas en los labios de María Eugenia Vidal. La gobernadora de Buenos Aires, territorio con cerca del 40 por ciento del padrón, que da o quita la Presidencia se quedó muda. Su derrota fue aún más contundente que la de Macri y el adversario que la asestó un emblema del kircherismo en estado puro, Axel Kicillof. El ex ministro de Economía de Cristina Fernández, el primero en inaugurar en el siglo XX una inflación del 40 por ciento, supero el 49 por ciento de los votos y ella, la esperanza blanca del macrismo se estancó en poco más de un 32 por ciento.

Con las cartas sobre la mesa de las PASO (Primarias Abiertas Obligatorias y Simultáneas) otro ex ministro de Economía, Roberto Lavagna se metía en el bolsillo el 8 por ciento de los votos, «somos, definitivamente, la tercera fuerza» proclamó.

El único alivio para Mauricio Macri fue la ciudad de Buenos Aires, su antigua casa. El actual jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, se impuso con un 46 por ciento de los votos a Matías Lammens que logró el 31 largo. Bastión del macrismo fracasar ahí habría hundido el sueño de una recuperación o remontada que hoy parece imposible.