Jamal Khashoggi en una rueda de prensa en Bahréin en 2014 - AFP / Vídeo: Las claves del caso Khashoggi, en vídeo

Khashoggi, el plebeyo que quiso reinar

El periodista saudí asesinado en Estambul brilló en el periodismo, y terminó en el exilio por sus ataques pertinaces a la dinastía de los Saud

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Las circunstancias que presuntamente rodearon la muerte de Jamal Khashoggi tienen todos los elementos del cine de terror. Pero la vida del periodista disidente saudí contiene trazos de epopeya, que en muchos momentos se identifican con el pulso del turbulento Oriente Próximo antes y después del Once de Septiembre. Khashoggi estuvo al frente de varios proyectos periodísticos que pretendieron, sin éxito, cambiar la fisonomía de un Estado absolutista medieval, regido por la secta quizá más fundamentalista del islam, la wahabí. Quiso influir en la trayectoria de Osama bin Laden. Trabajó para los servicios de inteligencia saudíes bajo la cobertura de su trabajo como corresponsal en las guerras árabes. Defendió en sus comienzos el actual régimen de los Saud –pero el «moderado» anterior a 1979– y acabó fundando en el exilio un partido democrático y atacando ferozmente al nuevo «hombre fuerte» saudí, el Heredero Mohamed bin Salman.

Jamal Khashoggi no tenía sangre azul –su abuelo procedía de Turquía, donde, paradójicamente él habría muerto este mes– pero su voz en Twitter, con casi dos millones de seguidores, fue la más influyente y la que gobernaba en las redes sociales.

Khashoggi hubiera cumplido 60 años el pasado 13 de octubre, once días después de su misteriosa desaparición en el interior del Consulado saudí de Estambul, adonde había acudido a resolver los trámites para su matrimonio con una ciudadana turca. Su abuelo Muhammad, que procedía de la península de Anatolia, emigró a Arabia Saudí y fue médico personal del fundador de la dinastía Saud, el Rey Abdulaziz. Jamal era pues un saudí de tercera generación, no tenía sangre azúl –en un país donde pertenecer al club de los 25.000 miembros de la Familia Real es requisito para cualquier alto cargo–, pero derrochaba ambición. Y la canalizó a través del periodismo. Después de estudiar un grado universitario en Administración de Empresas en la universidad estatal norteamericana de Indiana, la carrera de Jamal Khashoggi, ya de vuelta en Arabia Saudí a mediados de los 80, se sumergió definitivamente en los medios de comunicación de su país.

Los primeros diarios saudíes para los que trabajó como corresponsal le dieron la posibilidad de viajar por toda la región, asistir a la derrota de la Unión Soviética en Afganistán y pulsar el auge del islamismo y la yihad. Jamal sentía la llamada de la reforma, y en 2003 lo demostró tras ser nombrado director del primer diario saudí, «Al Watan». Duró menos de dos meses: una columna autorizada por él, en la que se criticaba a un teólogo radical del siglo XIII, considerado padre del wahabismo, ocasionó su despido inmediato.

Jamal se autoexilió en Londres donde trabajó de asesor de un influyente príncipe y diplomático, Turki al Faisal. Su acercamiento a las instancias del poder le valieron otro segundo periodo como director de «Al Watan» en 2007. Solo duró tres años: en 2010 autorizó un artículo crítico del sistema social salafista impuesto por el clero wahabí en Arabia Saudí, y fue de nuevo forzado a dimitir.

Era el momento de intentarlo con la televisión, y para ello logró entusiasmar al príncipe multimillonario saudí Alwalled bin Talal con el proyecto de lanzamiento de un canal de noticias 24 horas dirigido al mundo árabe. Al Arab trataría de competir con la catarí Al Yasira –muy popular pero próxima al islamismo– y con la saudí Al Arabiya –controlada por el gobierno de Riad– para adoptar una posición intermedia, independiente y moderada. Debido a la prohibición saudí, la nueva televisión tenía que tener su base en el pequeño emirato de Bahréin. Allí comenzó, y duró menos de once horas en el aire. El Gobierno de la isla, controlado por la minoría suní y tutelado por Riad, cortó la señal cuando comprobó que uno de los primeros invitados de Al Arab era el líder opositor, perteneciente a la mayoría chií.

Tras la fallida operación del canal televisivo, en 2015, la trayectoria y ambiciones periodísticas de Khashoggi dentro del Golfo Pérsico parecían acabadas. Pero su colaboción con el magnate Bin Talal, que a su vez recibió apoyo del poderoso canal norteamericano de información financiera Bloomberg, dio al periodista saudí notoriedad internacional. Su presencia era habitual en programas y tertulias sobre la actualidad del mundo árabe en los principales foros mediáticos. Al mismo tiempo, Jamal Khashoggi trataba de restaurar sus relaciones con los miembros de la Familia Real saudí rivales del monarca.

Todo se fue al traste en junio de 2017. En un movimiento inesperado promovido por la camarilla del Rey Salman, el monarca forzó la renuncia del Príncipe Heredero, su sobrino Bin Nayef, para situar en la línea sucesoria a su hijo Mohamed. Dada la frágil salud de Salman, el golpe de palacio supuso en la práctica la llegada al poder del joven príncipe, saltándose los consensos internos en la Familia Real.

Jamal Khashoggi volvió a emprender de nuevo el autoexilio ese mismo mes, esta vez en dirección a Estados Unidos. Consiguió la residencia y prosiguió con sus colaboraciones internacionales, en particular con un artículo periódico en «The Washington Post»; una circunstancia que no le blindó frente a los deseos de venganza de Riad, pero sí explica en parte la resonancia mundial que está obteniendo su macabro asesinato en Estambul.

Los artículos de Jamal Khashoggi en el «Post» marcaron la ruptura definitiva con sus primeras convicciones en torno a la posibilidad de reformas moderadas en la superpotencia petrolera, a la vez patria espiritual del islam como guardiana de La Meca y Medina.

El periodista exiliado atacó de modo especialmente virulento la campaña militar del Heredero saudí en Yemen, la ruptura y bloqueo a Qatar impulsada por Riad y la disputa con el Líbano. En materia social, abogó por la igualdad de derechos entre hombre y mujer –con una campaña en favor de la liberación de líderes feministas saudíes– y la libertad de expresión, asunto al que dedicó su último artículo póstumo en el «Post». Khashoggi fue, sin duda, la voz más afilada y más seguida en los medios internacionales en su propósito de denunciar al nuevo «hombre fuerte» de Arabia Saudí. Hasta su desaparición el pasado 2 de octubre.

Algunas de las curiosidades de la vida de Jamal Khashoggi, que no le libraron de la sentencia de muerte, le relacionan con varios de los personajes saudíes más mediáticos en Occidente. El malogrado periodista disidente era sobrino de Adnan Khashoggi (1935-2017), el gran traficante de armas y uno de los hombres más ricos del mundo en los años 80, propietario de una mansión en Marbella y estampa habitual de los veranos cuando atracaba su yate «Nabila» en Puerto Banús.

Jamal Khashoggi era además primo de otro protagonista de la prensa del corazón: Dodi al Fayed, última pareja de la Princesa Diana de Gales, con la que murió en un accidente de coche en París.

Las amistades personales le vincularon además con el líder de Al Qaida, Osama bin Laden, al que Jamal conoció y entrevistó varias veces durante la campaña de los yihadistas contra la Unión Soviética en Afganistán, en los años 80 y 90, y una vez más en Sudán en 1995. Fuentes saudíes, citadas por el canal Al Arabiya, afirman que Khashoggi colaboró con los servicios de inteligencia para tratar de reconciliar al líder de Al Qaida con la Familia Real saudí, sin éxito. Años después, y tras los atentados del 11-S, el periodista saudí denunció públicamente el uso de la violencia terrorista contra civiles, y rompió su relación con Bin Laden. La ruptura definitiva con el islamismo no se produjo, no obstante, hasta este año, cuando Khashoggi anunció la creación de una «plataforma democrática árabe».