Imagen de archivo de Hosni Mubarak
Imagen de archivo de Hosni Mubarak - REUTERS

El «faraón» egipcio Hosni Mubarak queda en libertad seis años después de las protestas que lo destronaron

Fue absuelto por la justicia egipcia el pasado 2 de marzo de forma definitiva tras ser acusado por la muerte de manifestantes durante las revueltas populares de principios de 2011

El Cairo Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Dieciocho días de revueltas bastaron para hacer caer a Hosni Mubarak, «faraón» que se perpetuó durante 30 años en la presidencia egipcia. Seis años más tarde y tras un rosario de procesos judiciales que terminaron el pasado 2 de marzo con su completa absolución, el autócrata egipcio ha salido de la cárcel y regresó la mañana del viernes a su palacete en un barrio acomodado de El Cairo, cerrando el último capítulo de la fallida revolución egipcia.

Una semana después de que el fiscal ordenara su liberación, y tras ser declarado inocente de la muerte de 296 manifestantes en las revueltas de la plaza Tahrir, Hosni Mubarak regresó a su casa en Heliópolis con gran sigilo y fuertes medidas de seguridad, según ha confirmado su abogado Farid El Dib. Aunque de momento no podrá salir del país al tener pendiente una causa abierta por corrupción, el casi nonagenario recibirá compensación como «jefe de Estado retirado» y pasará los próximos días en la mansión que comparte con su mujer, adquirida mediante turbios tejemanejes y a cuyas reformas el expresidente y sus hijos desviaron 125 millones de libras erario público. Éste es el único crimen por el que Mubarak ha sido condenado: en 2015 recibió la sentencia de tres años de cárcel, que la fiscalía ha considerado «cumplidos» en detención preventiva, que el mandatario ha pasado en un hospital militar, debido a su delicada salud.

Mubarak (que gobernó de 1981 a 2011) fue el primer líder árabe en sentarse ante la Justicia en su propio país, en lo que fue conocido como «el juicio del siglo». En aquel entonces, los egipcios que observaban atónitos la estampa del ‘rais’ al que habían temido durante décadas en una camilla en la jaula de los acusados, creían que habían hecho historia.

De cadena perpetua a la absolución

Aunque Mubarak fue inicialmente condenado a cadena perpetua en 2012 por la brutal represión de las protestas contra su gobierno que se saldaron con más de 800 muertos, más tarde un tribunal consideró nulo el veredicto, aduciendo fallos en el procedimiento. Mientras Mubarak esquivaba la cárcel y pasaba sus días de detención en un hospital militar de Maadi, con un régimen privilegiado según declaraciones de sus allegados, los militares volvían a tomar el control tras la asonada contra el islamista Mohamed Morsi. En 2014, ya con Abdelfatah Al Sisi en la silla presidencial y tras una campaña de rampante represión contra no sólo partidarios de los Hermanos Musulmanes, sino contra cualquier tipo de activismo u oposición y que ha empujado a centenares de egipcios a la cárcel, el tribunal declaró a Mubarak inocente de todos los cargos, una decisión ratificada a principios de mes.

Frente a la oleada de esperanza en la Justicia que representó la detención y enjuiciamiento de Mubarak, su liberación «demuestra el completo fracaso del sistema judicial egipcio en señalar responsabilidades de cargos públicos por la muerte de casi 900 manifestantes», apuntan desde el Instituto Tahrir para Políticas de Oriente Medio. «Nos revelamos, pero no éramos conscientes de todo lo que había detrás de Mubarak, de toda la maquinaria», señaló a este periódico el activista Tarek el Shabry. Y la maquinaria está controlada por el Ejército y agencias de seguridad. Mientras centenares de jóvenes egipcios, incluidas caras conocidas de la revolución, languidecen en las cárceles, en los últimos años partidarios del depuesto presidente Mubarak han regresado, muchas veces tras pagar tan sólo una simbólica multa, a la vida pública.

No se esperan protestas por la liberación de Mubarak. La crisis económica, el aumento del terrorismo, la inflación, el desempleo y el miedo a ser objetivo de la celosa y brutal policía y servicios secretos, a los que ONG locales acusan de renovadas torturas y desapariciones forzadas, han ahogado los deseos de «justicia social» que gritaron en la plaza Tahrir.