Entrentamiento entre partidarios y detractores del Brexit, en una imagen de archivo - Afp / Vídeo: Cinco pesos pesados del Partido Conservador dan un paso al frente para suceder a Theresa May

La división por el Brexit acaba con la flema británica

Llamar «traidor» a otro es moneda corriente y los políticos son atacados o insultados en el epílogo de Theresa May

LondresActualizado:

«Estos diputados partidarios de la permanencia conspirando abiertamente para evitar el Brexit todavía no lo entienden. Tenemos que asegurar que apoyamos al Partido del Brexit para salvar nuestra democracia y convertir a Nigel (Farage) en primer ministro. Traidores de todos los partidos se unirán para detener la salida sin acuerdo. Si hay unas elecciones, tenemos que ir a por esos cabrones y evitar que gobiernen».

Una búsqueda en Twitter sobre el uso reciente del adjetivo traidor en Reino Unido detectaba esa cita, el mensaje escrito por un taxista «jubilado y feliz», que pide a sus seguidores en Twitter –cuatro gatos– que se movilicen para que los traidores pierdan sus escaños en unas elecciones no parece grave. Pero la acusación de traición se ha extendido como el fuego en el dilema nacional del Brexit y hay precedentes graves.

Una diputada laborista, Jo Cox, ya fue asesinada días antes del referéndum europeo, en junio de 2016, por un hombre de 51 años, Thomas Mair, que vivía en su circunscripción, tenía conexiones con grupos nazis y un historial de problemas psiquiátricos; y otro militante de grupos nazis, Jack Renshaw, de 23 años, fue condenado la pasada semana a 20 años de cárcel por planear el asesinato de otra diputada laborista, Rosie Cooper.

Delitos de odio

Aunque acusaciones de traición ya se oyeron en 2016 –por ejemplo, cuando aparecía en una película de la campaña por el Brexit la imagen de Edward Heath, primer ministro que dirigió el ingreso de Reino Unido en la entonces Comunidad Económica Europea–, el estancamiento de la negociación sobre la marcha de la Unión y luego de la aprobación en el Parlamento del Acuerdo de Retirada ha provocado pasiones expresadas con rudeza.

Mark Hamilton, responsable de delitos de odio en la coordinadora nacional de los cuerpos regionales de Policía (NPCC), pedía hace unos días a los políticos que moderasen su lenguaje por la existencia de una «atmósfera extraordinariamente febril». Según datos oficiales –muy discutidos por las dificultades de definición y de contabilidad de las denuncias–, entre marzo de 2017 y marzo de 2018, los delitos de odio habrían aumentado un 17% con respecto al año anterior, hasta 94.000.

Se dan incidentes cotidianos en la campaña del líder fascista, Tommy Robinson, que quiere ser eurodiputado por Warrington y apoya a otros candidatos del Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP), al que se ha asociado, porque grupos locales antifascistas se interponen en su camino. La Policía tiene que intervenir para evitar que haya incidentes graves.

Ataques a Nigel Farage

Robinson fue atacado mediante el lanzamiento de un batido a su ropa y el líder del Partido del Brexit, Nigel Farage, a quien no puede describirse como fascista según la acepción histórica de ese adjetivo, también ha sido cazado con la misma arma o ha tenido que refugiarse en un autobús para no ser acatado por lanzadores de batidos. Un profesor de psiquiatría lanzó agua a un conocido militante de la permanencia, Femi Oluwole, y amagó con golpearle con el asta de su bandera británica, cuando entraba en un mitin de Farage.

Las diputadas parecen ser víctimas de mayor abuso, tanto en las disputas internas del Partido Laborista como sobre el Brexit. Scotland Yard ha destinado un policía a asesorar a diputadas sobre la respuesta a amenazas o en situaciones con peligro. Entre otras, Ann Soubry, disidente conservadora y ahora diputada del europeísta Change UK, lleva una cámara en su atuendo para permitir investigaciones y posibles denuncias.

Grotesca era la estampa de una mujer filmando esta semana al «tory» David Davies, partidario del Brexit, mientras le llamaba «mentiroso» y «traidor» en el exterior del Parlamento. Más que crisis de seguridad –el europeísta Kenneth Clarke decía esta semana que, en comparación con lo que ocurre en otros países, estos ataques y acosos no son graves–, el mandato de May concluye con una pérdida de autoestima por el desprestigio de las cortesías y una polarización de opiniones en la política y en la sociedad.