El barco que acabará con Gadafi

Una reportera de ABC viaja en el pesquero cargado de armas que traslada a un grupo de combatientes desde Bengazi para luchar en Misrata

LAURA L. CARO
ENVIADA ESPECIAL BENGASI / MISRATA Actualizado:

Es muy embarazoso subirse a un barco lleno de combatientes rebeldes con 39 horas de navegación por delante hasta Misrata y que uno de ellos mencione en voz alta que a los suyos los está matando Gadafi con bombas de fabricación española. Apenas hablan una palabra que no sea árabe, el coronel prohibió los idiomas en las escuelas, pero Omar se esfuerza para hacerse entender nítidamente en inglés “Spain” y “2007”. El año en que el Gobierno vendió a Libia las bombas de racimo disparadas hace diez días sobre Misrata. Y Omar explica con ayuda de otro que chapurrea italiano que tiene allí dos hermanas, no sabe si vivas o muertas, y que va a ir a buscarlas nada mas llegar, antes de irse a las calles a luchar contra “los mercenarios” leales al dictador. Se hace el silencio.

La mitad de los treinta jóvenes libios embarcados para ir a pelear a esa ciudad, el frente más feroz de esta guerra tras ocho semanas bajo asedio, también tienen la misión de saber qué ha sido de sus familiares. Perdieron la comunicación hace semanas. El suegro del patrón, Mohammed Al Ghasah, fue capturado en el centro de la ciudad el 15 de febrero, el mismo día del levantamiento. No tienen ninguna esperanza de volverle a ver.

El “Ahdar” en el que viajamos es un pesquero vetusto, lento y pequeño, tan a merced de las olas que cuesta mantenerse en pie desde que salimos de puerto de Bengasi, el viernes a las seis y media de la tarde. La primera noche la mar golpeó con tal saña que fue necesario tirar de la popa medio inundada parte de la carga, que es sobre todo de patatas y armas. Son armas ligeras envueltas en esterillas, en su mayoría kalashnikov sacados de los arsenales capturados al régimen para utilizar ahora en la guerra urbana de Misrata. Hay docenas. Por todas partes. Y chalecos baratos anti fragmento, y toneladas de munición. También se transporta “otro material bélico pesado” tapado con sacos, pero no se detalla “para no dar información a Gadafi”.

Las víctimas de la zozobra nocturna fueron, naturalmente, 1.500 kilos de tubérculos que acabaron por la borda y, en otra medida, los muchachos que terminaron empapados, vomitando y con un mareo agarrado a la boca del estómago que ya no se quita. La sensación de náusea es permanente y amarga la cara. Pero aquí nadie se queja. Van a “liberar a Libia de Gadafi”, y algunos como Othman D, -que con 28 años ha dejado su esposa y su vida confortable de ingeniero informático en Noruega para venir a luchar-, juran que no abandonarán Misrata hasta conseguirlo.

«¿No han visto los ahorcamientos?»

Othman viste algo parecido a un uniforme de camuflaje bosque estilo militar recién estrenado y un chaleco repleto de granadas de mano que revisa con curiosidad. Tiene pinta de no haber tirado de la anilla de una en su vida. Muftah, que lleva con orgullo un machete en el cinturón y un pañuelo palestino, tampoco. Aunque partimos de Bengasi al grito de “Allah uk Akbar” (Alá es el más grande) y muchos de ellos lucen barbas a la islámica, nadie reza en todo el viaje. “Esto no es una lucha de fanáticos como han querido hacer creer, si Hillary Clinton fuera hombre y llevara cuatro semanas sin nada para afeitarse, también tendría barba como nosotros”, defiende un tal Ashraf, traducción del capitán del navío por medio. Y entonces, en el vacío de estas horas de vigilia previas a su entrada en la batalla, surgen las historias de 42 años de tragedias sufridas casi a puerta cerrada con Gadafi, las historias que ahora les empujan al frente.

“¿Ustedes no veían en Europa los ahorcamientos... cuando ese enfermo mandaba colgar a uno y ponía delante a sus padres, y a la madre la obligaba a celebrar la muerte con agárgolas, como si fuera una boda, porque si no a ella la mataba también?, –pregunta Ramadán, un maestro padre de un hijo, que habla como en cámara lenta, quizás anestesiado por el malestar-, ¿Cómo no lo veían?, el nos lo ponía en la tele libia, sin parar... ¿todavía se preguntan que por qué luchamos?”.

Cualquier cosa antes de caer vivos

Tan poco acostumbrado estar a maldecir al coronel que no les salen los insultos ni en árabe. “Una palabra mal dicha, y acababas en la cárcel tu y toda tu familia”, recuerda el patrón. Pero hasta los crímenes, las torturas y las desapariciones de cuatro décadas palidecen al lado de las penalidades que se cuentan de Misrata. “Los nuestros han cogido a casi dos mil mercenarios de Chad, de Mali, dos de Colombia, de Serbia, ¿qué llevan en los bolsillos? dinero, 1.000, 2.000 o 10.000 dólares que les ha pagado Gadafi dependiendo si son o no de élite... y viagra, de la más fuerte, para violar a las mujeres... a las niñas ”, añade Mohammed Al Ghasah. Y confiesa que, en Bengasi, donde está su casa y sus cinco hijos, ha dejado a su mujer un paquete con orden de que lo prenda fuego si en estos días en que el no está llegaran “los hombres” del dictador. “Es dinamita, -susurra-, pero ella no lo sabe... cualquier cosa antes de que los cojan vivos”.

En las horas eternas y pesadas del pesquero renqueante, los muchachos devenidos en combatientes agachan la cabeza y callan.