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Atentado frustrado contra un avión de pasajeros en pleno vuelo rumbo a Detroit

ANNA GRAU | NUEVA YORK
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La gran pregunta es: ¿pertenece a una célula organizada de Al Qaida el nigeriano de 23 años que ayer trató de volar un avión con 278 pasajeros sobre el aeropuerto de Detroit... o es un iluminado con vínculos extremistas pero que va por libre? La Policía investiga, la seguridad en los aeropuertos se incrementa y el presidente Obama se mantiene informado en su retiro vacacional de Hawai, pero sin alterar de momento su agenda.

La historia de Abdul Faruk Abdulmutallab recuerda a la de Richard C. Reid, quien en diciembre de 2001 trató de hacer estallar unos explosivos que llevaba ocultos en sus zapatos en un vuelo de París a Miami. Fue reducido por una azafata que le sorprendió tratando de prender una cerilla y que, sin pensárselo, le propinó un par de sopapos impidiéndole culminar la operación. Los que presenciaron aquella escena la recuerdan como ridícula de no ser por la gravedad real de la amenaza. Podían haber volado todos por los aires. Desde Reid es preceptivo quitarse los zapatos antes de embarcar en cualquier avión en EE.UU.

Es sólo un ejemplo de cómo en la actualidad las amenazas terroristas van desde los complots más minuciosos y mejor organizados hasta el llanero solitario que casi improvisa sus crímenes.

Terroristas accidentales

Hace tiempo que el FBI dedica recursos extraordinarios a seguir la pista de estos terroristas accidentales o imprevistos, los más difíciles de detectar. Internet es campo fértil de inspiración para marginales y descontentos, que encuentran en el incendiario lenguaje de Al Qaida una exaltación y un argumento. Bastan entonces tres o cuatro contactos y el acceso a explosivos para provocar una terrible desgracia.

¿Es el caso de Abdul Faruk Adbulmutallab? El nigeriano insiste en proclamarse miembro de Al Qaida con todos los honores, y afirma que obtuvo el explosivo en Yemen, donde se lo facilitaron «con manual de instrucciones y todo». La Policía británica ha efectuado ya varios registros en Londres -uno de los centros neurálgicos europeos del activismo islámico-, donde Adbulmutallab estudió durante un tiempo. El presunto terrorista podría ser además hijo de un banquero nigeriano retirado.

Pero sea cual sea el «background» del terrorista, lo que nadie entiende es cómo pudo abordar en el aeropuerto de Schiphol, en Amsterdam, un avión de pasajeros con destino a Detroit llevando explosivos pegados a sus muslos sin que nadie lo detectara. Portaba asimismo una jeringuilla para hacer la mezcla final a bordo y provocar la ignición.

El héroe, Jasper Schuringa

Como en el caso de Reid, fue detectado cuando sus movimientos llamaron la atención. En este caso fue otro pasajero, Jasper Schuringa, el primero en ver algo que parecía estar en llamas y que salía de entre las piernas de Abdulmutallab. No vaciló en arrancárselo y, al darse cuenta de lo que era, en arrancarle los pantalones. Para entonces ya eran varios miembros del pasaje los involucrados en el esfuerzo de reducir al terrorista. Cuando Schuringa reapareció ante el resto del pasaje, con las manos quemadas pero resplandeciente de alivio, todo el avión le aplaudió.

El aparato aterrizó rodeado de coches de la Policía. Todo el equipaje y hasta el último pasajero fueron cuidadosamente inspeccionados mientras los tres heridos, incluido el atacante, eran trasladados al hospital Ann Arbor de Michigan. Abdulmutallab presentaba quemaduras graves en las piernas.

Inmediatamente fue informado el presidente. La Casa Blanca emitió un comunicado, pero Obama eludió interrumpir sus vacaciones, probablemente para evitar que se desate el pánico a volar en las fiestas. Ya bastante malo es pensar en las molestias extraordinarias que aguardan a los infortunados viajeros. Aunque oficialmente se niega haber incrementado el nivel de alarma nacional, ha vuelto hasta su segundo punto más alto posible desde 2006.