Obama: «Mi deseo es no repetir los errores de Irak»
El presidente estadounidense, Barack Obama, durante una comparecencia este miércoles en Estocolmo - afp

Obama: «Mi deseo es no repetir los errores de Irak»

El presidente de EE.UU., que este jueves llega a Rusia para la cumbre del G-20, afirma que en el ataque a Siria está en juego «la credibilidad del mundo»

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El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, afirmó ayer que no es la credibilidad de Estados Unidos sino la de «toda la comunidad internacional» la que está en juego si no se castiga al régimen sirio por el supuesto ataque con armas químicas del pasado 21 de agosto.

Obama se mostró «seguro» de que Bashar al Assad está detrás de aquel ataque, y dijo que EE.UU. ha reunido pruebas a través de comunicaciones interceptadas y otras «evidencias».

«No estoy interesado en repetir los errores cometidos en Irak por culpa de malas informaciones (en referencia a las supuestas armas de destrucción masiva de Sadam). Pero puedo decir con total seguridad: se han usado armas químicas», afirmó Obama en una rueda de prensa conjunta con el primer ministro sueco, Fredrik Reinfeldt, en su primera visita oficial a Estocolmo y antes de su viaje de hoy a San Petersburgo para participar en la cumbre del G20.

El presidente restó importancia a los trabajos de investigación de la ONU en el terreno. Para el primer mandatario norteamericano, esa investigación, cuyo resultado se sabrá en unas semanas, no permitirá conocer qué parte está detrás del ataque, porque esa cuestión está fuera de sus parámetros. Por esa razón, Obama dijo estar convencido de la necesidad de un ataque «limitado», pero ya.

Batería de argumentos

Para el presidente de la superpotencia, el mundo no puede permanecer «en silencio» después del ataque con armas químicas en Bagdad, pues se cuestionarían las normas internacionales y se podrían repetir ataques similares, lo que a la larga haría que el planeta fuera «menos seguro».

Ese argumento fue el que usó para mostrarse confiado en que el Congreso estadounidense aprobará su plan de ataque a Siria, cuando se reúna el próximo lunes. El actual consenso apunta a ello. Los líderes republicanos de la Cámara baja apoyan el ataque, y el comité de Exteriores del Senado aprobó ayer un borrador, en el que se concede a la Casa Blanca la posibilidad de atacar Siria durante 90 días «sin tropas sobre el terreno».

En Estocolmo, la la cuestión de Siria volvió a ser tratada por la noche en una cena con Reinfeldt y otros cuatro mandatarios nórdicos, que, con la excepción de Dinamarca, defienden junto con Suecia la vía de la aprobación del ataque por parte del Consejo de Seguridad de la ONU.

Antes de la cena en el palacio de Sager, residencia oficial del jefe de Gobierno sueco, Obama y Reinfeldt visitaron la sinagoga de Estocolmo y el Real Instituto de Tecnología. Obama honró en la sinagoga la memoria del diplomático sueco Raoul Wallenberg, que salvó a miles de judíos del holocausto.

Mientras Obama desarrollaba su apretado programa, miles de personas participaban en distintas concentraciones convocadas en Estocolmo contra la presencia en Suecia del presidente de EE.UU. y que debían confluir en una zona céntrica de la capital.

La visita de Obama a Suecia fue anunciada hace un mes, después de cancelar la reunión que tenía prevista mantener con su homólogo ruso, Vladimir Putin, al conocer que Moscú había concedido asilo al extécnico de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense Edward Snowden.

Tras abandonar Suecia, Obama continuará hoy viaje a San Petersburgo para participar hoy y mañana en la cumbre del G20, donde está previsto que mantenga varias reuniones bilaterales para intentar sumar más socios a la coalición internacional a favor de un ataque militar contra Siria

El juego de Rusia

En el mundo hubo este miércoles políticos, como el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, que creyeron percibir en la última entrevista del presidente Vladimir Putin, ofrecida a dos medios de comunicación y difundida ayer, un cambio de postura con respecto a Siria. Putin dijo que, si se demuestra que Bashar Al Assad empleó armas químicas contra su población, «no descarto» aceptar una intervención militar en Siria.

Tal posicionamiento no es nuevo para Rusia. El problema es que, hasta ahora, nunca ha considerado concluyentes las pruebas presentadas contra el régimen sirio. El jefe del Kremlin sabe, y lo dijo hace unos días el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, que el dictamen de los observadores que recogieron indicios de sustancias tóxicas en las afueras de Damasco la semana pasada, no podrá establecer con claridad la autoría del ataque. Al menos quedará abierta la posibilidad de cuestionarlo. Como ha hecho siempre Moscú cuando se han atribuido terribles crímenes a Al Assad.

Las pruebas, dijo Putin «deben ser convincentes. No deben basarse en rumores o informaciones obtenidas de escuchas por los servicios secretos». Pero, según su opinión, «surgen otras preguntas. Si se demuestra que fueron los insurgentes quienes utilizaron armas químicas, ¿qué hará EE.UU. con ellos? ¿Qué harán sus patrocinadores? ¿Dejarán de suministrarles armas? ¿Lanzarán operaciones militares contra ellos?».

En otra andanada de declaraciones a pocas horas del comienzo de la cumbre del G20, el presidente ruso advirtió que el Congreso estadounidense «no tiene potestad para autorizar ningún tipo de ataque contra Siria, ya que sería una agresión al no contar con la autorización de la ONU. Y no se puede alegar que sea en defensa propia porque Siria no está atacando a EE.UU.».

«Ahora mismo, el Congreso y el Senado de EE.UU. se dedican a legitimar la agresión y, mientras, todos nosotros nos pegamos al televisor y esperamos si habrá decisión o no. Cuando lo que tendríamos que hacer es hablar de otra cosa, de que eso no es más que un disparate», afirmó Putin.

En San Petersburgo estarán a partir de hoy los principales defensores de un ataque contra Siria, Obama y los primeros ministros de Francia, Reino Unido y Turquía, François Hollande, David Cameron y Tayyip Erdogan. Pero estarán también otros muchos líderes contrarios a tal medida, empezando por el propio Putin, continuando con el máximo dirigente chino Xi Jinping y terminando con las presidentas de Argentina y Brasil, Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff.