La Peste Negra fue una epidemia que azotó al contienente europeo desde 1348 y que originó una de las grandes catástrofes de la historia de la humanidad
La Peste Negra fue una epidemia que azotó al contienente europeo desde 1348 y que originó una de las grandes catástrofes de la historia de la humanidad

Las terribles y devastadoras epidemias del medievo que mataron a los monarcas de la Península

La tuberculosis, la lepra o la peste negra fueron algunas de las enfermedades que acabaron con más de una cuarta parte de la población durante la Europa medieval. Una de las grandes catástrofes humanitarias de la que no se salvaron ni los miembros de sangre real.

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La inmundicia era una realidad en la Edad Media. La llegada del cristianismo sepultó las tradiciones griegas y romanas sobre el cuidado del cuerpo y generó muchos mitos alrededor de la higiene. Por ejemplo, el baño era considerado como una actividad indeseable por Dios. Esto, junto con la paralización de los sistemas de drenaje construidos siglos atrás creó un entorno perfecto para la propagación de enfermedades infecciosas. Un problema que se fue agravando con el resurgir de las ciudades y el desarrollo del comercio.

Escudo de Plagas: la muerte coronada como vencedora. 1607-37, Augsburgo, Alemania
Escudo de Plagas: la muerte coronada como vencedora. 1607-37, Augsburgo, Alemania

Europa fue testigo de las terribles epidemias que asolaron a su población durante el medievo. Cualquiera podía ser víctima de una enfermedad de la que se ignoraba por completo su origen y mecanismo. Estas hicieron de la muerte una realidad muy presente de la que no se libró ni el más rico.

La tuberculosis, la lepra o la peste negra también acabaron matando a reyes y a reinas que, supuestamente, tenían «poderes divinos» que les volvían inmunes. Ni las mejores condiciones materiales, sanitarias y nutritivas de las que gozaban les ayudaron a esquivar las infecciones que recorrían el contienente. Incluso un simple catarro se llevó a más de un miembro de la realeza al otro mundo.

El mal de reyes

En una época bañada por el cristianismo, tanto la enfermedad como el ejercicio de la medicina estuvieron muy ligados a supersticiones. Se practicaron rituales para prevenir o combatir determinadas enfermedades. El «toque real» era una de las formas en la que los gobernantes aplicaban sus supuestos poderes divinos para curar al infectado.

Fue en Francia e Inglaterra donde existió la costumbre de acudir al soberano para recobrar la salud a través de su contacto. En aquella época era muy común el contagio de una enfermedad llamada escrófula o «mal de reyes», que era una forma de tuberculosis en los ganglios linfáticos por la inhalación de una bacteria. Esta dolencia fue la que «trataban» los monarcas; una práctica que se prolongó hasta el siglo XVII.

María I de Inglaterra curando la escrófula. Illustración del Queen Mary's manual for blessing cramp-rings and touching for the Evil, de Levina Teerlinc.
María I de Inglaterra curando la escrófula. Illustración del Queen Mary's manual for blessing cramp-rings and touching for the Evil, de Levina Teerlinc.

Resulta curioso que esos mismos monarcas con poderes también fuesen víctimas de la tuberculosis. Los reinos de la Península Ibérica no quedaron exentos. Sancho IV de Castilla padeció dicha enfermedad y en 1295 falleció con 37 años. Las crónicas relatan que su salud se agravó en sus últimos meses de vida y, consciente de que la muerte estaba próxima, hizo testamento. Dejó a María de Molina como tutora del heredero y menor Fernando IV en una situación de inestabilidad política acusada por el poder de la nobleza.

Un siglo más tarde, Enrique III también sufriría la desgraciada infección. Aunque sus crónicas no mencionen de manera explícita la tuberculosis (al contrario que las de Sancho IV), su estado de debilidad física permite pensar que fue esa enfermedad la que le apartó del trono a los 27 años.

La Peste Negra

Como cabía esperar, no faltan ejemplos de personajes reales que desaparecieron a consecuencia de la que fue, sin duda, la enfermedad más temida del medievo: la Peste Negra. Esta epidemia, que azotó el contienente europeo desde 1348, originó una de las grandes catástrofes de la historia de la humanidad. El mismo Alfonso XI de Castilla fue consciente de ello, tal y como demuestran las crónicas: «Esta fue la primera et gran pestilencia que es llamada mortandad grande». No se había conocido nada semejante y «los vivos apenas eran suficientes para enterrar muertos».

La peste colaboró en la supuesta locura que acompañó a Juana I hasta el final de sus días, ya que Felipe «el Hermoso» fue una de las miles de víctimas que la epidemia se llevó por delante

Según el medievalista Saturnino Ruiz Loizada, la Peste Negra llegó a la Península Ibérica en la primera mitad del siglo 1348, con diversas puertas de entrada (entre ellas, la zona oriental de los Pirineros, los puertos del Levante y el Estrecho de Gibraltar). Atacó a pueblos y ciudades de toda España, como se puede comprobar en «La Peste en los reinos peninsulares» (Libros Pórtico, 2009).

Por su parte, Margarita Cabrera Sánchez, de la Universidad de Córdoba, expone las crónicas que demuestran qué monarcas españoles del medievo fallecieron de Peste Negra. El primero de ellos fue el aragonés Alfonso III, también apodado «el Liberal». Se fue unos años antes de la gran epidemia europea, en 1291, cuando tenía 37 años. Al rey le sorprendió la muerte en medio de los preparativos de su boda con Leonor de Inglaterra.

Alfonso XI de Castilla murió a los 30 años en 1350. En sus crónicas se demuestra la preocupación del monarca en cuanto a la epidemia de peste en la Península Ibérica: « Esta fue la primera et gran pestilencia que es llamada mortandad grande»
Alfonso XI de Castilla murió a los 30 años en 1350. En sus crónicas se demuestra la preocupación del monarca en cuanto a la epidemia de peste en la Península Ibérica: « Esta fue la primera et gran pestilencia que es llamada mortandad grande»

El cronista R. Muntanter hizo alusión a la muerte de Alfonso III y señaló que «le nació una protuberancia en el muslo acompañada de altas fiebres». La referencia a este hinchazón que apareció en el cuerpo del rey permite imaginar que murió de Peste Negra. Muchos años despuñes, en otoño de 1348, la segunda esposa de Pedro IV el Ceremonioso, Leonor de Portugal, también pereció a consecuencia de la epidemia. Y, al poco, en el reino castellano, corrió la misma suerte el monarca Alfonso XI, a los 38 años.

Ni el mismísimo Felipe «el Hermoso» logró escapar de ella. La peste también colaboró en la locura que supuestamente acompañaría a Juana I hasta el final de sus días. Aunque se sospechaba que había sido envenenado por su suegro, Fernando el Católico, varios historiadores e investigadores modernos apuntaron que la causa podría ser la peste. Y eso que, en 1506, la epidema había disminuido con respecto a las décadas anteriores; pero, al parecer, reapareció en Burgos unos meses antes y dispuesta a arrasar Castilla de nuevo.