Roald Amundsen, en una de sus expediciones
Roald Amundsen, en una de sus expediciones - ABC

Roald Amundsen: gloria y tragedia en el desierto helado

El explorador noruego fue el jefe de la expedición que alcanzó por primera vez el Polo Sur en diciembre de 1911

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La conquista del Polo Sur -gran hito de la edad heroica de la exploración antártica- está grapada a los nombres de Amundsen, Scott y Shackleton, cuyas historias, su gloria y tragedia, quedaron para siempre entrelazadas. En los albores del siglo XX las naciones fijaron su mirada en los tres polos del planeta ( aceptado el Everest como miembro de esta lista). El orgullo nacional contaba tanto, o más, que la curiosidad científica. Los británicos estuvieron en todos los frentes, pero en el Polo Sur les tocó escribir las páginas más amargas. Roald Amundsen, un veterano explorador noruego, ambicioso y metódico, demostró que en un escenario tan inhóspito el rigor acaba imponiéndose a la pasión.

En marzo de 1926, ABC se hizo eco de las pruebas del dirigible «Norge» que Amundsen y Umberto Nobile usaron para sobrevolar el Polo Norte dos meses después.
En marzo de 1926, ABC se hizo eco de las pruebas del dirigible «Norge» que Amundsen y Umberto Nobile usaron para sobrevolar el Polo Norte dos meses después.

Nacido en 1872 en el seno de una familia acomodada de marinos y armadores, Amundsen sintió desde niño una fascinación por las regiones polares. En 1903 zarpó rumbo al norte para triunfar donde el inglés John Franklin había fracasado entre 1845 y 1848, el terrible Paso del Noroeste. Aquel éxito no solo le dio renombre, sino que le dotó del aprendizaje y las herramientas necesarias para futuras empresas. Tras saber que el estadounidense Robert Peary había hollado el Polo Norte (6 de abril de 1909; hoy su hazaña es puesta en duda), enfiló hacia el lejano sur con el «Fram», buque propiedad de Fridtjof Nansen, otro legendario explorador noruego.

Amundsen tenía 38 años cuando llegó en enero de 1911 a la Barrera de Hielo de Ross. Ancló el «Fram» en la Bahía de las Ballenas y levantó su campamento. No dejó nada a la improvisación: sometió los víveres, equipaciones, hombres y animales a un escrutinio implacable. Robert Scott, por su parte, había fondeado el ballenero «Terra Nova» en el Estrecho de McMurdo, 96 kilómetros más lejos del Polo que Amundsen. Planeaba seguir la huella abierta por Shackleton en la fracasada Expedición Nimrod (1907-1909). Utilizó caballos manchúes (a pesar de su demostrada ineficacia en este terreno), además de trineos a motor que no funcionaban y perros que nadie sabía guiar. Amundsen, que siguió su propia ruta, solo usó perros y no tuvo problema en sacrificar a 24 de ellos para alimentar al resto de la manada.

Ambas expediciones partieron en octubre de 1911. Por delante, 1.300 kilómetros de desolación. Los noruegos alcanzaron la meta sin incidentes el 14 de diciembre de 1911 y levantaron en el Polo Sur una tienda donde Amundsen dejó una carta para el rey Haakon VII. «Y unas líneas para Scott, que presumo que será el primero en llegar después que nosotros». Lo hizo transcurridos 35 días. Pinceladas de su espantoso viaje de vuelta, al que Scott y sus compañeros no sobrevivieron, han llegado a nosotros a través de su diario. «Ha sucedido lo peor... Se han desvanecido todos los sueños. ¡Santo Dios, este es un lugar espantoso!».