Un soldado inglés herido, defendiendo a un camarada en uno de los combates del norte de Francia, en la Primera Guerra Mundial - ABC

La absurda muerte del soldado Henry Gunther en el último minuto de la IGM

«Las hostilidades no pueden cesar hasta que no se produzca la firma», dijo el mariscal Foch dos días antes del armisticio en 1918, provocando la muerte de miles de soldados más. Esta es la historia de los cuatro últimos

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Las muertes de George Edwin Ellison, Augustin Trébuchon, George Lawrence Price, Henry Gunther y otros 2.500 soldados más caídos en las últimas seis horas de la Primera Guerra Mundial no tendrían que haberse producido. Eran, a todas luces, innecesarias, puesto que ya nada podían cambiar. «Los hombres que fallecieron o quedaron mutilados en esos últimos instantes sufrieron sin necesidad», escribía el historiador estadounidense Donald Smythe en 1986.

En la mañana del 9 de noviembre de 1918, dos días antes de que se firmara el armisticio, los negociadores alemanes habían llegado al bosque de Compiègne (región de Hauts-de-France, Francia) para encontrarse con el mariscal Ferdinand Foch. « El cansancio de la guerra», titulaba ABC, dando cuenta de las «postreras sacudidas» que estaba dando el conflicto más mortífero de la historia de la humanidad hasta ese momento: las cifras más pesimistas hablan de 31 millones de fallecidos en cuatro años. Cuando los germanos llegaron al vagón del ferrocarril donde se encontraba el jefe de los ejércitos aliados, era evidente que no llevaban consigo más que el aura de la derrota. «Los vi delante de mí al otro lado de la mesa y dije para mis adentros: “¡He aquí el imperio alemán!”», escribiría más tarde Foch con mucho sarcasmo.

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En las trincheras seguían haciéndose prisioneros y muriendo soldados, a pesar de que ya todos en el frente esperaban como agua de mayo que se produjera la maldita firma de una vez. Alemania sabía que con sus últimos ataques a la desesperada ya no podría influir en el resultado del armisticio. De hecho, solo desde agosto, 363.000 de sus hombres habían sido hechos prisioneros por parte de Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Bélgica, quienes le habían confiscado, además, más de 6.400 piezas de artillería. eso significaba una cuarta parte de su ejército en el campo de batalla y la mitad de su material de guerra.

La capacidad bélica de los germanos agonizaba. Por eso, nada más llegar al vagón, el representante enviado por Berlín, Matthias Erzberger, solicitó inmediatamente un alto el fuego en el frente occidental al general Foch, con el objetivo de que pudieran negociar los últimos flecos sin presión: «No. Yo represento aquí a los gobiernos aliados, que ya han impuesto sus condiciones. Las hostilidades no pueden cesar hasta que no se produzca la firma», respondió este y los combates continuaron durante dos días más. «La Entente quiere y espera la destrucción del Ejército alemán, y el generalísimo Foch lo intenta con nuevos ataques en masa», apuntaba este periódico.

Los últimos minutos

Durante la noche del 10 al 11 de noviembre de 1918, los delegados alemanes de Compiègne trabajaron sin parar en los últimos detalles. El armisticio se firmó finalmente a las 5.10 de la madrugada. «Una nación de 70 millones sufre, pero no muere», justificó Matthias Erzberger en el vagón, aunque añadió que los puntos que acababan de firmar provocarían el hambre y la anarquía en Alemania. Mientras, Foch enviaba rápidamente un mensaje por telegrama y teléfono a todos los comandantes aliados: «Cesen las hostilidades en todo el frente el 11 de noviembre a las 11 de la mañana, horas francesa».

Aquella firma, sin embargo, no paralizó las batallas al instante en el frente occidental. Desde ese momento hasta la hora en que oficialmente entraba en vigor la paz transcurrieron seis horas en las cuales las órdenes para los oficiales no quedaron lo suficientemente precisas, de modo que cada cual hizo lo que creyó conveniente. El comportamiento de la mayoría de ellos fue el lógico: dejar que pasaran las horas tranquilamente en las trincheras y no arriesgar ninguna vida más. Pero hubo oficiales irresponsables que quisieron aprovechar su última oportunidad para dar un impulso a su carrera militar, aunque corriera la sangre. El mismo futuro presidente de Estados Unidos, Harry Truman, que fue oficial de artillería durante aquella guerra, fue de los que apuró hasta el último momento: «Disparé la batería, según las órdenes, hasta las 10.45. En ese minuto disparé mi último tiro», recordaría años después.

Gunther, en el último minuto

En aquellos 15 minutos entre el último disparo de Truman y las 11 de la mañana se produjeron más bajas innecesarias. Entre ellas, la de Henry Gunther, que tiene el dudoso honor de ser la última víctima oficial de la Gran Guerra, al perder la vida de una manera temeraria y ciertamente estúpida cuando quedaba un solo minuto para que entrara en vigor el alto el fuego.

Henry Gunther
Henry Gunther

Se trataba de un soldado estadounidense de 23 años que había sido degradado del rango de sargento durante el conflicto por un hecho bastante desafortunado: el contenido de una carta enviada a unos amigos, en la que criticaba las condiciones en las que se encontraban las tropas en las trincheras y les aconsejaba que no se les ocurriera enrolarse al ejército. Gunther tuvo la mala suerte de que aquella misiva fue interceptada por la censores militares y fue castigado.

Aquello hirió su orgullo de tal manera que en la mañana del 11 de noviembre, armándose de valor, decidió desobedecer las órdenes de su sargento y cargar con su bayoneta para intentar tomar una trinchera enemiga. En su cabeza solo rondaba la idea de volver a hacer méritos para recuperar su rango, ya que consideraba un deshonor lo que le había ocurrido. Temía, además, ser considerado un traidor por sus compañeros, ya que era hijo de inmigrantes alemanes. Pero ni estos ni los alemanes, que estaban dejando pasar las horas para entregarse sin que hubiese más víctimas, consiguieron detenerle. Horrorizados, puesto que sabían que la guerra estaba a punto de terminar, avisaron a los estadounidenses para que este regresara a sus líneas e, incluso, dispararon varias veces por encima de su cabeza para asustarle y que volviera con su tropa.

Gunther, sin embargo, siguió avanzando y recibió un disparo que lo mató al instante. El momento de su muerte se registró posteriormente como las 10.59 horas. Curiosamente, se salió con la suya, porque de forma póstuma el Ejército le restauró el grado de sargento.

George Lawrence Price, dos minutos antes

Otra de las muertes sin sentido de aquella noche fue la de George Lawrence Price, la última baja canadiense y uno de los 60.661 compatriotas muertos en la Primera Guerra Mundial. Se produjo mientras los delegados alemanes y el mariscal Foch negociaban a toda velocidad, cuando su compañía recibió la orden de avanzar desde Frameries (al sur de Mons) hasta Havre, para asegurar los puentes que había en el Canal du Centre. Y, ciertamente, no tardaron muchas horas en conseguir su objetivo.

En ese momento, Price y un compañero fueron mandados junto a una patrulla a inspeccionar las casas que había al otro lado del canal. Al llegar, sorprendieron a un grupo de soldados alemanes que estaban montando un nido de ametralladoras. Cuando estos se percataron de su presencia, los germanos iniciaron la huida mientras eran cubiertos por el fuego de varios francotiradores, con tan mala suerte, que una bala alcanzó el pecho a Price. Su muerte también fue instantánea. Exactamente a las 10.58 horas.

Trébuchon, en los último diez minutos

Augustin Trébuchon, en una imagen de la Primera Guerra Mundial
Augustin Trébuchon, en una imagen de la Primera Guerra Mundial- AFP

El último soldado francés muerto fue Augustin Trébuchon. Nunca se supo el punto exacto donde fue abatido, pero sí su hora: las 10.50 de la mañana. Se cree que fue en un lugar indeterminado entre el ferrocarril y el río Mosa cerca de Vrigne-Meuse, un pueblo de 350 habitantes de la región de Champaña-Ardenas. El mismo pueblo donde se desarrollaron las últimas hostilidades del frente occidental.

Trébuchon era un campesino del centro de Francia que llevaba luchando en la guerra desde el principio. Había sobrevivido a cuatro años de bombas y ametralladoras, pero no logró aguantar los últimos diez minutos en los que un disparo inesperado le alcanzó en la cabeza matándolo al instante. Poco después, a las 11.00 en punto, sonó la corneta que anunciaba que la guerra había acabado. Él no la escuchó.

Edwin Ellison, noventa minutos antes

Por último, George Edwin Ellison, el último inglés muerto en combate. Otro trágico e irónico final para un soldado raso, puesto que perdió la vida noventa minutos antes del final, en el mismo lugar donde Inglaterra había sufrido su primera derrota del conflicto: la batalla de Mons, el 23 de agosto de 1914.

Ellison estuvo presente en aquel primer varapalo, pero al igual que los anteriores ejemplos, sobrevivió durante cuatro años a varias batallas tan importantes como las de Ypres, Amentières, Loos, Lens o Cambrai. Pero una hora y media antes de que oficialmente se proclamara la paz, este soldado británico cayó abatido por un disparo enemigo, después de que uno de sus superiores ordenara un último y absurdo ataque a las afueras de la localidad belga de Mons. La idea que tenía en la cabeza era recuperar el control de aquella localidad perdida al comienzo de la guerra, como un acto de fuerza simbólico, antes de que entrase en vigor el alto al fuego. George Edwin Ellison tenía 40 años.

El historiador norteamericano Donald Smithe escribe en su biografía del jefe de las fuerzas expedicionarias estadounidenses, el general John J. Pershing («Pershing: General of the Armies»), que «los hombres que murieron o quedaron mutilados en esas últimas horas sufrieron sin necesidad». La cifra de bajas aquel 11 de noviembre suelen situarla entre 10.000 y 13.000.

Como contó el novelista y político escocés John Buchan sobre aquellos últimos instantes, tras su experiencia en la Gran Guerra: «Los oficiales tenían el reloj en la mano y las tropas esperaban con la misma gravedad y compostura con las que habían combatido. Cuando faltaban dos minutos para las 11.00, enfrente de la brigada sudafricana, en el punto más oriental al que habían llegado los ejércitos británicos, vieron a un ametrallador alemán que, después de disparar una cinta entera sin parar, se puso de pie junto a su arma, se quitó el casco, se inclinó y se alejó lentamente hacia la retaguardia». Poco después, las manecillas del reloj marcaron la hora esperada. Buchan, cuyo hermano había muerto en acción dos años antes, escribió: «Se produjo un segundo de silencio expectante y, después, un curioso sonido como un susurro que los observadores que estaban detrás del frente compararon con el ruido de un viento suave. Era el sonido de los hombres que daban vítores desde los Vosgos hasta el mar».