Antonio López de Santa Anna
Antonio López de Santa Anna - C.C

El gran soborno con el que el que Estados Unidos ofendió al honrado presidente López de Santa Anna

La Revolución de Texas fue el detonante de la expansión política norteamericana que aprovecharían para declararle la guerra a México tras su negativa de venta de los territorios del Norte de la República

MadridActualizado:

La sociedad actual está siendo desolada -entre muchas cosas- por la devastadora pandemia de corrupción, en la cual la fe y el ánimo por ser testigos de patrias prósperas se van marchitando. Esta podredumbre, tan normalizada ya en algunos Estados, se ha convertido en un pesado eslabón que les impide restaurarse a sí mismos, sin fragmentar en pedazos su identidad nacional.

No obstante, la corrupción no es un asunto únicamente de este siglo. Viene dándose desde que existe el hombre y aunque con diferentes nombres, brota del egoísmo y la avaricia; de servirse del bien público para efectos personales. Pero por otro lado, la bondad y la «palabra de honor» también fueron materia que permitió escribir el nombre de muchos en las grandes anécdotas de la Historia; como así ocurrió con un mandatario mexicano llamado Antonio López de Santa Anna.

Tras la desgastante Guerra de las Trece Colonias Estados Unidos había solicitado una concesión a la Corona de España en 1819, para reubicar a 300 familias de Misuri en los dominios del Virreinato

Este gobernante (1794-1876) pasaría a los libros de texto con muchas facetas buenas y malas; pero eso no importa en este contexto, sino el ejemplo que lo hizo honrado y un verdadero servidor público a los intereses de su nación.

Durante la recién instaurada emancipación del Reino de España, Texas -en aquel momento pertenecía a los dominios de México- sufriría las revueltas de los colonos anglosajones (los cuales tenían menos de un centenario de asentamiento y nada para sentirse dueños de aquella tierra sin renegar del paternalismo mexicano). De esta manera entre 1835 y 1848 sucederían ataques por ambas partes por la disputa territorial –desde San Antonio hasta el interior de la República con la toma del Castillo de Chapultepec-, intentos de «negociación» -y sobornos- por parte del gobierno estadounidense y hasta el secuestro de López de Santa Anna.

Sin crisol y con muchos muros

Tras la desgastante Guerra de las Trece Colonias (1775-1783) Estados Unidos había solicitado una concesión a la Corona de España en 1819, para reubicar a 300 familias de Misuri, en la provincia de Texas. La amigable respuesta por parte del Virreinato permitió que este colectivo echara raíces en los dominios del futuro México.

No obstante, a diferencia de otros pueblos el anglosajón no se fusionaría con la sangre que había construido aquel país. Y desde el principio aquella permitida invasión por parte del Reino de España, fue pensada por los estadounidenses no como un crisol sino como uno de los muchos muros levantados contra México.

Antonio López de Santa Anna
Antonio López de Santa Anna - C.C

«La importancia que la lucha por la independencia de Texas tuvo para la consecución de los fines expansionistas norteamericanos sobre otros territorios pertenecientes a la República Mexicana, determinaron la pérdida de gran parte de su geografía», explican los historiadores en «La historia de Texas en la Biblioteca Nacional de México, 1525-1848».

Una vez reconocido el México independiente por la Corona de España, se buscaría proteger la herencia cultural, religiosa, y sociopolítica del país. Pero especialmente cobraría mayor importancia la unión de todos los estados bajo la promulgación de la Constitución centralista de 1835, con el fin de evitar otros intentos de reconquista; como así había ocurrido en 1829 cuando Fernando VII intentó restaurar la monarquía borbónica, siendo derrotado su ejército por el general Santa Anna en Tampico.

De esta manera, este militar decidió ponerle fin al separatismo entre los Estados federales, para concentrarlos en un único epicentro político. Sin embargo, esto irritaría a los líderes de unas cuantas provincias; quienes creyeron que su libertad estaría limitada por las decisiones centrales. Consecuentemente, las «Siete Leyes» promulgadas en el nuevo documento se convertirían en un arma de doble filo para el futuro territorial de México; porque mientras Antonio López de Santa Anna esperaba abrigar y organizar a todos bajo una sola dirección y bandera, aquellos invitados norteamericanos comenzarían a sacar a la luz sus verdaderas intenciones para con el país anfitrión: la expropiación territorial de la provincia de Texas.

Si se quería habitar en México había que responder como mexicanos, por ello se pidió a los colonos su nacionalización, el cambio de los nombres ingleses al idioma oficial, y la conversión al catolicismo.

Cabe destacar que la diversidad de origen comienza a ser socialmente y políticamente aceptada después de la segunda mitad del siglo XX; es decir la cultura y las costumbres de los emigrantes, por regla general, se manifestaban de manera paralela y no en conjunto al desarrollo nacional, pero la lealtad al país de acogida era un tema incuestionable.

Siendo así, aquellos que arribaron de Misuri se rebelarían contra el México que los había adoptado en la empática diplomacia de auxiliar a su vecino del Norte. En el intento de proteger el esqueleto de un México recién nacido, Santa Anna promulgó la Constitución centralista de 1835, y mediante la cual obligaba por el bien de la patria a la cohesión entre las fuerzas de los estados, así como al cumplimiento de ciertas obligaciones civiles para los colonos. Si se quería habitar en México había que responder como mexicanos, por ello se pidió la nacionalización de los mismos, el cambio de los nombres ingleses al idioma oficial, y la conversión al catolicismo.

El 2 de octubre de 1935 iniciaba el conflicto armado, y aunque la Historia pone fin el 21 de abril de 1936, lo cierto es que se transformó en una sucesión de contiendas entre Estados Unidos y México hasta 1848.

No obstante, como los federalistas estaban aferrados a la creencia de que la abolición de la Constitución de 1824 iba a recortar las facultades de su liderazgo estatal, desobedecerían las órdenes del presidente, formando milicias contra el ejército centralista. Y mientras se libraba esta disputa, aprovechando la debilidad del gobierno de la República, estallaría la Revolución de Texas; cuyos colonos anhelaban desde el arribo, deslindarse del patrimonio jurídico, social y cultural mexicano.

El 2 de octubre de 1935 iniciaba el conflicto armado, y aunque la Historia pone fin el 21 de abril de 1936, lo cierto es que se transformó en una sucesión de contiendas entre Estados Unidos y México hasta 1848. Sin embargo no sería oficial hasta la violenta intervención norteamericana en 1846.

Esa última guerra se dio tras la desesperación estadounidense ante la negativa por parte de las autoridades mexicanas de vender los estados de Nuevo México y Alta California; del que los segundos saldrían malheridos y despojados de dichas tierras, nada más que sin la retribución que hubieran obtenido si López de Santa Anna hubiera aceptado las famosas negociaciones.

El secuestro.

Se dice que la Revolución de Texas finalizó con la firma del Tratado de Velasco, pero lo cierto es que Samuel Houston -uno de los líderes más destacados de estas revueltas de angloparlantes- realizó una jugada muy poco honorable. Este gran estratega, interrumpiría la siesta del presidente mexicano y la de sus soldados, agarrando a todos por sorpresa.

Samuel Houston en la Batalla de San Jacinto
Samuel Houston en la Batalla de San Jacinto - C.C

El presidente fue secuestrado por los tejanos, si firmaba la independencia territorial de Texas sería liberado si no sería ejecutado junto a sus hombres. Pero como muerto no hubiera podido revocar dicho documento, agarró una pluma e hizo un garabato.

Nada más salir de las manos del enemigo, declaró inválido el Tratado de Velasco. Alegando que puesto se encontraba preso y bajo amenaza. Siendo así, no abandonó su posición sobre Texas, la cual seguía reconociendo como parte de la República. Y al que no le pareciese oportuno, podía levantar su campamento y marcharse con sus aliados los norteamericanos. La personalidad del general le impedía resignarse, entregando todo su esfuerzo a la causa.

El gobierno estadounidense le envió una carta al presidente en 1842 donde expresaban una «generosa oferta» a Santa Anna, a cambio de su firma para que reconociese la independencia de Texas de los dominios de México

«Le dieron al ejército permanente un apoyo significativo, en parte porque convirtieron la reconquista de Texas en una de sus prioridades, en parte porque se trataba de la clientela más importante de su caudillo, y en parte porque tan ambición formaba parte intrínseca de su nacionalismo antipolítico populista» explicó escribió el prestigioso historiador Will Fowler en su obra «Gobernantes mexicanos I: 1821-1910».

Pero como nadie retornó a Misuri, y Santa Anna seguía muy molesto tras ser secuestrado, el gobierno de Estados Unidos utilizaría otros métodos todavía menos honrados -los cuales se conocen en la Historia como «negociaciones»; pero que realmente consistieron en un deshonroso y descarado soborno- para lograr su hegemonía en la expasión territorial.

La generosa oferta

Quizás la suerte no pase dos veces por el mismo camino, pero sí es seguro que la honra una vez perdida no regresa; y aquel mandatario mexicano -quizás muy tentado por la avaricia innata al hombre- controló su instinto rechazando cualquier propuesta indecorosa para su reputación, como servidor de los intereses de la nación. Eso sí, Texas se había convertido en un asunto personal, por los estragos económicos sufridos durante las campañas bélicas contra su vecino del Norte.

Estados Unidos era conocedor de la inseguridad financiera que atravesaba el país, tras la emancipación del Virreinato. Y aprovechando esta evidente vulnerabilidad, se le enviaría al mismo una carta en 1842 donde expresaban una «generosa oferta» a Santa Anna, a cambio de su firma -sin estar bajo secuestro, como hombre libre, y sin amenazas- para que reconociese la independencia de Texas de los dominios de México.

«Es un insulto y una infamia indigna de un caballero», respondió Santa Anna indignado frente a las indecorosa negociación

«James Hamilton le escribió el 13 de enero de 1842 y le ofreció pagar al gobierno mexicano cinco millones de dólares, dando a entender que 200.000 irían a parar a manos de Santa Anna a modo de agradecimiento», escribió Fowler en su obra.

La sorpresa para los norteamericanos fue que el presidente no solo no aceptaría la retribución, sino que además se dirigió en una carta al responsable en la que expresó con el mucho desagrado que le había causado la proposición: «Es un insulto y una infamia indigna de un caballero».

El «presidencialismo» mexicano

Will Fowler expone en su obra que la figura del presidente en México, está lejos del concepto que se tiene únicamente por un dirigente; especialmente allí, donde ese cargo ha venido simbolizando a un patriarca nacional: «Es posible que busquemos una figura paterna, un «tlatoani», un déspota ilustrado, una figura benévola aunque autoritaria, que decida por nosotros, que nos guíe con su probada sabiduría y experiencia y que incluso nos haga sufrir por nuestro bien, que sepa lo que hace falta para que el país progrese».

Lo cierto es que alrededor de esos personajes que se han ido entretejiendo y alzando gloriosos, se ha construido un mosaico relativamente joven que ha servido para forjar una sólida identidad nacional.