Francotiradores nazis en Notre Dame: el atentado para reconquistar París en la IIGM

El 26 de agosto, los últimos defensores del Reich afincados en París orquestaron un atentado mediante el que pretendían «retomar Paris»

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Notre Dame, testigo inerte del paso de los siglos, ha copado las últimas jornadas las portadas de los periódicos después de que las llamas lograran lo que ni el tiempo ni Adolf Hitler pudieron hacer. El fuego, que no entiende de piedad aunque su víctima sea un monumento con casi un milenio de antigüedad. Mucho se ha hablado de los momentos más emotivos que se han vivido en este edificio (desde la coronación de Napoleón Bonaparte, hasta la canonización de Juana de Arco); sin embargo, poco se han narrado las penurias y las tragedias que le han rodeado a lo largo de la historia. Entre ellas, el atentado fallido que unos milicianos partidarios del nazismo perpetraron contra el general Charles de Gaulle desde su interior poco después de que París fuese liberada en agosto de 1944.

El ataque sorprendió a todos: estadounidenses, franceses y alemanes. En mitad de la gran fiesta de liberación y poco después de que los blindados aliados desfilasen frente al Arco del Triunfo arropados por miles los ciudadanos, un conato leal al Reich orquestó un atentado que bien podría haberle costado la vida del hombre que llevó al extremo el mito de la Reistencia. La reportera del Chicago Daily News, Helen Kirkpatrick, fue una de las que vivió aquel triste suceso en primera persona. Su crónica, publicada el 27 de agosto de 1944, casi permitía tocar con la yema de los dedos el pavor que los presentes sintieron cuando -desde una gárgola- empezaron a llover las balas sobre la comitiva: «La celebración casi se convirtió en una masacre por el intento de la milicia fascista de eliminar a los líderes franceses».

Falsa calma

Desde que los Aliados desembarcaron en Normandia el 6 de junio de 1944, la liberación de París supuso para ellos uno de los grandes objetivos. Aunque no el premio gordo, pues este siempre fue la conquista de Berlín. Hacerse con la capital gala era un golpe de efecto, una victoria moral contra Adolf Hitler. Y el 24 de agosto, apenas dos meses después de que Dwight D. Eisenhower se debatiera entre enviar o no a miles de soldados hacia una muerte casi segura en las playas del norte de Francia, el sueño se convirtió en realidad gracias a la 2ª División Blindada de la Francia Libre. Integrados en el Tercer Ejército de Patton, los miembros de esta unidad arribaron a los suburbios de la ciudad una jornada después y emitieron el mensaje que sus mandos ansiaban desde 1940: «Misión cumplida».

Cuenta la leyenda que fue aquella noche cuando el gobernador militar de París, Dietrich von Choltitz, mantuvo una tensa conversación telefónica en la que se negó a hacer saltar por los aires la capital. Por suerte, su conciencia pesó más que las órdenes de un desquiciado Adolf Hitler que ansiaba acabar con la urbe. «Los puentes del Sena deben ser preparados para su destrucción. París no debe caer en manos del enemigo, a no ser como un montón de ruinas», llegó a dictaminar el Führer. No le sirvió de nada la pataleta. El oficial teutón se limitó a rendirse en su cuartel general y dio por zanjada la resistencia de la capital. No obstante, que él arriara la bandera no significaba que los grupos de combatientes y las milicias que defendían la zona quisieran hacer lo mismo.

Liberación de París
Liberación de París

El periodista Don Whitehead, empotrado en las unidades aliadas, fue uno de los primeros en percatarse de ello. Así lo narra el Canal Historia en «La Segunda Guerra Mundial al descubierto», una nueva obra que recoge los momentos más destacados del enfrentamiento. En palabras de sus autores, el reportero «entró en la capital con el ejército francés a las siete de la mañana» del 25 de agosto acosado por las balas que disparaban a su columna desde los tejados. William J. Casey, de la OSS (el servicio de inteligencia de los Estados Unidos) fue también testigo del tenso intercambio de disparos entre la Resistencia francesa y los partidarios del Tercer Reich. En su caso tuvo suerte y el tiroteo acabó en pocos minutos. Poco después, y como él mismo narró, un grupo de oficiales nazis salieron «pomposos e inmaculados» para rendirse. «Desfilaban tiesos, como si los hubiera contratado para el papel un director de Hollywood».

La situación no era, en definitiva, tan apacible como pudiera parecer en la actualidad. Aunque, lo que son las cosas, aquella tensión quedó ensombrecida por el júbilo de miles de parisinos. Muchos de ellos, mujeres que se habían pasado la noche en vela para coser banderas francesas y confeccionar bonitos vestidos con los que presentarse a sus libertadores. «Los ciudadanos, locos de alegría, corrían por las calles ondeando banderas improvisadas y agitando las manos, que levantaban haciendo el signo de la victoria», explica el historiador Antony Beevor en su obra «El Día D. La batalla de Normandía». A pesar de los continuos disparos que se sucedían en las calles, durante las primeras horas corrió el vino y no era extraño que los vehículos se detuvieran ante la presencia de alguna joven ansiosa de dar a sus tripulantes un beso de agradecimiento.

Atentado frustrado

El sábado 26 de agosto, aquella falsa calma hizo creer a muchos oficiales que la situación estaba controlada. Uno de ellos fue Charles de Gaulle, el que fuera el líder de la Francia Libre en el exilio y que, en aquellos momentos, disfrutaba del calor de sus compatriotas tras haber arribado a París. Los disparos, sin embargo, eran algo constante en la ciudad. Tanto era así que, cuando el general Leonard T. Gerow se enteró de que los galos planeaban llevar a cabo un desfile para conmemorar la liberación, envió un mensaje al cuartel general galo:

«Ordeno al general Leclerc que su comando no participe, repito no participe, esta tarde en desfile, sino que siga realizando su actual misión de limpiar París y sus alrededores de enemigos. Debe aceptar sólo órdenes mías. Facilítese acuse de recibo».

De Gaulle
De Gaulle

Para entonces, sin embargo, la emoción ya había tomado a soldados y oficiales. El mismo De Gaulle decidió trasladarse en coche hasta la catedral de Notre Dame para asistir a un oficio religioso. Kirkpatrick fue con él en calidad de periodista:

«Todo París llenaba el centro de la ciudad: el Arco del Triunfo, la Plaza de la Concordia, los Campos Eliseos, el Hotel de Ville y la catedral de Notre Dame. El general De Gaulle, Koenig, Leclerc y Juin encabezaron la procesión desde Etoile a Notre Dame en mitad de un tremendo entusiasmo. El teniente John Reinhart y yo no pudimos acercarnos lo suficiente al Arco de Triunfo para ver el desfile, por lo que nos dirigimos a Notre Dame, donde se celebraría una misa. El coche de los generales llegó a las 4:15. Cuando salieron del auto, nos detuvimos para saludar».

En ese momento el fuego de los «francotiradores» (como los denomina esta reportera) empezó a resonar desde Notre Dame:

«Entonces sonó un disparo de revólver. Parecía venir de detrás de una de las gárgolas de Notre Dame. En una fracción de segundo una ametralladora hizo fuego desde un lugar cercano. Las balas chocaron contra el pavimento. Los generales entraron en la iglesia con más de 40 personas presionando detrás suya para buscar refugio. Me encontré dentro, en el pasillo principal, a pocos pies de los generales. La gente se encogía detrás de pilares. Alguien trató de derribarme. Los generales marcharon lentamente por el pasillo principal, con los sombreros en las manos. Las personas en el cuerpo principal fueron empujadas hacia atrás cerca de los pilares».

Notre Dame en la IIGM
Notre Dame en la IIGM

La batalla acababa de empezar. De la nada, una ametralladora causó el pánico entre los presentes al hacer fuego desde el órgano de la iglesia. Los disparos se replicaron por todo el edificio. A la periodista le asombró entonces la «frialdad, la imperturbabilidad y la aparente indiferencia de los generales y civiles franceses, que caminaban como si nada sucediera». El que más impávido se mantuvo fue De Gaulle, que no se agachó hasta que su guardia redujo a aquellos guerrilleros. Todo acabó en diez minutos, aunque a la periodista le parecieron horas.

«El general Koenig, sonriendo, se inclinó y me estrechó la mano. Me coloqué detrás de ellos y los vi caminar deliberadamente hacia sus autos. Una ametralladora aún ardía desde un techo cercano. Una vez afuera, uno podía escuchar disparos a lo largo del Sena... Más tarde supe que los disparos en el Hotel de Ville, las Tullerías, el Arco de Triunfo y en los Elíseos habían comenzado exactamente en el mismo momento... Fue un intento planeado, diseñado probablemente para matar a la mayor cantidad posible de autoridades francesas, crear pánico y provocar disturbios, después de lo cual, los locos cerebros de la milicia, instigados por los alemanes, esperaban retomar París».